Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 24 de octubre de 2021
  • Actualizado 01:38

MAURICIO MURIÓ DUDOSAMENTE EN EL CUARTEL; SU PAPÁ YA NO QUIERE COMER

Adiós, soldado: el horror que destrozó a los Apaza y manchó el lema de honrar la patria

Se prevé que la audiencia del alférez Pedro P. sea el 7 de septiembre. Ha sido imputado por la muerte de Mauricio Apaza, quien descansa en el Cementerio Mercedario, en El Alto.
Pascuala, Andrés, Ana Andrea y Mauricio, en una imagen para la posteridad. Gentileza familia Apaza Guarani
Pascuala, Andrés, Ana Andrea y Mauricio, en una imagen para la posteridad. Gentileza familia Apaza Guarani
Adiós, soldado: el horror que destrozó a los Apaza y manchó el lema de honrar la patria

El 13 de agosto, hace menos de dos semanas, los Apaza se enfrentaron a una fecha de celebración obligada que hubieran esquivado desde la más profunda necesidad. Ana Andrea, la menor de las tres hermanas, cumplió 13 años. Mauricio, el único varón de la familia, no estuvo allí para abrazarla e insistirle: “Hey, vas a ser profesional, ¿me oyes?, debes estudiar”.

No hubo motivos para sonreír. Los momentos cómplices de cruzar miradas y bromear sobre quién comería más torta, o debatir acerca del menú especial de la noche, fueron apenas memorias de un pasado cercano roto por la tragedia, una muerte dudosa y la sed insaciable de justicia que aflora con los días.

Mauricio, el marinero alteño de 22 años que en enero se despidió de sus seres queridos antes de tomar el bus y les dijo, emocionado, “pronto volveré con mi libreta”, falleció el 30 de junio pasado, cuando se encontraba dentro del Distrito Militar de Santa Rosa de Abuná, en Pando.

Su cuerpo “habló” a través de las letras de su certificado de defunción. El documento reveló que murió producto de un shock hipovolémico hemorrágico, laceración del bazo y trauma abdominal cerrado.

Las condiciones descritas por el médico forense Henry Torrejón Bustillos no se asemejan con la versión manejada por uniformados, que señalan que el conscripto habría perdido la vida tras cumplir con ejercicios y sufrir un presunto golpe en la cabeza. Ahora, su familia exige justicia e implora a las máximas autoridades del país, e incluso al presidente Luis Arce, que el caso se investigue con transparencia, pues sostiene que se trató de un homicidio y que el alférez Pedro P., a quien le dieron detención preventiva de dos meses en el penal de Villa Busch, sería el aparente responsable.

A casi dos meses de perder a su único hijo varón, Pascuala, de 50, y Andrés, de 63, un matrimonio de El Alto que se sostiene vendiendo verduras en el mercado, se confiesan destrozados, en entrevista con OPINIÓN. Él no quiere comer, mantiene casi siempre la mirada en un punto vacío y su esposa debe insistirle para que pruebe bocado. Además, la diabetes avanzó y le afectó a la audición. Ella continúa yendo a trabajar, pero todas las madrugadas, cuando se levanta, se pregunta ¿por qué?, ¿de qué?, ¿cómo? “Quisiera saber la verdad, cuál ha sido el motivo para que me lo maten. Así pienso todas las mañanas cuando salgo. Tengo que vender porque, de lo contrario, ¿quién va a ser el sustento?”, reflexiona.

EL ÚLTIMO VIAJE

Mauricio estaba ilusionado con cumplir su servicio militar. Para él no se trataba de una obligación y sí de un compromiso que deseaba asumir con la patria. Enero fue el mes esperado, pues sabía que emprendería viaje desde El Alto hacia Cobija. Sus padres y sus hermanas Ana Silvia (24), Ana María (17) y Ana Andrea (13) lo acompañaron hasta la Armada Boliviana, desde donde iban a partir los buses.

Si bien siempre fue un muchacho al que no le faltaba la sonrisa, aquella vez, la gesticulación se marcó con más fuerza. Así lo describe la mayor de sus consanguíneas. “Aún recuerdo cuando fuimos a despedirle, donde la cervecería, al frente. Estaba bien feliz, con sus cachos y su morral. Me decía: ‘volveré al año, les vas a cuidar al papá y a la mamá, no vas a viajar’. Es que yo iba a Los Yungas para cosechar coca. Él me los encargó. Me decía: ‘voy a volver con mi libreta del servicio militar’. Era un joven lleno de vida”.

Mauricio debía ir al cuartel bastante antes, pero decidió retrasar su asistencia porque priorizó a su padre, que entonces ya adolecía de diabetes. Su salud estaba complicada. La familia precisaba comprar inyecciones y sueros. Por ello, el muchacho se puso a trabajar de lo que fuera. Vendía barbijos y también ayudaba armando muebles en una carpintería de su zona. Destinó lo que ganó en los medicamentos.  

Y, finalmente, cuando estuvo seguro de que iría al cuartel, se apresuró para comprar víveres suficientes para que no le faltara a su familia en casa. Después de eso partió tranquilo rumbo a Puerto Evo. Luego lo destinaron a Santa Rosa de Abuná.

A LA DISTANCIA

Temerosa de que en el cuartel pudiera perder su celular táctil, la familia le dio un teléfono muy modesto a Mauricio para que solamente se comunicara. Él siempre recurría a su ingenio para enviar fotos a sus padres, de manera que se quedaran tranquilos. “Nos mandaba de los celulares de sus amigos para que le viéramos. Se daba modos para llamarle a mi papá y decirle: ‘¿cómo estás, papi?, ¿te sientes bien?’. Después, le enviamos su celular (moderno). De ahí nos hacía videollamadas”.

Todo comenzó a tornarse extraño cuando los Apaza no recibieron llamadas de Mauricio durante tres semanas seguidas. “Solo mensajes escribía… a veces, no parecía él. Los últimos días, antes de que pasara esto (la tragedia), respondía: ‘¿qué me quería decir?’. Bien seco hablaba”, relata Ana Silvia.

INICIO DE LA PESADILLA

Eran las 6:00 del 30 de junio. Ya Mauricio había cumplido medio semestre lejos de El Alto. Ana Silva se apresuraba para salir a comprar algunos productos con la intención de revenderlos cuando de pronto -cuenta- recibió una llamada del alférez Pedro P., quien le habría dicho que su hermano se había “escapado” y le pidió “que no le avisara a sus padres”, según la versión de ella. A las 7:12, volvió a ingresar una llamada telefónica a su celular. Ana Silvia asegura que el alférez, en ese segundo contacto, le habría avisado que habían encontrado a Mauricio y que le habría colgado la llamada.

“Luego llegué de comprar. A las 11.45, el alférez me llamó, me preguntó en qué trabaja mi papá. Contesté que él tiene diabetes, mientras que mi mamá vende verduras. Después, me dijo: ‘tu hermano estaba realizando ejercicios militares, se paró, se ha mareado y se ha caído’. Posteriormente dijo que, con sus camaradas de mi hermano, le llevaron en una frazada al centro de salud. ‘Tengo que decirte que tu hermano acaba de fallecer’, me avisó. Yo no sabía qué hacer”.

Consternada, le solicitó al militar -según explica- que fuera él quien anoticiara a sus padres sobre la desgracia. Ambos, entonces, habían ido a vender a la feria. Primero, regresó a casa don Andrés. Ana Silvia le pidió que llamaran al alférez desde su celular. El hombre lo hizo, escuchó y se puso a llorar.

“Colgamos y mi papá fue donde mi tía. Yo fui a buscar a mi mamá. Le dije que fuéramos a la casa de mi tía. Estando allí, le volví a llamar al alférez de su número de mi papá, le pasé a mi madre y él dijo que mi hermano murió de un derrame cerebral. Le pidió perdón y perdón”.

DESGARRADOR

El 1 de julio, Ana Silvia viajó hacia Cobija con su madre para reconocer el cuerpo de Mauricio en la morgue. “El alférez nos seguía pidiendo perdón”, recuerda. El momento fue desgarrador para ambas. Según Ana Silvia, el marinero tenía la boca y los ojos abiertos, “como pidiendo auxilio”. “La herida que tenía en el lado derecho de la ceja estaba casi seca. La impresión fue fuerte”.

Para doña Pascuala, la impresión fue mayor. “Tan golpeado que mi hijo ha muerto. Su cabeza estaba rota… con tanto odio me lo han matado”, se lamenta.

Luego, Ana Silvia viajó a Santa Rosa para asistir a la reconstrucción del hecho. Le extrañó, según su versión, haber notado que el suelo del lugar era plano, lo cual le generó sospechas relacionando ese detalle con el corte en la ceja de su hermano. Después, se dirigió al centro de salud, se encontró con la doctora que examinó a Mauricio y ella le habría dicho que “él ya había llegado sin signos vitales, con su buzo mojado”.

Cara a cara, Ana Silva enfrentó al alférez. Lo increpó y puso en duda la versión que apuntaba a que Mauricio habría muerto tras cumplir una sanción. De acuerdo con ella, el militar habría ofrecido comprarle una casa o un auto, pues “ya nada se puede hacer”.

Durante la reconstrucción del caso, a la que fue acompañada por un abogado defensor puesto por el Estado, “ninguno de los camaradas quiso hablar”. “Pudimos constatar que el sargento se puso muy nervioso”, asegura.

El 2 de julio, las mujeres Apaza se encontraron con el médico forense que vio el cuerpo de Mauricio y este les advirtió que la caída no fue la causa de su deceso, sino que se debió a un un derrame abdominal interno, laceración del bazo y un shock hipovolémico. “Le sacaron dos litros de sangre cuajada”.

La familia del soldado apunta al alférez como el presunto responsable de su muerte, por lo cual exige justicia. Le han dado prisión preventiva de dos meses tras imputarlo dentro de la causa. En el camino, su defensa solicitó detención domiciliaria, pero se le negó.

PEDIDO AL PRESIDENTE

“Al presidente Arce, al Ministro de Justicia (Iván Lima), al Ministro de Defensa (Edmundo Novillo) pedimos justicia por mi hermanito. Su muerte no puede quedar impune. Era un joven lleno de vida, no merecía volver en un cajón. Que se hagan las investigaciones, que la Justicia no se deje comprar por dinero, que vean los bolivianos que sí hay Justicia en este país y que los responsables caigan y paguen”, suplica Ana Silvia.

ENFERMERO Y ABOGADO

Mauricio aprovechaba los libros de su hermana mayor para llevárselos a su habitación y leerlos detenidamente. Le encantaba la lectura. De hecho, los Apaza cuentan que se había anotado en la universidad para comenzar a estudiar, pues sentía fascinación hacia la enfermería y la abogacía. “Él decía: ‘aquí hay mucha corrupción, yo voy a ser diferente’. Su meta era ser distinto a los demás. Le gustaba hacer las cosas bien. Si a las 8:00 le decían que iba a entrar a un trabajo, él se presentaba media hora antes. Desde niño siempre aseguraba que los sueños son como los cerros, pues uno debe escalarlos. Iba más allá, no se conformaba”, comparte la mayor de las “Anas”.

“Tenía que dar examen. Se hizo inscribir en la universidad. Sin embargo, como cualquier joven, también quería ir al servicio militar”, lamenta doña Pascuala.

UN NIÑO ALEGRE

Su madre recuerda que, cuando era pequeño, Mauricio amaba los regalos. Cuando se aproximaba alguna fecha especial, como Navidad, él se levantaba a las 4:00, mucho antes de que saliera el sol, se ponía sus mejores ropitas, y le decía: “mami, mami, llévame a donde vayan a dar regalos”.

“Era bien tranquilo. En medio de niñas creció, por eso será”. Ya, de grande, el muchacho sentía un afecto especial hacia todos los animales. Le gustaba criar conejos, gatos, perros, patos y gallinas. No tenía vicios como el alcohol y había desarrollado el sentido de la responsabilidad con firmeza. “A mi mamá le ayudaba a cargar la verdura desde La Ceja, y cuando mi papá trabajaba en construcción, mi hermanito iba con él y alzaba los cementos. Era un joven sano”, recuerda Ana Silvia.

LLORAR JUNTOS

Pascuala aún no se resigna. Y está convencida de que, aunque el tiempo pase, nunca dolerá menos. A veces, cuando ella y su marido están solos en su hogar, ambos se sientan, se contemplan por algunos minutos y luego se preguntan: “¿cómo aprenderemos a vivir sin él?”. Las lágrimas asoman como respuesta compartida tras un silencio que solo se rompe con el dolor.

“Nuestro sufrimiento va a ser hasta la muerte. Como papás sufrimos, nos sentamos y decimos, ‘¿ahora qué haremos?’ Así nos preguntamos con mi esposo y nos ponemos a llorar los dos. Mi hijo era como una planta que estaba creciendo. Todos sus sueños le han roto. No creo que podamos vivir como antes”.

El tiempo se detuvo para la familia Apaza. Los corazones rotos, como daño profundo de la pérdida. “Desde ese dia que mi hijo ha fallecido tenemos los corazones destrozados. No dormimos, no comemos, pensamos en él. Hasta nos hemos enfermado, ya, de tanto pensar. Parece que el tiempo se ha detenido ahí. Mi hijo era tan bueno, tan cariñoso, nunca me discutía, ni siquiera con rabia me miraba. Perder a una madre o padre se supera, pero al hijo no se lo olvida”.

DON ANDRÉS DECAYÓ

Andrés Apaza fue uno de los que más sacudió el dolor. La diabetes que arrastra desde hace un tiempo se descontroló y afectó su oído. Además, tampoco siente apetito. Sus hijas y esposa son quienes intentan animarlo para que se alimente. “Él llora todos los días. No tiene ganas de nada, ni de comer. Tenemos que rogarle, diciéndole que coma. No escucha bien”, señala Pascuala. Es que ambos eran muy unidos.

Su recuerdo flota en casa, en todos los rincones. Solo basta que alguno esté realizando alguna tarea para que enseguida su memoria se instale entre todos. Un aroma, una comida, una frase o una canción. Todo lleva a Mauricio.

“Cada fin de semana esperamos que nos llame. Hay momentos en que pensamos que sigue en el cuartel y que va a llegar. Lo recordamos cuando mi papá está haciendo algo, o mi mamá va a comprar sus verduras en las mañanas. También lo tenemos presente cuando vamos a su cuarto. Siempre sabía estar leyendo un libro”, comparte Ana Silvia.

Con más inercia que con voluntad por seguir adelante, doña Pascuala lamenta: “Muchas veces, el que tiene dinero, el que es uniformado, lo tapa. Quisiera que haya justicia para que ningún otro joven vuelva así, en un cajón. No quisiera ver a una familia más destrozada”.

La menor de las hermanas, esa que el 13 de agosto cumplió 13 y no pudo abrazar a su confidente, es una de las que más lo llora. Extraña su impulso, sus palabras, su paciencia, su compañía. Lo necesita al lado.

“Lo recuerdo como un buen hermano, como alguien conciliador, como un apoyo. Él me ayudaba en mis tareas, me decía: ‘vas a estudiar, vas a ser profesional, no debes quedarte atrás’. Yo lo recuerdo… disculpe, ya no puedo hablar”.

El 13 de agosto, hace menos de dos semanas, Mauricio, el único varón de la familia, no estuvo allí para abrazarla e insistirle: “Hey, vas a ser profesional, ¿me oyes?, debes estudiar”.