Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 18 de febrero de 2020
  • Actualizado 03:15

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El canto de las aves le da vida al Valle Alto

El interior cochabambino se engalana con el movimiento, aleteo y colorido de los pájaros.

Un picaflor con tonalidades tornasoladas se aproxima a una K’aralawa.  DICO SOLÍS
Un picaflor con tonalidades tornasoladas se aproxima a una K’aralawa. DICO SOLÍS
El canto de las aves le da vida al Valle Alto

De fondo, el sonido casi ensordecedor de los cantos varios, todos mezclados, de un grupo de aves diversas. Y dejándonos invadir por la curiosidad, nos permitimos dar unos pasos hacia el epicentro de la música no orquestada (cada uno entona lo que quiere) y nos encontramos, de frente, con los causantes de los sonidos en el municipio de San Benito. Todos están encima de un simple y trivial poste de luz que les sirve como posadera para emanar los cánticos y, ¿por qué no? sitio de entrega hacia el “coqueteo” entre las hembras y los machos.

17 especies endémicas

En Bolivia existen, al menos, 17 especies endémicas. Algunas de ellas, como la paraba azul, se encuentran bajo amenaza de extinción. En el país es posible hallar la bandurrita, el rayo de sol boliviano, el matorralero y el afamado zorzal. Este último es conocido por sus melodiosos cantos.

Han aprovechado para armar sus nidos, de todos los colores y materiales, en dicho espacio.

Se vuelve imposible quitar la vista de los colibríes, esa especie que en países limítrofes es conocida, también, como picaflores, zumbadores o ermitaños y que enamora con sus movimientos delicados.

Se los ve alimentándose con los frutos de las K’aralawas (científicamente llamadas Nicotiana glauca), sus árboles autóctonos preferidos.

De pronto, es posible observar a un pequeño pájaro posado en un nido hecho 100% de espinas. Se da a la tarea de armarlo y en su pico corto lleva una espina.

A un costado del poste está la casa imponente de un hornero (Furnarius), pero su hacedor no se encuentra en ella, sino un aparente invasor, que se posa en la entrada, a la espera, quizás, de la llegada del dueño.

Los hay de todos los colores y tamaños en el Valle Alto. El clima propicia que las aves se multipliquen durante el verano, aunque, claro, la lluvia suele atentar contra sus nidos.