Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 22 de enero de 2020
  • Actualizado 22:23

La candidatura de Rojas y el pasado de Bolivia

Reseña de novela de Armando Chirveches reeditada por la BBB. 
Portada de “Obra reunida” de Armando Chirveches. BBB
Portada de “Obra reunida” de Armando Chirveches. BBB
La candidatura de Rojas y el pasado de Bolivia

Le puede cotejar cuánto ha cambiado –o no– la democracia boliviana mediante la sabrosa lectura de “La candidatura de Rojas”.  Publicada en 1908, la novela de Armando Chirveches  Arróspide (La Paz, 1881 – París, 1926) es un gran fresco del país señorial, discriminador y dominado por reducidas élites que estaban más allá del bien y del mal. Y es un fresco asimismo plagado de un humor punzante y que nos sigue sirviendo como un espejo social.

La pieza narrativa forma parte de la “Obra reunida” del gran escritor paceño, editada con acierto y cuidado por la Biblioteca del Bicentenario (BBB) en 2018. Este gran tomo permite conocer a fondo a quien fue una “autoridad en temas estéticos”, como bien señala Pedro Brusiloff en el estudio introductorio, porque el autor, conocido de modo principal como un poeta modernista, fue en verdad un experto en todas las artes de su tiempo, un cosmopolita por los muchos cargos diplomáticos ejercidos en naciones como Francia y Brasil.

Retornando a la novela, esta narra la historia de Enrique Rojas y Castilla, joven –cómo no– leguleyo, blanco y de clase alta, que ve en la postulación a una diputación provincial una gran oportunidad para su arribismo, un modo de prestigiarse en sociedad y con ello, claro, lograr progreso material. “La palabra ‘diputado’ no solo en los oídos de Enrique Rojas y Castilla, el principal personaje de la novela, sino en oídos de toda la juventud boliviana, resuena ‘con la misma dulzura que una promesa de amor”, señala nada menos que Alcides Arguedas en el prólogo de la edición francesa de 1909.

Sí, el angurriento, aunque simpático, Rojas señala: “Comenzar como diputado era, pues, comenzar donde otros acaban y, en lugar de encontrarme obligado a conseguir ascensos en la penosa carrera del juez, pasar de un asiento de representante a un elevado cargo público”. Su tío, sin embargo, apela a la reflexión y a la descripción del país de entonces: “La mayoría es una invención como la del derecho divino de los reyes. Entre nosotros, la mayoría está constituida por las razas de color, por los parias que pueblan el Altiplano y por los indígenas de los valles de Cochabamba y Santa Cruz, y ya ves tú si esos mandan un solo representante a los Congresos. ¿No te parece todo eso decepcionante, enormemente decepcionante? ¿No prefieres tu independencia y, más que todo, la sinceridad de tu manera de obrar?”.

Desde luego, el doctorcito persiste con la candidatura. Bien lo juzga Arguedas: “Enrique Rojas y Castilla, sin esta convicción, posee la terrible credulidad –terrible por ser credulidad colectiva– de creerse superior a su medio. (…) Es un ser que pasa indiferente a todo menos a lo que halaga su amor propio, es decir, un vanidoso de la peor especie, tipo común en las democracias mestizas, enfermas de abundancia y predominio de esta clase de seres”.