Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 20 de octubre de 2021
  • Actualizado 15:05

El cantautor de los más de 12 discos que hizo de la fusión su bandera

El paceño Marcos Tabera, con los pies en Nueva York, pero la mirada en su tierra, alista sorpresas e inserta rasgos de la música árabe. Tiene un proyecto en puerta.

Marcos Tabera, en uno de sus conciertos. Flavio Botello
Marcos Tabera, en uno de sus conciertos. Flavio Botello
El cantautor de los más de 12 discos que hizo de la fusión su bandera

Marcos Tabera es un sublevado, un artista que no se conforma con medias tintas, que contesta en sus canciones y que, por sobre todas las cosas, se apega a la osadía de quebrar los paradigmas y unir aquello que es andino, bien propio de América Latina, con lo que es occidental y, por qué no, también aquello que tiene raíces en culturas que se presentan lejanas, al menos físicamente, como lo es el mundo árabe. Así de sublevado es el cantautor boliviano frente a la música. Por ello, si una cualidad primera asoma en el paceño, de 56 años, esa es su apertura, la fusión libre es su bandera.

Quizás, algo de ello tenga que ver el hecho de que su último trabajo lleve el nombre Sublevados, aunque también es cierto que el músico ya ha explicado que esa producción encontró en su hermano Gabriel, fallecido hace seis años, al blanco del homenaje.

Con más de 30 años asentado en la agitada y vertiginosa Nueva York (Estados Unidos), Marcos lleva ya 4 discos producidos como solista en suelo norteamericano y más de 12 en su trayectoria general, iniciada en la década del 80. Entre las canciones de este acérrimo bolivarista destacan las más recientes, “El blues del charango”, “Viento” y “Agua”.

Pero su lejanía física no implica que sus ojos no estén posados hacia estos lados. Al contrario, la nostalgia manda, y de ahí que construya contenido que no separa lo autóctono.

Catalogarlo en un único género sería injusto para con Marcos, que ya dio muestras de su inclinación desde cuando formó parte del grupo Latinoamérica, a inicios de los 80, cuando hacía música que mezclaba el folclore y el inglés.

Ahora, el hombre que encontró en la excusa de una beca su estadía prolongada en Estados Unidos trabaja en el segundo track de su nuevo disco y, una vez más, sorprende al anunciar que incorpora elementos de la cultura árabe, pues las “similitudes” que halla entre ella y la boliviana son notorias.

Aunque, por el momento, no planea volver a Bolivia para radicar en su pago, anticipa que tiene en manos un proyecto que apunta a un festival grande. Todo está en evolución.

P: Dio notas a CNN y a Cadena Sur, siempre con un estilo musical bien marcado que invita a la reflexión…

R: Correcto. Es, más o menos, el enfoque de una temática social, que es con la que trabajamos. Vengo de la escuela Khonlaya, un centro cultural a principios de los 80. Allí estuvieron cineastas, fotógrafos y gente dedicada al arte. Claro, los músicos también. En esa época vivíamos en dictadura, pero al margen de ello, siempre creí que el arte debe ser eso: la mirada profunda hacia la sociedad y lo que pasa en la vida.

P: ¿Cómo se da eso de crear música desde Estados Unidos con la nostalgia de estas tierras?

R: Resulta que a finales de los 80 me vine por el tema de una beca, pero acá se abrieron muchas más puertas para vivir de lo que uno hace. En esa época, Bolivia era, y es aún, un mercado pequeño. Al margen de ello, había la posibilidad de ejercer la carrera, pero con eso que es imposible de dejar, que es el ajayu y está ligado a la tierra, por más de que uno esté lejos. Es necesario comprender que las fronteras son solamente delineaciones sociológicas. Al final, los problemas que se viven acá también se viven allá. Mi más reciente canción, “El blues del charango”, es más o menos eso, la unión de historias alejadas físicamente en el tiempo, pero con una en común. Estoy hablando del esclavismo en el siglo XVI en Bolivia y en el mismo siglo acá en Estados Unidos. 

P: Hablando de lo más reciente, Sublevados es el último disco y el cuarto grabado en suelo norteamericano…

R: Es el cuarto en solitario, pero llevo más o menos 12 con diferentes grupos. 

P: Y ahí está el Pajpaku, que llama la atención. En una entrevista explicó para quiénes va dirigido, pero me gustaría que lo recuerde.

R: Al pajpaku ya todos lo conocen. Es un personaje de nuestra cultura quechua y aimara, pero que se ha enquistado últimamente en esferas del poder. La canción la hice dedicada a los pajpakus que se han enquistado en el poder político, económico, social y religioso. Me preguntaban en CNN a quién iba dirigida. Hice la lista. En esa época estaba Evo Morales de presidente. Era él, era Trump (Donald), Bolsonaro (Jair) y Kirchner (Néstor). Prácticamente, todos. Al final, todos llegaron a despojarse de sus falsedades y fueron lo mismo. 

P: En 2020, los artistas bolivianos han comenzado un proceso complejo de adaptación y crisis. Mientras tanto, usted pisó el acelerador…

R: La verdad es que sí. Prácticamente vivimos de las ferias que se realizan cada año. Son cuatro o cinco meses de ferias, lo que da margen para vivir toda una temporada. Hemos incrementado mucho más los contenidos digitales, no solamente en cuanto a conciertos míos. Realizo contenidos digitales como freelance, si se quiere, para gente que hace documentales. A diferencia de Bolivia, por suerte, acá tenemos mayor espacio para movernos en eso. 

P: ¿Es difícil pensar en un regreso pronto?

R: Son 30 años, un poquito más de media vida. Siempre, con el deseo de retornar, pero todavía no creo que sea factible porque tengo familia acá. Están mis hijos y nietos. Ya es más complicado el regreso completo. Manejo un proyecto muy ambicioso (para concretar) apenas pase la pandemia. Es un plan que tiene que ver con Bolivia, con iniciar algo allí. Es la concepción de un festival importantísimo que ojalá se cristalice. Lo estamos haciendo con Oscar García y otro compañero más. Siempre está la mirada hacia allá. Ahora me encuentro terminando el nuevo disco. Voy por el segundo track. Hay más fusiones, por ejemplo, con música árabe y otras culturas para ampliar un poco la cosa. Al vivir acá, conoces gente de otros sitios que ofertan cosas importantes. Hay, nomás, una similitud desde el punto de vista musical. Existen ritmos que son adoptados como bolivianos, y que lo son, pero también guardan similitudes con culturas como la árabe.

P: ¿Cómo recuerda los últimos hechos sociales con una lectura fuera de casa?

R: Creo que se veía venir (lo de 2019). Hubo una legítima insurrección popular porque no se aceptaba un fraude, etcétera. Se iban polarizando las posiciones. Sin embargo, desembocó en algo que resultó ser peor de lo que se había esperado. Sucedió el efecto contrario porque rápidamente los movimientos cívicos fueron cooptados por otra fuerza que, para mí, es muy parecida a la fuerza que estaba saliendo. Históricamente, entre el fascismo y el estalinismo hay una similitud. Ahí ya le dije mi pensamiento personal. Se ha visto eso. Y, claro, mucha pena y tristeza porque los que siempre son más damnificados de un lado y del otro, que en realidad ambos son el mismo frente, es gente que sirve de escalera, que es utilizada. Al final, meses después pasó lo mismo acá en Estados Unidos. Se repitió la historia con otras concepciones y actores. Llega a ser eso: reafirmar nuevamente que el pajpaquismo es una filosofía de poder, también.