Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 16 de mayo de 2022
  • Actualizado 14:28

Cochabambino empezó con el folclore en República Checa y logró ser parte del proyecto Vivaldianno

Ronald Soliz Rudon vive en el país europeo desde 2006. Asegura que la música lo llevó a recorrer el mundo. Comenzó con el charango y ahora se nutre de la trova y la clásica.

Ronald Soliz Rudon, en un concierto pasado. Facebook
Ronald Soliz Rudon, en un concierto pasado. Facebook
Cochabambino empezó con el folclore en República Checa y logró ser parte del proyecto Vivaldianno

En la mágica República Checa, allí donde los castillos se adaptan perfectamente al concepto idealizado de los cuentos fantásticos y donde sus ciudades dan cuenta del romanticismo bien conservado de su historia, se pasea un cochabambino.

Él se llama Ronald Soliz Rudon, un cantautor por convicción y de convicciones que ha escogido elevar en alto el folclore nacional, bien nuestro, en dominios europeos, donde la propuesta de lo andino es muy bien recibida de su mano, que siempre tiene lista una buena guitarra o un charango.

Ronald es conocido por sus virtudes para tocar varios instrumentos. De ahí que la primera referencia para hablar sobre este artista sea la palabra compuesta “multiinstrumentalista”. De todos modos, vale partir aclarando que el charango lo flechó cuando era un adolescente. No llegaba a los 12 años cuando se dejó envolver por su misticismo, luego de que conociera de cerca al grupo los Kjarkas.

Los músicos Gonzalo Hermosa y Fernando Torrico le generaron tal grado de admiración que tomó de inmediato el gusto por el charango, elemento que abrazaría hasta estos días.

Tras haber formado parte de agrupaciones como Naira, Kjashwa y Antara; y de haber grabado canciones como “Litoral perdido”, entre otras, Ronald se mudó a la República Checa en 2006. Ese fue el momento que marcó el giro completo en su vida. Desde allí, el compositor abrió el espectro. Ya no solo se concentró en lo estrictamente folclórico. Su relación con otros artistas locales le permitió enriquecer la apuesta y empezar a incursionar por caminos que antes no le eran tan familiares, como la trova cubana, la música clásica y la mexicana.

Una muestra de ello ha sido su participación en el proyecto de nombre Vivaldianno, dirigido por el afamado productor ejecutivo y compositor Michal Dvořák. El concepto, como indica el propio nombre, se concentra en retratar la esencia del ya extinto italiano Antonio Vivaldi a través de un espectáculo internacional distinto. Fue parte en 2010. El recuerdo está intacto en la memoria del boliviano, que ahora pisa los 50 años. “Para mí significó algo maravilloso, porque ha sido una unión de diferentes culturas a través de un proyecto que se fue mezclando. Es algo interesante que realmente no se olvida”, confiesa Ronald, quien comenzó su rodaje a los 16.

El checo Dvořák, de hecho, presentó, en 2017, el espectáculo multimedia denominado “Vivaldianno, ciudad de los espejos”, obra que congregó elementos tales como la animación tridimensional, la danza moderna, el videoarte y la música clásica.

Una de las últimas creaciones de Ronald se dio en abril. Inspirado en la pandemia, en la imposibilidad de un abrazo y en la lejanía física debido al virus, el boliviano compuso la canción “Cuando todo acabe”, en la que le dedicó algunas oraciones a los médicos. “Y aquellos héroes que arriesgaron dando su vida por ti y por mí, viviendo en primera línea alegrías y dolor. Con escudos se enfrentaban a lo que veíamos venir. Les debemos más que medallas, nunca debemos olvidar”.

Lo enorgullece saber que embandera la cultura boliviana a través de la música. Y todo comenzó gracias a una invitación que le hizo Antara, grupo que integró. “Mi primer viaje fue a Austria. Tocamos en festivales, llegamos a la ex Yugoslavia, conocí Italia y Alemania. En este último país grabamos con un DJ. Luego me establecí en República Checa. Es real. La música me llevó a conocer el mundo”.

Empezó con lo folclórico, a través del caporal y el tinku, y ahora ha conseguido nutrirse de otros géneros internacionales. Aquello le genera una sonrisa. “Lejos de Bolivia, aprendí. Me mezclé con artistas. Hice un poco de trova, de son cubano, de música tropical, mexicana y clásica. Claro, sin dejar de lado mi esencia”.