Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 18 de mayo de 2024
  • Actualizado 22:12

La derrota y sus consecuencias

La derrota y sus consecuencias





El 27 (de mayo), desde la madrugada, se organizó la defensa. Decenas llegaron hasta la colina, cargados de vituallas, comida, chicha -para darse valor- y una que otra arma. En medio del caos reinante, se aplicó una mínima estrategia de defensa aunque probablemente sin mucha coordinación. Turpín habla de un oficial de caballería, el único, según su recuento, disponible en toda Oropesa, que se llamaba Jacinto Terrazas, que tuvo seguramente responsabilidad en tratar de armar una defensa. ¿Sería el mismo capitán que días antes actuaba en la zona de Arque? Es probable.

El soldado porteño narró un otro acontecimiento singular y a la vez notable, que ocurrió ese día 27. Dijo que llegó un emisario de Goyeneche, “previniendo que venían ellos como sus hermanos, que desistan de esa empresa bárbara”. En ausencia del clandestino Antezana -que no es mencionado por Turpín como partícipe de la organización de la resistencia ni de la próxima batalla-, entregó el pliego a Terrazas, en tácito reconocimiento de su mando. Este preguntó a las mujeres que lo rodeaban si querían rendirse, “dijeron que no, más bien que tendrían la gloria de morir matando”. Acto seguido dieron muerte al embajador. Cualquier cálculo, incluso el más optimista, sabía que esa masa desguarnecida y mal armada no tenía ninguna posibilidad de triunfar incluso de defenderse. Aquí lo que estaba en juego eran las nociones de legitimidad, del odio o del honor. Prácticas heredadas del pasado, las ideas inherentes, de las que habla George Rudé o lo moralmente correcto que prima en los motines, como diría E. P. Thompson, y no una contabilidad militar; la misma fuerza que impelió a los rebeldes de 1730 y 1781. Son las elites, las que tenían mucho que perder, quienes sopesaban su presencia en una balanza de sanciones y recompensas.

En la mañana del 27 se terminó de ocupar la colina de San Sebastián y los cerros cercanos de San Pedro, San Miguel y Ticti. En los flancos de las laderas se estacionó la caballería, menos de un millar de hombres, formada por restos de las tropas de los pocos dispersos que se animaron a llegar a la ciudad y de aquellos que no la habían abandonado. Entre tanto, se preparaba la desesperada salvaguardia, Goyeneche partió de Cliza al clarear el día. A las siete partió su columna al redoble de tambores. La mayor parte de la tropa era oriunda de Lima, Arequipa y Cuzco. Criollos y muchos mestizos; también pardos y morenos. La cuota española era mínima concentrada en el sector de oficiales. La guerra era entre americanos; entre mestizos e indígenas que formaban por igual en ambos bandos.

No esperaban confrontaciones, de modo que la caravana avanzó pausada por el camino y a momentos a campo traviesa, en medio de las cementeras opacas por el estío de otoño. A las 11 alcanzó La Angostura, la estrecha cañada y puerta natural de ingreso a la ciudad.

Como a las tres de la tarde, a un par de kilómetros y medio, divisó la cara sur de San Sebastián y las primeras casas de adobe de los extramuros de Oropesa. Desde la elevación simultáneamente percibieron levantarse una polvareda, clara señal de aproximación del Ejército adversario. La varipinta multitud rugió. “¡¡¡Vienen los guampos, los tablacasacas ya están aquí!!!”. Los artilleros se encorvaron sobre los cañones y junto a los pocos fusileros y fusileras improvisadas tomaron puntería. Mujeres armadas de cuchillos y palos los enarbolaban amenazantes, con los “rebozos atados a la cintura”. Otras cargaban los arcabuces o amontonaban pedrones. Las guaguas lloraban, como signo premonitorio de lo que vendría.

El mapa que levantó Antonio María Álvarez, el cartógrafo de la expedición que ingresó con Goyeneche, permite advertir las posiciones. Al este de la colina, junto a la laguna de Alalay, una arboleda donde se halla actualmente el Country Club, unos 400 hombres a caballo blandían en su mayoría espadas y lanzas, y una que otra carabina o pistola. Más abajo, cerca del actual Cementerio, otro tropel semejante esperaba. Contaba con 10 piezas de artillería y una culebrina de bronce. Al oeste, bordeando el río Rocha, otro grupo de menor cuantía aguardaba la oportunidad de atacar.

Las tropas adelantadas de guerrilla de Goyeneche recibieron los primeros disparos y cañonazos procedentes de la serranía y de sus costados. Los proyectiles cayeron lejos, inofensivos. Su alcance no superaba los 700 metros. Goyeneche, que iba a distancia de su vanguardia, sorprendido, pero a salvo por la lejanía, ordenó detenerse al “oír desde una legua un vivo fuego que indicaba resistencia”. Dispuso que al pie de la serranía de Ticti quedaran las vituallas y bagaje, el parque y pertechos con una guardia de seguridad. Montó su cuartel en un punto equidistante de la elevación y la parte sur de la colina, en la actual Tamborada. Desde allí dirigió el ataque, sin tomar parte directamente en el asalto final. (...)

Simultáneamente, y cubriendo el flanco este, el brigadier Imaz condujo las guerrillas de avanzada. Atacó la gente emplazada en los arrabales del sur, en los bordes de la colina de San Miguel. Por su cuerpo de 400 hombres de caballería desbarató rápidamente y sin resistencia al grupo de caballería que huyó hacia la actual avenida 9 de Abril. En el costado oeste, el coronel Mariano Peralta y el capitán Miguel Carazas, de la guardia de honor, contuvieron los ataques que venían desde el oeste. (...)

Antes de abandonar la colina, la muchedumbre quemó toda la pólvora, cartuchos de cañón y el fusil y granadas para que no cayesen en manos enemigas. Eludiendo un tendal de muertos y muertas, socorriendo heridos y heridas, descendió como pudo. Intentó reunirse en la plaza San Sebastián, al pie de la elevación, “pero ya no fue posible, porque la caballería enemiga estaba sobre nosotros”. Luego, llena de pavor, se precipitó desordenada por las estrechas calles empedradas hacia sus casas y los conventos en busca de vano refugio. Al ponerse el sol, la contienda había concluido. Duró entre dos y tres horas, la mayor parte fue de fuego de cañón entre ambas partes. Testimonios de la época señalan que un artillero francés, posiblemente de apellido Cros, se voló con su arma cuando se vio perdido.

SAQUEO Vencida la última resistencia, las tropas se lanzaron sobre la ciudad, angustiada y casi vacía. Primero ingresaron las guerrillas de avanzada, al mando de Ramírez, entremezclándose con los fugados a quienes abatían cuando podían. Luego a paso rápido apareció el resto que no quería perderse el botín. Goyeneche, enfurecido por lo que consideraba una traición a los acuerdos celebrados en Cliza, autorizó el saco y la agresión.

Al informar lo que ocurrió, fue rotundo. Trató la operación punitiva como justificada, como un necesario escarmiento: “Hasta aquí obró el valor y la pericia y siguió el furor de la venganza. Como torrentes entraron las divisiones enfurecidas de la despoblada ciudad que la noche antes había sido saqueada por la plebe. Comenzó el saqueo de nuevo y el estrépito general de todas nuestras armas que resonaban por calles y plazas, de modo que no hay pluma que lo describa”.

Coinciden con él otros testimonios de los vencedores, que no dejan dudas de la inmolación de la población. Agapito de Achá delineó también un cuadro similar de desolación y transtorno: “No me es dable pintar (...) el horror que causó nuestra gente al entrar por las calles, haciendo un fuego sumamente vivo por las guerrillas solamente, sin necesidad de los demás batallones. Se saqueó la ciudad completamente sin distinguir casa alguna. El transtorno ha sido universal pues los justos han pagado como los pecadores”. (...)

Entrar a saco en la ciudad en la doctrina de la guerra prevaleciente, si la contienda era justa, no era considerado delito o una vulneración al honor militar; por el contrario fungía como incentivo a los soldados, una recompensa a sus esfuerzos y un castigo a los vencidos que pagaban con sus bienes y una alerta a quienes quisieran imitarlos.

De acuerdo con Goyeneche, él permaneció en el centro de la desolada Plaza de Armas hasta que cayeron las sombras de la noche. Entonces, mientras un barrio ardía, ordenó el toque de generala instruyendo el repliegue de su gente. La cronología parece más un intento de atenuar la dimensión del saqueo. Considerando que el combate terminó como a las seis de la tarde y a fines de mayo anochece temprano, las enfurecidas tropas habrían tenido poco tiempo. Otras fuentes hablan que duró un par de días, aunque, probablemente, con intensidad reducida y focos ya aislados.

“Nuestra pérdida -sentenció Goyeneche- ha sido de un oficial y 11 heridos en todo. La del enemigo ha sido un escarmiento eterno”. En contraste, la colina de San Sebastián, las calles y casas se llenaron de sangre y cuerpos inertes. Las estimaciones sobre el número real de caídos difieren. Quienes no alcanzaron refugio o incluso en sus hogares, cayeron muertos y muertas al recibir disparos o bayonetazos. Agapito de Achá, aunque admitió que no lo sabía con certeza, cifró los decesos en más de un centenar. Turpín en cambio fue más preciso, matemático, como si hubiera realizado él mismo un recuento o poseyera información privilegiada: “treinta mujeres, seis hombres de garrotes y tres fusileros”. En total 39 caídas y caídos. (...)

La mayor parte de muertes fueron entre mujeres, lo que sugiere que en la Coronilla su proporción era la dominante (o que fueron las víctimas más fáciles e indefensas); pero también hubo varones. El trío de fusileros fueron seguramente soldados de las tropas que quedaron y el sexteto de la macana, tal vez las mismas filas o quizás esposos, hermanos o hijos de las combatientes o quizá ellas mismas. Nunca lo sabremos con exactitud. Tampoco quiénes eran ellas, sus rostros o sus nombres.

*Fragmentos del libro “Morir matando”.