Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 23 de octubre de 2021
  • Actualizado 04:43

“¡Qué ganas de llorar, Leo! No es justo. No esta vez”

“¡Qué ganas de llorar, Leo! No es justo. No esta vez”

"La Selección ya se terminó para mí",  fue su primera declaración de Messi, minutos después de sacarse la cinta de capitán del brazo izquierdo, de otra derrota en una final, de haber mandado por arriba del travesaño un penal... Fue la tercera frustración consecutiva. Y no se puede creer. Como también es increíble lo que se escucha a Messi: “Se terminó para mí la Selección”. Y al ratito se lee en Twitter al Kun Agüero, uno de sus grandes amigos: “Somos varios los que pensamos en no seguir”.
¡Qué ganas de llorar, Leo! No es justo. No esta vez. Porque jugaste la final como ninguna. Porque te levantaste siempre, cada vez que te bajaron a patadas. Porque fuiste al frente en todo momento, aunque te rodearan camisetas rojas. Una, dos, tres, cuatro. Vos encaraste, intentaste, buscaste, gambeteaste. Jugaste. Siempre. No es justo esta vez. Porque lo diste todo. Porque fuiste a San Juan y te bajaron de un golpe en la espalda. Porque viajaste miles y miles de kilómetros para llegar a Estados Unidos con tu sueño en el bolso después de enfrentarte a la Justicia española. Porque la rompiste toda en toda la Copa. Y porque en esta final, aquí en Nueva Jersey, fuiste vos.
Por eso, no puede ser real esa pelota que se va cada vez más lejos del arco de Marcelo Bravo. Te agarrás la cabeza. Te tirás al piso. Pero, aunque lo quieras en ese momento, la tierra no te traga y vos estás ahí. Seguís siendo el mejor del mundo. ¿Alguien lo duda? Pero, qué te va a importar en ese momento. Aunque te consuelen, aunque te abracen tus compañeros, tus amigos. Aunque te alienten y te den palmadas en la espalda. Tu cara lo dice todo.
No hay nada para decir, nada para agregar. Sólo aceptar que esto está pasando, que no es una pesadilla ni un embrujo -aunque lo parezca-. Que la tercera no fue la vencida. Y que en algún momento, si se sigue intentándolo de esta manera, la gloria va a llegar. Sin dudas.
En los 120 minutos del partido estuvo rodeado. Siempre rodeado, Messi. Recostado sobre la derecha, como extremo, arrancó la final. Desde ahí edificó lo mejor de la Argentina. Obligó, con su cambio de ritmo frenético e imprevisible, a redoblar los esfuerzos de Chile por frenarlo. La mayoría de las veces con infracciones. Se turnaron para bajarlo. El primero fue Marcelo Díaz y se ganó la amarilla justamente. Díaz también lo bloqueó en otro ataque eléctrico de La Pulga. Fue falta, sí, pero pareció exagerada la segunda tarjeta y la expulsión que le aplicó el árbitro Héber Lópes. También le entró duro Charles Aránguiz y fue amonestado. De esos tiros libres que él creó se produjeron acciones de peligro en el arco de Bravo.
Probó con la zurda en el primero desde la izquierda. Estaba lejos y el remate salió livianito, sin la potencia suficiente fue a las manos del arquero chileno. En el segundo se la puso en la cabeza a Nicolás Otamendi y la pelota se fue cerquita.
Aunque estuviera con uno menos en algún segmento del partido, Juan Antonio Pizzi nunca descuidó al 10 argentino. No le aplicó marca personal. Prefirió enredarlo entre varios. Pero Leo no se quedó quieto. No fue el Messi de Santiago en 2015. Anoche, aquí en un estadio con 82 mil personas, Messi se movió por la derecha y el medio. Provocó arranques interesantes, sorteando uno, dos, tres, cuatro adversarios rojos. Hasta se ganó una amarilla por simular una falta de José Fuenzalida dentro del área. Se rió Lionel, no fue penal

Cuando no podían pararlo por las buenas, Chile lo cortó por las malas. Sin vueltas: con faltas (nueve en total). Pero él se puso de pie una y otra vez. Y tuvo la suya sobre el final de los 90’. Tras un cierre salvador de Funes Mori en el área celeste y blanca, Messi se adueñó de la contra. Corrió con la pelota 50 metros, parecido a lo que ocurrió en la final pasada, aunque esta vez no la pasó; intentó su remate y se fue desviado. El lamento se acabó con el pitazo del juez brasileño.
Le siguieron pegando en el suplementario. Y él siguió levantando la cabeza. Como en el tiro libre que derivó en el frentazo del Kun que Brazo tapó de manera espectacular. No hubo caso. No quiso entrar la pelota. Ni en ese penal que vas a soñar millones de veces, Leo.
Sólo queda pedirte una cosa después de escucharte en ese vestuario, triste por haber llegado a “otra final que queríamos ganar y no pudimos”. Después de que llores lo que debas llorar. Después de que te descargues. Después de procesar esta nueva desilusión, por favor, volvé a vestirte de celeste y blanco. Rusia 2018 te espera, Lionel.