Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 21 de octubre de 2020
  • Actualizado 03:38

Entre el miedo y el deber, el trabajo fuera de casa en medio de la pandemia

Desde que empezó la cuarentena, el teletrabajo se puso en boga, pero hay actividades que demandan presencia física. Cajeros, policías, médicos, militares, personal de limpieza y otros  arriesgan su vida cada día saliendo a trabajar.

 

Personal de salud despide a uno de los pacientes recuperados de COVID-19, esta semana. DICO SOLÍS
Personal de salud despide a uno de los pacientes recuperados de COVID-19, esta semana. DICO SOLÍS
Entre el miedo y el deber, el trabajo fuera de casa en medio de la pandemia

No ver a sus familiares o verlos pero no poder abrazarlos por temor a contagiarles coronavirus, no poder compartir las comidas ni jugar con sus hijos o tener que aislarse dentro de su propia casa y además sentir temor a infectarse ellos mismos, son las circunstancias que comparten un médico de terapia intensiva, un oficinista bancario y el Intendente de Cochabamba, a quienes su trabajo les obliga a dejar la casa y los expone a diario. 

Guardias municipales controlan restricciones en un mercado. DICO SOLÍS

Guardias municipales controlan restricciones en un mercado. DICO SOLÍS 

SIN ABRAZOS Una habitación independiente en su casa es la salida que halló el médico intensivista Rodrigo (nombre ficticio) para evitar el contacto con sus cuatro hijos y su esposa, él está en primera línea atendiendo pacientes por COVID-19 en Cochabamba. Hace turnos agotadores y a veces vuelve a su hogar cada tres días o cada ocho, depende el trabajo. Cuando lo hace, trata de mantenerse alejado, tiene utensilios solo para él y lava su ropa por separado en el afán de reducir las posibilidades de contagio.

Cuenta que cuando comunicó a su familia el trabajo que haría, su esposa no estuvo de acuerdo, pero le dio su apoyo. Él sintió miedo e incertidumbre al empezar a hacer frente al virus. “Veíamos videos sobre Italia cuando era el epicentro, algunos amigos me llamaban, me decían que el virus estaba llevándose la vida de médicos jóvenes; pero a medida que fuimos asumiendo los retos y responsabilidades, el temor disminuyó”. En casa, ya no hay besos y abrazos hace como un mes y medio, la mayor parte del tiempo está con barbijo. 

El primer golpe fue en el trabajo, entre el personal de salud la discriminación se hizo muy evidente. Por ejemplo, las enfermeras no quieren compartir espacios con sus colegas que atienden pacientes por COVID-19, en el bus que les transporta les dicen que vayan al fondo. Al enterarse de su trabajo en el servicio público, una clínica privada en la que trabajaba le dio vacaciones pagadas por tres semanas para que no fuera a trabajar por temor al contagio, no podían despedirle; otra clínica le cerró las puertas y se lo comunicó por chat e incluso sus propios colegas le evadían. Pero eso fue cambiando y ahora las clínicas le piden asesoramiento para sus planes de contingencia.

Anímicamente, dice que su juventud (34 años) le da bríos, empeño y ganas de colaborar con sus colegas, aunque recibió una severa llamada de atención de su superior por haber dado una clase virtual a la que se registraron 100 médicos. “No debemos ocultar información, la práctica es lo que nos forma. Lo triste es que a raíz de ese reclamo, suspendí una investigación que hacía junto a otros colegas".

Una joven atiende a clientes de una entidad bancaria. DICO SOLÍS

Una joven atiende a clientes de una entidad bancaria. DICO SOLÍS

EL SABOR DEL MIEDO Nelson es ejecutivo en una entidad financiera donde le costó mucho ascender desde que entró a trabajar como cajero. Hace como tres semanas, en el grupo de WhatsApp del banco les notificaron que debían volver a trabajar en medio de la cuarentena y que irían en primera línea los solteros sin hijos. “Lo primero que uno siente es: ¿creen que porque no tengo familia soy inmune o no importo como ser humano?”. Formaron otro grupo entre los que irían a trabajar y todos expresaban su indignación porque muchos están a cargo de sus padres o abuelos. Él vive con sus padres, dos hermanos y sus abuelos.

Sintió miedo porque no sabía cómo cuidarse, del banco no recibieron ninguna indicación sobre cómo hacerlo, solamente les dijeron que cada día a las 04:00 los recogerían de lugares cercanos a sus viviendas (ni siquiera de la puerta) porque el trabajo comienza a las 07:00. Acudió a una exnovia “sabelotodo” y muy informada con la que tiene buena relación para pedir consejo y ella le enseñó cómo ponerse y quitarse barbijo y guantes, cómo interactuar con la gente, cómo desinfectarse al volver a casa y otros detalles.

La comida es otro motivo de preocupación, en la oficina les llevan almuerzo, pero él no come porque no se sabe si podría estar infectada.

Cuenta que él y sus compañeros terminan el día con dolor de cabeza, de huesos y espalda. El primer día, el dolor de cabeza le llegaba hasta la mandíbula y había un sabor extraño en su paladar, recordó que de niño sentía ese sabor cuando experimentaba un miedo profundo. 

“Llego a casa, me desinfecto y no salgo de mi dormitorio, tengo miedo contagiar a mi familia. El otro día era cumpleaños de mi abuelo, mi mamá hizo un té y no quise bajar aunque quería verlo. En la oficina, tengo miedo todo el tiempo y me pongo nervioso, eso hace que me frote la cara, pero recuerdo que me recomendaron no hacerlo y entonces me estreso. Me poner peor que la gente no es cuidadosa y ni siquiera es educada, no se ponen a pensar que nos arriesgamos cada día, te gritan, a veces no contestan ni el saludo”. 

Sufre de insomnio porque sabe que debe ir a trabajar y eso le genera estrés, pero si no lo hace se quedará sin nada y tiene deudas y obligaciones que cubrir. Hace dos días que no va a la oficina porque tiene dolor de garganta y malestar, no sabe si está enfermo o si son los nervios.

AMOR POR ZOOM Alfonso Berzaín Rodríguez es abogado y es el intendente municipal de Cochabamba. Debido a la emergencia sanitaria, decidió aislarse de su familia. Hace casi cinco semanas que no puede ver a su hijo de siete años con quien solo se comunica por videoconferencia a través de Zoom y chats de WhatsApp. Podría ser la situación de muchos hombres separados que no viven con sus hijos, pero para él es especialmente difícil porque la relación con su hijo es muy estrecha, ya que se hizo cargo completamente del niño sus primeros tres años, cuando su esposa trabajaba y él era el amo de casa. Con los años, la cercanía se mantuvo pese a la separación. Antes del COVID-19 y antes de ser intendente, recogía al niño cada día para llevarlo al colegio y por las tardes estaba con él en su oficina, porque ejercía su profesión y podía tenerlo cerca, por la noche iba a dejarlo con su mamá cuando ella volvía del trabajo. 

Cuenta que su hijo es bastante inteligente y tiene conciencia del peligro del virus, pero siempre le dice que lo extraña y que tiene ganas de abrazarlo. “Es muy difícil no poder tener contacto físico, somos muy apegados. Cuando conduzco, veo el retrovisor para saber si está bien en el asiento trasero y me doy cuenta que no está conmigo, es lo que siempre hacía cuando íbamos juntos en el auto”.

Vive solo con su padre en una casa de tres pisos, él se fue al tercero para poner distancia segura y en el segundo piso no vive nadie. Sale a trabajar entre las 04:00 y las 05:00 y regresa a las 20:00, 21:00 o más tarde, dependiendo la actividad del día, y pasa por un concienzudo proceso de desinfección antes de saludar a su papá, pero a unos tres metros de distancia. “Me cuenta su día, qué hizo, me corrige algo si me vio en televisión o me cuenta sobre alguna película que vio. Está como tigre enjaulado (por la cuarentena)”. Sube a hablar con su hijo y descansa, si es que no debe hacer trabajo administrativo pendiente.

“El trabajo es bastante absorbente, eso no permite pensar mucho y sentir melancolía”, dice y parece llevar con calma  la situación. Su presencia de ánimo puede deberse a que fue militar durante 13 años antes de volver a la vida civil. Estuvo becado en Ecuador por cuatro años en la Escuela Militar Eloy Alfaro, fue destinado a diferentes lugares en el país y pasó un año en Haití con los Cascos Azules. Además, es satinador, es decir especialista en tácticas de guerra en el frente de acción.

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