Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 18 de junio de 2021
  • Actualizado 11:24

Araceli, la paceña que retrata animales para generar conciencia

La artista plástica, de 27 años, comenzó a pintar a mascotas en la pandemia e hizo de aquello un emprendimiento. Además de inmortalizar a canes y perros, también promueve el amor hacia los seres vivos.

Araceli Rodas muestra algunos de sus retratos. Gentileza Taff Studio
Araceli Rodas muestra algunos de sus retratos. Gentileza Taff Studio
Araceli, la paceña que retrata animales para generar conciencia

Araceli siempre sintió empatía hacia los animales. La muerte del perro de la familia, Yuko, trascendió su sentimiento de tristeza, fue más allá del duelo habitual que suele guardarse cuando un perro, gato u otro animal de estimación se va.

Ella decidió expresar todas sus sensaciones encontradas (desde la alegría generada de los mejores recuerdos hasta la congoja dada en el momento de la partida del can) de la mejor manera que sabe hacerlo: pintando. Le rindió tributo al perro y también a la familia doliente con un imponente cuadro de 2 metros de alto por 1.80 de ancho que ahora inmortaliza el recuerdo.

“Siempre tuve devoción y amor hacia las mascotas. Entiendo el afecto que uno siente por ellas”, confiesa la paceña Araceli Rodas, la mujer de 27 años que decidió retratar a los animales a pedido del cliente durante el primer semestre de 2020, en el inicio de la pandemia.

Licenciada en Artes Plásticas de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) e identificada con una fuerte tendencia impresionista, Araceli se volcó por completo a esa rama. Se dedicaba a la elaboración de joyas en plata 925 con su propia firma llamada Andrómeda, pero el confinamiento puso pausa su negocio personal. La cuarentena rígida, con las restricciones impuestas y la consecuente escasa demanda de sus productos, la llevó a interrumpir sus tareas en la orfebrería y sacarle rédito a su verdadera pasión, la pintura, de forma no planificada. Curiosamente, todo se fue dando a su favor en un contexto complejo para el sector artístico, severamente impactado por la crisis integral.

Un día, quiso probar retratando a algunas mascotas de seres queridos sin esperar una remuneración como respuesta, apenas como gesto de cariño. Publicó las imágenes en el Facebook y las reacciones a su trabajo la asombraron. “Ha sido algo no pensado, sobre todo cuando nos encerramos volví a pintar. Comencé a desestresarme con retratos de perritos y gatitos de gente que quiero. La idea era hacer sentir bien a las personas y sentirme bien yo. Logré hacer cinco que luego publiqué en Facebook. Tuve muchos likes. Mi primera clienta fue una gatita famosa llamada Perrenia. De esa manera, mucha gente me contactó. Recibía pedidos en formatos pequeñitos. De ahí, dije: ‘esto está comenzando a dar, voy a lanzarlo como un emprendimiento”, narra la paceña especializada en arte pictórico, sobre los inicios de una incursión que se convirtió ya en un proyecto consolidado con acuarela.

Pero su emprendimiento va más allá de la intención comercial. Lo que la moviliza es llevar un mensaje social para que la población respete la vida de todos los seres vivos y también para que adopte a los animales en situación de calle.

“Es para llenar, un poquito, a las personas. Si ellas confían en mí, me gusta darles algo. Siempre les pido que me cuenten la historia, para que yo tenga una relación con las mascotas que pinto. Posteo las historias. La mayoría, son personas que perdieron a sus mascotas o las ama demasiado. También lo hago para motivar a que la gente que abandona a los perros no lo haga”, comenta Araceli, quien colaboró con una fundación de esta causa a través de una donación.

“Siempre trato de aportar de alguna manera. Me gusta dar felicidad, me siento feliz cuando entrego un retrato. Cuando el arte genera emoción, está bien hecho”.

También realiza envíos a todo el país. Su proyecto más inmediato es doblar la apuesta y ofrecer retratos ya no solo en acuarela, sino con la técnica del óleo, que es su fuerte.

Admiradora de la portuguesa Paola Rego por su capacidad de reinvención a los 85 años y del boliviano Javier Fernández porque lo concibe como su maestro, Araceli dio sus primeras pinceladas a los 10 años, cuando su mamá la llevaba a pequeños cursos iniciales. Temía que su padre, de formación militar, pudiera interponerse a su deseo de convertirse en una gran pintora, pero por fortuna no fue así.

“Yo quiero morir pintando”, arriesga. Se ilusiona con la posibilidad de exportar su arte a Europa.