Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 26 de septiembre de 2020
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La chicha cochabambina y Brecht

La chicha cochabambina y Brecht
¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas? En los libros se mencionan los nombres de los reyes. ¿Acaso los reyes acarrearon las piedras? Bertolt Brecht, en su poema Preguntas de un obrero que lee, da una profunda lección sobre el valor y el uso del pasado. Habrían podido leerlo los historiadores cochabambinos (y alguna historiadora) enfrascados desde hace un siglo para establecer quién fue más héroe durante las batallas de 1810 a 1825; quién merece más placas de bronce, o una estatua o qué bandera enarbolar en la fiesta cívica ¿roja? ¿celeste? En el fondo se trata de una ruta épica, que recorta y ritualiza el pasado, tornándolo inasible. Historias que sirven para horas cívicas, para desfiles al son de la música militar o para adorar a personajes pétreos elevados como modelos, pero no para entender: ¿cómo vivía la gente común y corriente? ¿Qué comía? ¿Qué producía? ¿Qué soñaba? ¿Cómo era explotada? o ¿qué temía? Preguntas pertinentes cuando (¿presuntamente?) las culturas subalternas se revalorizan y se habla de descolonizar el pasado; es decir de reconocer otros sujetos y relatos en la construcción de múltiples narrativas históricas. Historias capaces de recorrer lo subterráneo, las vidas ocultas de los de abajo, de aquellos a los que se negaron el presente y el futuro, pero también el pasado. Durante la ”celebración” de Bicentenario, por ejemplo, se produjo un enfoque señorial a tal punto que un observador no habría podido reconocer nada diferente entre las celebraciones de 1910 y aquel otro de un siglo después encabezado por “historiadoras” amparadas por el poder local y a nombre de un proceso de cambio.

¿Qué se escondía, tras la sociedad oligárquica, racista y excluyente que era Cochabamba antes de 1952 (y todavía hoy)? ¿Qué permitía su vida y por dónde giraban sus representaciones sociales o sus formas urbanas? En términos productivos una agricultura que vivía del cultivo del trigo, introducido por los españoles y del maíz, el cultivo prominente de los Incas en las feraces tierras del Valle Bajo. Trigo molido para pan; maíz molido para chicha, la ancestral bebida incaica, cuyo consumo cruzaba en las primeras décadas del siglo XIX republicanos a todos los segmentos sociales y étnicos. Con el tiempo, y la modernidad intentó a la chicha al submundo de lo bárbaro y lo insalubre, produciéndose una profilaxis social para erradicarla. Paradójicamente fueron los impuestos a la chicha, los que permitieron el “progreso” de la ciudad del Valle. Gracias a ellos se pavimentaron las calles, se construyeron campos deportivos, alcantarillas o vivió la prestigiosa Universidad Mayor de San Simón, como demostramos en el libro que acabamos de publicar con Humberto Solares en la editorial El País, que trata del ignorado papel de la chicha y las mujeres chicheras en la construcción de la moderna Cochabamba de la primera mitad del siglo XX. Sobre sus habilidosas manos, los cántaros de chicha y las tutumas descansó la bella época de nuestros abuelos que succionaron, como vampiros oligarcas, la savia amarrilla del pueblo, mediante los impuestos que canalizaron hacia las obras urbanas que construían la ciudad jardín.

Analizar esta problemática, usándola como un marcador social y como un mecanismo que permite abordar los mecanismos de diferenciación y conflictos étnicos y de clase entorno a su producción y consumo, es el hilo conductor y el desafío de una nueva historiografía cochabambina, que salga de sus rituales del poder.

No se trata, al recorrerla, de contemplar un fósil de museo sino de pensar la historia como un sentimiento tan vivo hoy como entonces.