Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 28 de enero de 2023
  • Actualizado 09:37

Paceños se congregan en torno al Dios de la abundancia

La Feria de Alasitas atrae multitudes que acuden al paseo de artesanos de las miniaturas, en agradecimiento a los favores concedidos.
Una mujer muestra el edificio en miniatura que compró en Alasitas. APG
Una mujer muestra el edificio en miniatura que compró en Alasitas. APG
Paceños se congregan en torno al Dios de la abundancia

La tradición del Ekeko reunió a cientos de personas durante la madrugada de ayer en el centro de La Paz, en un gesto colectivo de agradecimiento por los favores concedidos en 2022.

Conocido como el Dios de la Abundancia, el Ekeko es festejado cada 24 de enero, y este año no fue excepción, ya que desde las primeras horas de la noche del lunes, se registraron largas filas de ciudadanos ante las mesas de los artesanos, para comprar billetes en miniatura, pequeñas réplicas de títulos profesionales, casitas y otras creaciones que aludían a bienes inmuebles y carritos, entre otros.

Esto en muestra de gratitud porque vieron cumplidas sus peticiones, y en muchos casos para regalarlos a otras personas. Otra costumbre consiste en lanzar los tradicionales billetes al aire y quienes deseen 365 días de prosperidad monetaria deben agarrarlos en el aire y no así levantarlos del suelo.

La ejecutiva de la Federación Nacional de Artesanos Expositores de Navidad (Fenaena), Judith Mancilla, afirmó que desde el Día del Artesano (16 de diciembre) comenzó la promoción de estas celebraciones, también una forma de reconocimiento a los distintos creadores “que le ponen el hombro al país con sus artesanías en miniatura”.

HISTORIA 

Aunque todavía se discute su origen, la Feria de Alasitas (en aymara significa “cómprame”) se remonta a la época precolombina, cuando la celebración era nocturna.

El factor común fue y es el Ekeko, Dios de la Abundancia, considerado como símbolo de la prosperidad por los antiguos kollas. Se le rendía culto y se convocaba a su espíritu cuando alguna desgracia sucedía en la comunidad.

Se le daba la forma de un hombrecito panzudo y bonachón, con un casquete en la cabeza unas veces y otras con un adorno de plumas o bien cubierta con un gorro, con los brazos abiertos, las palmas extendidas y el cuerpo desnudo.