Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 24 de octubre de 2021
  • Actualizado 20:16

LA WIPHALA FLAMEA EN ESCUELAS PORTEÑAS

Frida, la quechua que enseña cocina originaria en Argentina

Es cochabambina, nació entre polleras y transmite la esencia gastronómica de nuestros pueblos en Buenos Aires. El curso que dicta tiene certificación. Hace poco lanzó un libro.
Frida, la quechua que enseña cocina originaria en Argentina

“Uno hace un recorrido territorial, pero se lleva, pues, su q’epi. He traído el mío, mi historia, mi ser. Y abrí mi aguayo acá (en Argentina). Soy una mujer originaria quechua que no se avergüenza de ser quien es. Si alguien me discrimina, no interesa. Soy quechua. Soy originaria. Mi piel lo dice”.

La suerte de presentación ha sido compartida en primera persona. No es casual que se llame Frida, no es fortuito que sus padres hayan decidido bautizarla con el mismo nombre de aquella mujer mexicana superlativa del siglo XX que resignificó el valor de la mujer a través de sus obras contestatarias.

Esta Frida, la nuestra, no es Kahlo, sino Rojas López. No pinta lienzos, sino nostalgia mediante los sabores de los pueblos originarios de América. No agita la bandera del feminismo. Prefiere tomar aquella que con su amalgama de colores reivindica  la sabiduría y el legado siempre vivos de nuestros ancestros.  

Esta Frida, la cochabambina, tiene 56 años y radica en Buenos Aires, Argentina. Se desplazó de la zona sur de Cochabamba al centro porteño en la década del 90. Desde hace cinco años, aproximadamente, dicta un curso de especialización con la temática de la “descolonización gastronómica” en el Centro de Formación Profesional 24, donde asisten personas de Argentina, Perú, Paraguay, Uruguay, Venezuela, Kenia, Haití y Bolivia.

“Abordamos la comida guaraní, aymara, quechua, mapuche y amazónica. Y realizamos un recorrido tocando ingredientes nuestros como el ají, el locoto, el chocolate, la mandioca y el chuño”.

 Incluso, sus alumnos se hacen acreedores, luego, de un certificado que los avala como conocedores de la materia. Y no importa de qué nacionalidad sean. La invitación es abierta y de eso se trata.

 En 2011 fue parte de un momento especial, muy especial. Acompañó al extinto Enrique Samar (reconocido maestro de la educa- ción pública argentina y defensor a ultranza de la diversidad cultural) en el cambio de nombre de una plazuela porteña. El espacio verde que antes se denominaba Plaza de los Virreyes ahora se llama Túpac Amaru, en honor al líder indígena que encabezó la rebelión contra el colonialismo español durante el Virreinato del Perú.

“Participé con la escuela pública 23, del distrito 11 de Capital Federal, con Samar. Él trabajó mucho con nosotros, los quechuas y aymaras, para reivindicar nuestra identidad. Esa fue la primera escuela que puso la wiphala y la izó con la bandera argentina. Hubo, también, muchas otras calles que fueron mudando de nombres de genocidas o dictadores”.

No se reconoce como “migrante”. Cree que las fronteras las marcan otros y que solo se trata de “recorridos territoriales”. “Estoy en otro espacio geográfico. El hecho de encontrarme acá es para plasmar mis conocimientos”.

La boliviana, casada con el tarateño Hernán Fernández Sejas, con quien tiene cinco hijos (tres mujeres y dos varones), lanzó, en noviembre pasado, su libro “Cocina de pueblos originarios”. Es su wawita.

“Una de mis alumnas que estaba estudiando Edición se enamoró tanto de mi curso que me invitó a hacer el libro. Arrancamos en 2018. Presentamos un ensayo de los que se promocionaban en el anterior cuatrimestre. El director de la escuela propuso que se articulara con la impresión. Ahora terminamos el año con un libro”, contó, entusiasmada.

Desde que la polarización social en Bolivia se pronunció en noviembre, cuando algunos efectivos de la Policía procedieron a deshacerse de la wiphala de forma despectiva (la recortaron de sus uniformes) y un grupo de ciudadanos quemó la bandera en la vía pública, Frida no está bien.

La desestabilizaron emocionalmente las noticias replicadas en las redes sociales. Golpearon su ánimo, más aún cuando la lejanía es tangible.

Quizás por empatía, tal vez por convicción, lo cierto es que ni bien en su lugar de trabajo supieron sobre aquellos actos, los directivos decidieron hacer flamear la wiphala en el mástil del ingreso. 

Dejarla volar en libertad a miles de kilómetros del epicentro de la ofensa. Esa era la intención.

“La pusieron en la puerta y muchas escuelas trabajaron el tema a partir de la quema ¡De discriminadores que hay en Cochabamba!”, lamentó.

Amarró su suerte y su presente a todo aquello que la conecta con su esencia porque es allí donde se reconoce, desde donde crece. “Soy hija de chola, soy nieta de quechua. No puedo negar mi identidad al cruzar una frontera. A eso respondo. Y mi familia entera, también”.

Para ella, en Cochabamba hay un gran porcentaje de personas discriminadoras. “Es una ciudad racista, violenta. No quiero que mi gente viva eso”.

Tampoco comulga con las distancias formativas que, según ella, crean las universidades. 

“Una vez que ingresas, pierdes tu identidad. Te obligan a que les digas doctor, inge, licen. Te muestran el cartelito de que son profesionales recibidos”, añade.

De Bolivia, las costumbres; de América Latina, la identidad. En su aguayo extendido, la nostalgia viva; en sus manos, la capacidad de recrear los recuerdos mediante los sabores, los colores y aromas de una Latinoamérica con misma esencia.

Apuntes.

Logro

Inicialmente certificó a sus alumnos como ayudantes de cocina. 

Wawita

Su libro, llamado “Cocina de pueblos originarios”, es su wawita.

Crítica

No está conforme con el manejo periodístico que observó durante la crisis.