Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 28 de enero de 2023
  • Actualizado 16:41

VILMA TAPIA ANAYA.

“Molles, sauce llorones y banderitas blancas nos daban la bienvenida”

“Molles, sauce llorones y banderitas blancas nos daban la bienvenida”

En sus primeros viajes por tierra a Cochabamba, la escritora y poeta, Vilma Tapia Anaya, recuerda la acogedora bienvenida que le daba la llaqta. “Los molles, sauce llorones, y las banderitas blancas (de las chicherías) nos daban la bienvenida”, recuerda, a este valle como el lugar donde el perfume de las flores todavía acompañaba las caminatas por la ciudad.

Cochabamba es la ciudad natal de sus padres y abuelos. La decisión de sus padres de acompañar a su abuelo materno fue determinante para fijar su estadía en la llaqta hace más de 30 años.

Ahora las cosas que más ama están en Cochabamba, entre ellos su hijo Andrés. Otra de sus satisfacciones es la experiencia profesional obtenida trabajando en instituciones en regiones como Apillapampa, Collpaciaco, en los municipios de Villa Rivero, Tiraque, Tarata, Villa Tunari, Shinahota, Entre Ríos, Tacachi, Mizque, Ivirgarzama, y Tiquipaya, así también en Villa Sebastián Pagador.

Su actividad desarrollada junto a otras instituciones como Ayni Ruway, el colegio San Agustín, la Casa de la Cultura, el diario OPINIÓN, el Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño, y otras organizaciones bien cochabambinas, donde ha prestado su colaboración.

Actualmente su ocupación es diversa, pero siempre relacionada a la escritura. “En cuanto se me presenta una oportunidad, hago consultorías, docencia, corrección y edición de textos… y escribo”.

Y al igual que en La Paz, Vilma disfruta en Cochabamba los momentos sencillos y placenteros que la vida y la naturaleza le otorgan. “Me gusta contemplar el Tunari, y las nubes de Cochabamba. De vez en cuando voy al Centro Patiño y al mARTadero; también al ‘Caracol’, a ‘Vinópolis’ y a ‘Molino Blanco’”.

La nostalgia impregna las palabras de Vilma al referirse a la agitada y romántica La Paz, que le permitió descubrir importantes ámbitos de la vida y el ser humano, aprendizajes que marcaron su vida personal y profesional. “Me dedicaba al Hatha Yoga, y a indagar en la Gnosis, en el islamismo y en el hinduismo. Iba a las clases de filosofía de la Nueva Acrópolis, conversaba con los Niños de Dios y pasaba algunos cursos de literatura en Summa Artis”, relata sus primeros años.

Los atardeceres caminando de la casa de Sánchez Bustamante a la Iglesia de San Miguel, y otros atardeceres hacia el cactario eran parte de su cotidianidad. “Siempre sola y nunca jamás tuve un sobresalto. La Paz es una de las ciudades más impactantes que conozco, en muchos sentidos”, destaca la escritora. Particularidades de la gran ciudad impiden que olvide lugares, momentos y personas que lleva en su corazón.

“Extraño esa particular formación de cerros grises, morados con lilas, y las retamas. Extraño también la plaza San Francisco, el Café Torino, el Montículo, el camino al Valle de la Luna… y a un hombre”.