Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 03 de agosto de 2021
  • Actualizado 17:19

Madres salen a las calles a vender, con sus hijos a cuestas

A estas mujeres las une una historia común, el desempleo de sus parejas, razón por la cual tuvieron que empezar a trabajar con la finalidad de comercializar algunos productos.

Manuela, pintada como mimo, trabaja en la avenida Blanco Galindo. JORGE FERNÁNDEZ B.
Manuela, pintada como mimo, trabaja en la avenida Blanco Galindo. JORGE FERNÁNDEZ B.
Madres salen a las calles a vender, con sus hijos a cuestas

A Maribel Condori, de 23 años, la vida le ha puesto a prueba no una, sino por lo menos tres veces. La primera fue cuando se vio obligada a dejar su natal Potosí, con un hijo en el vientre, sin dinero, con apenas lo que llevaba puesto, pero con la ilusión de mejorar su situación económica en Cochabamba.

Su hija mayor tiene actualmente tres años.

La segunda vez que la vida le puso a prueba fue cuando, una vez en Cochabamba, no pudo conseguir trabajo ni sustento para su pequeña hija. Se vio sola, sin recursos y desamparada.

La tercera vez que la vida puso a prueba su entereza fue cuando su pareja la dejó con un embarazo de tres meses. En esa oportunidad, el padre de su hijo le aseguró que, finalmente, había conseguido trabajo y debía salir.

“Mi pareja me ha dejado cuando tenía tres meses de embarazo. Hasta ahora no aparece, no sé dónde estará”, afirma con un dejo de resignación la mujer.

Desde ese día no lo volvió a ver. El hijo que esperaba nació y ya tiene nueve meses. Y como la situación económica la asfixiaba a ella y a sus dos hijos, tuvo que salir a vender, “para comer”.

La situación de esta joven potosina es similar a la de un pequeño “ejército” de madres que han ganado las calles para vender algún alimento, golosina o, finalmente, limpiar los vidrios de los vehículos, pero siempre llevando a cuestas a sus hijos, de un lugar a otro.

Hay mujeres con sus hijos en la avenida Beijing, en la América, en la Blanco Galindo, en la Juan Pablo II, en la Tadeo Haenke y en la Juan de la Rosa, por citar solamente algunos lugares. 

DE UN LADO A OTRO

En el caso de Maribel Condori, tras quedar sola, con dos hijos a cuestas, lo primero que hizo fue dirigirse a la plazuela Melchor Guzmán Quitón, más conocida como Corazonistas, donde empezó a vender dulces, pero como sufría hostilidad por parte de otras comerciantes, decidió encaminar sus pasos hacia otro sector, a la avenida Blanco Galindo.

Actualmente vende caramelos sobre la avenida Juan Pablo II, a pocos metros de la Blanco Galindo, a la altura del kilómetro cuatro y medio, lugar por donde cada día circulan cientos de vehículos.

“A veces nos alcanza para comer y otras no. Estamos casi siempre hasta las cuatro de la tarde sin probar nada. A esa hora recién comemos”, señala tímidamente la mujer.

Para vender sus productos, la madre esgrime el argumento más noble posible, que ese dinero servirá para dar de comer a sus dos hijos.

Ella y sus hijos viven en una vivienda que cuida en la zona del Calvario, en el sector sur del municipio de Quillacollo, y desde ahí se dirige hasta su lugar de trabajo.

SIN EMPLEO

Manuela, de 30 años, tiene casi un minuto para ofrecer chocolates a los conductores que se detienen en la avenida Blanco Galindo, a la altura de la avenida Sexta, cuando el semáforo está con la señal roja. Lleva a uno de sus hijos en la espalda y al otro bien sujeto a su mano derecha.

Para llamar la atención de sus circunstanciales clientes, Manuela se pinta el rostro como si se tratara de un mimo y esboza siempre una sonrisa, dejando de lado el cansancio por las varias horas que debe permanecer de pie, con el sol abrasador sobre sus espaldas y la preocupación de no conseguir los suficiente para que sus cinco hijos puedan comer. Su historia tiene mucho en común con la de otras personas. Al igual que ha ocurrido en un sinfín de familias en Cochabamba, su esposo, de oficio albañil, se quedó sin trabajo en los días más rígidos de la cuarentena.

Manuela decidió cargar literalmente sobre sus espaldas no solo a dos de sus cinco hijos sino también la economía de su hogar, por lo menos mientras su esposo consiguiera trabajo.

“Vendo chocolates económicos, a un boliviano, porque a causa de la pandemia todos nos hemos quedado sin trabajo y quiero ganar algunas monedas”, asegura Manuela.

Empezó con esta actividad hace un mes, cuando su esposo se quedó sin trabajo y el dueño de casa le empezó a exigir el pago del alquiler adeudado.

Por eso, agarró a dos de sus hijos y decidió ir hasta la avenida Blanco Galindo. Ella vive con su familia en el municipio de Sacaba, desde donde se traslada todos los días, cruzando toda la ciudad, hasta Colcapirhua.

Para llamar la atención de sus potenciales clientes se le ocurrió pintarse el rostro, así como el de su hija de cuatro años.

Comenta que, de cierta forma, esta estrategia le ayuda a que los conductores reparen en ella y le compren algunos chocolates, lo que le permite a reunir algunos pesos para comer.

Cuando el semáforo cambia a rojo, se acerca a los vehículos lo más rápido posible porque asegura que no puede descuidar a sus hijos, debido a que los “autos vuelan”. Para que sus dos hijos no corran peligro, va con ellos mientras ofrece los productos, pero en algunos casos debe dejarlos sobre el pretil de cemento que divide la carretera. 

“A veces vendo, pero otras no tanto, pero sí me alcanza para comer, por lo menos para pancito hay”, asegura la madre de cinco hijos mientras alza los chocolates con la mano derecha para entregarlos a un conductor que la llama desde su vehículo.

Manuela sale de su casa temprano por la mañana y se queda en la avenida hasta mediodía porque por la tarde se dedica a otros quehaceres, como lavar ropa, siempre con la mente puesta en la manutención de sus hijos.