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  • Diario Digital | viernes, 01 de marzo de 2024
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“¿Qué bolá Cuba”

“¿Qué bolá Cuba”
Meses antes del 20 de marzo del 2016, La Habana Vieja fue convirtiéndose en una ciudad limpia de grafitis antiestadounidenses. Ni por asomo aparece el clásico “Yanqui, go home”. Eso sí, banderas de barras y estrellas ondean colgadas de vetustos balcones. Por lo demás, la gente sigue comiendo arroz congrí y visitando los mercados desabarrotados. Llega el día esperado, exactamente a la hora prevista, bajo un manto de lluvia primaveral premonitoria, aterriza en el aeropuerto José Martí el Air Force One. Desciende, en pleno, la representación del imperio: la abuela Marian Shields Robinson, la mamá Michelle; dos primorosas señoritas, Malia y Sasha; y el mismísimo Barack Obama. Ante el recibimiento floreado, el Presidente atinó a decir, con la familiaridad emergente de 80 años de ausencia: “¿Qué bolá Cuba?”, algo así como “Ya ven, no soy el coco”.

Mientras tanto, en la ciudad vieja y ante cientos de cámaras, como desde hace una década unas mujeres vestidas de blanco protestan, no contra los visitantes, sino contra el régimen que no les permite la libre de disensión. Y, como siempre, son reprimidas por policías, esta vez guardias femeninas. Mimetizándose detrás de ellas, hay agentes civiles armados. Las de blanco son amedrentadas, arrastradas, sus faldas se levantan más allá de lo permitido por el recato revolucionario. Ante ello y frente a las cámaras, las fuerzas del orden púdicamente acomodan las ropas, y proceden a engrillarlas a verjas. En otras áreas se detiene a librepensantes y se los traslada a celdas. Los periodistas internacionales más tarde reclamarán al gran Comandante. Él mostrará su habitual piedad: “Díganme los nombres de los detenidos e inmediatamente serán puestos en libertad”. Luego, el visitante le dirá: "No debe temer las voces diferentes del pueblo cubano".

Hasta aquí la historia anecdótica. Más allá surge la otra, la trascendente, la de la reconciliación de Cuba y EEUU, la del fin de una era que prometía la recuperación del paraíso perdido de los despropósitos de dos gobiernos y dos sistemas.

Fue una aproximación laboriosa en la que, por décadas, intervinieron no solo representantes de cada una de las posiciones antagónicas, sino personalidades mundiales que terciaron para propiciar acercamientos. La Iglesia católica sin duda alguna jugó un papel preponderante en el deshielo. Las visitas de los sumos pontífices a ambas naciones lo testimonian. La visita del Presidente estadounidense a Cuba exige implementar una democracia participativa en la isla. “Los votantes deberían poder —dijo Obama— elegir sus gobiernos en elecciones libres y democráticas”, no gobiernos de sucesión dinástica ni sectaria. Una democracia liderada por los cubanos, dijo, creará y reimaginará un Gobierno que permita “soñar”. Dirigiéndose de modo expreso a Raúl Castro, Obama le aseguró: "Usted no debe temer una nueva amenaza de EEUU y de su compromiso con la soberanía y la autodeterminación”. Esta afirmación, a mi juicio, es el hecho fundamental que permite avizorar el fin de una era y el comienzo de otra, puesto que se admite con claridad absoluta que EEUU tuvo políticas intervencionistas en el pasado, las cuales no solo distanciaron a dos pueblos, sino que pusieron en peligro la paz mundial. Lo expresado por Obama es un compromiso con la humanidad. Castro sonrió y aplaudió, quizás pensando en cabos sueltos por resolver: bloqueo, devolución de Guantánamo y algunas cosillas más que las grandes corporaciones se encargarán de resolver.