Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 24 de mayo de 2024
  • Actualizado 12:49

EL HISTORIADOR GUSTAVO RODRÍGUEZ OSTRIA RECREA, EN SU LIBRO “MORIR MATANDO”, EL CAOS Y EL DESGOBIERNO QUE REINARON DURANTE LOS APRESTOS AL ENFRENTAMIENTO ENTRE LOS POBLADORES DE COCHABAMBA Y LAS TROPAS REALISTAS COMANDADAS POR GOYENECHE

Las horas previas a la batalla de San Sebastián del 27 de mayo de 1812

Las horas previas a la batalla de San Sebastián del 27 de mayo de 1812



Mariano Antezana y su comitiva se retiraron apresuradamente en sus caballos, para no volver. La concentración concluyó sin otro rumbo, salvo por la promesa de una nueva convocatoria, al día siguiente. La reunión ya no se ejecutaría, en vista que el conflicto tomó en la ciudad un nuevo cariz. La protección del Rey prometida a Goyeneche parecía una simple palabra incapaz de defender a la población de la furia de la soldadesca. El miedo invadía todos los poros de la pequeña sociedad. Sin embargo, quienes por su pobreza, a diferencia de la aristocracia local, no tenían medios, caballos y carruajes, para abandonar la ciudad; las (y los) que pertenecían a los estratos más bajos, que no disponían de lugar seguro donde guarecerse o simplemente no lograban moverse agobiadas de vástagos y bártulos, estaban condenadas a quedarse y defenderse.

En contraste, la incertidumbre que generó el vacío de conducción y la fuga de parte de las tropas apresuró la evasión de los sectores encumbrados. Nataniel Aguirre pintó el cuadro: “Veíase huir a pie o a lomo de borrico familias de patriotas criollos a sus haciendas, especialmente por la parte del valle de Sacaba”.

Desaparecida la autoridad del Cabildo y la Junta Gobernativa, refugiados o huidos la mayor parte de sus integrantes, el poder quedó en la calle. Lo tomó, para defenderse, la abigarrada e irrespetuosa masa de artesanos cholos y mujeres mestizas y de unos pocos indígenas. Lucía entre desesperada y desengañada, y por ello furiosa. Ofendidos por la deserción de la elite, ampliaron su ira hacia los que consideraban sarraceros o traidores. En la noche atacaron las casas de quienes imaginaban partidarios de Goyeneche, pero, sin mayores distingos, de otros encumbrados, como había ocurrido en noviembre de 1730. Posteriormente la chusma, como la llamó despectivamente Méndez, las turbas en el relato de (Eufronio) Viscarra y la pueblada en la novela de Aguirre, sería culpabilidad de los desmanes del 26, aunque en los dos últimos casos ensalzados por su actividad de resistencia al día siguiente.

El poema de Sebastián Méndez pintó el cuadro tumultuoso de la jornada, para él -hombre conservador- también reprochable:

“Compártense por los barrios,

Que poblaban sarracenos, y todos de chicha llenos,

Los buscan como a contrarios

Y como insignes operarios

En las rapiñas y robos

Convenidos entre todos

De sus bienes se apoderan

Y de lo mejor se llevan

Como carniceros lobos”.

La residencia del Prefecto, ubicada en la primera cuadra de la calle San Juan, hoy Esteban Arze, frente a la Catedral, fue maltratada. Ya no representaba una autoridad legal y ni siquiera moral. (...)

La mañana del 26, la masa enardecida, entre las que se destacan nuevamente las mujeres, embistieron una vez más el cuartel buscando armas. Antezana, que vivía usando restos de su autoridad y prestigio, intentó despedirlo. En el empeño fue agredido y recibió un fuerte golpe de maza. (...)

Un clérigo intercedió y logró llevarlo a salvo a su domicilio. La experiencia debió ser traumática, confrontando con la población que lo había vitoreado meses atrás, pues, apreciaría días después, sufrió “los insultos y mayores inconsecuencias que decir se puedan de un pueblo a que he servido con el mayor honor”.

Convencido de que la situación era incurable, el Prefecto, ya sin mando ni legitimidad, buscó refugio, junto a otros dirigentes criollos, en el templo de La Merced, actualmente oficinas de la empresa telefónica (Comteco) y el mercado público, entre las calles Bolívar y 25 de Mayo. Ayudó que fuese contiguo, pared de por medio, a su residencia. Permaneció oculto durante toda la tensa jornada del 26. Al anochecer, furtivo y disfrazado de franciscano de la Recoleta, se trasladó al lado norte del río Rocha, y en los extramuros urbanos. Allí se encubrió como fraile de la orden, y se recluyó en una celda apartada.

Superada la última resistencia, la enardecida masa confiscó todo el escaso armamento que pudo. Medio centenar de fusiles, 21 cañones de estaño, un obús con una culebrina de bronce de la tropa porteña, proyectiles y granadas de vidrio. Las mujeres, en primera fila, se disputaban los pertrechos. (...)

Durante todo el día 26, continuaron los saqueos con mayor intensidad que la jornada previa, ya sin mucha distinción de bandos políticos, pues la conflagración tomó el rasgo de una contienda étnica y de clase. Una suerte de “guerra social”. La aristocracia no huía solo por temor a las tropas invasoras, sino de la anónima plebe, que actuaba espontáneamente, sin liderazgos claros y no hacía distingos en su furia.

*Fragmentos del libro “Morir matando. Poder, guerra e insurrección en Cochabamba 1781-1812” (Ed. El País, 2012).