Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 09 de julio de 2020
  • Actualizado 03:59

Un abrazo de gol

Nicolás Castro, uno de los nueve futbolistas colombianos que en marzo fueron traídos con engaños para luego ser abandonados en Bolivia en medio de la pandemia, volvió ayer a su país natal en un vuelo solidario. Cinco de los otros ocho fueron dados de alta tras superar el coronavirus, en el hospital del Sur. Otros tres aún padecen la enfermedad y siguen internados.

Nicolás Castro (i) y David Cardozo (d) se despiden en el aeropuerto Jorge Wilstermann, antes de que el primero parta rumbo a su Colombia natal. ALEJANDRO ORELLANA
Nicolás Castro (i) y David Cardozo (d) se despiden en el aeropuerto Jorge Wilstermann, antes de que el primero parta rumbo a su Colombia natal. ALEJANDRO ORELLANA
Un abrazo de gol

Fue un abrazo “prohibido”, de esos que la cuarentena y los ministros desaconsejan, porque, dicen, los afectos expresivos son caldo de cultivo para el coronavirus. Nada de eso pasó por la cabeza del sacerdote David Cardozo, ni por la del futbolista Nicolás Castro, que se estrecharon en un abrazo espontáneo y firme, solo unos segundos antes de que el segundo ingresara al área de pre-embarque del aeropuerto Jorge Wilstermann para al fin volver a Chocontá, un municipio de Cundinamarca cercano a Bogotá, la capital colombiana, donde le esperaba su familia, a la que dejó hace casi tres meses por el sueño de empezar una carrera como jugador profesional de fútbol en Bolivia.

Las cosas no salieron como esperaba. Un representante los timó a él y otros ocho muchachos colombianos que llegaron en marzo para probarse en el club Bata, pero nunca llegaron a jugar. El manager los abandonó a su suerte en Cochabamba, donde una familia se condolió de su desgracia y les permitió vivir gratuitamente en su casa. Sin embargo, en medio estalló la pandemia del coronavirus, las fronteras de cerraron y, lo que es peor, la familia que los cobijó se enfermó de COVID-19  y contagió a ocho de los nueve colombianos.

Solo se salvó del virus “Nico”, como llama el sacerdote de la parroquia al centrodelantero que ayer por la mañana voló de Cochabamba a Santa Cruz y, de ahí a Bogotá, para luego marchar hasta su hogar por carretera.

No fue la mejor de las experiencias para el colombiano de 20 años, aún con cara de niño, flaco y espigado, que sorteó el coronavirus por obra y gracias de “papa Dios” y encontró refugio en la parroquia del sacerdote Cardozo, quien madrugó para cocinarle a “Nico” una merienda y llevarlo hasta el aeropuerto cochabambino, de donde salió en un vuelo, a las 7.45. Fue apenas uno de los incontables actos de humanidad del párroco para con el joven colombiano, a quien alojó, alimentó y acompañó por más de una semana, mientras gestionaba un vuelo solidario para que pudiese volver a su país.

Fue un abrazo “prohibido”, de despedida, con el que el religioso y el futbolista, el padre y el hijo se dijeron adiós, aunque el colombiano prometió volver cuando “las cosas mejoren”.

“Nico” se fue y el padre David, también. El futbolista se metió al avión para volver a su hogar en Colombia, mientras que el sacerdote retornó a la fría mañana cochabambina para dirigirse a su parroquia y alistar las habitaciones a las que, solo unas horas más tarde, se llevaría a otros cinco futbolistas colombianos que ya se curaron del coronavirus y fueron dados de alta en el hospital del Sur. Ahora cuidará de ellos hasta el momento en que tenga que cocinarles una merienda, llevarlos al aeropuerto y despedirlos con más abrazos “prohibidos”.