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  • Diario Digital | miércoles, 28 de febrero de 2024
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Cannabis: de rechazarlo para su hijo a usarlo para tratarse un cáncer

La mamá de Alberto (nombre cambiado) aceptó aliviar su dolor con esta sustancia,  prohibida en Bolivia, y mejoró su calidad de vida en sus últimos años.
Imagen referencial de un paciente en un hospital.     ARCHIVO
Imagen referencial de un paciente en un hospital. ARCHIVO
Cannabis: de rechazarlo para su hijo a usarlo para tratarse un cáncer

Cuando alguien de la familia sufre un dolor crónico, sufre también su entorno, y los afectados son todos. La mamá de Alberto (nombre cambiado) murió a causa de un cáncer y, en la etapa más dura, aliviaron su dolor con aceite de cannabis, aunque antes ella se rehusaba.

Lo hicieron guardando el tema como un secreto que pocos sabían, porque en Bolivia, el uso la marihuana incluso medicinal está prohibida.

El de Alberto y su mamá no es un caso aislado. OPINIÓN conoció otras historias de familias en Cochabamba y el resto del país, quienes también optaron por el cannabis medicinal para calmar sus males. Existen pacientes que quieren sufrir menos, familias que buscan aceite en el extranjero, médicos que prescriben y facilitan el producto desde el anonimato, colectivos que combaten ante la prohibición, autoridades que no avanzan en la regulación y un mercado subterráneo que crece cada día. Ese es el circuito del cannabis medicinal en Bolivia, uno de los pocos países de la región donde su uso sigue penado por la ley.

Pablo (nombre cambiado) es un adolescente de 17 años a quien a los cinco le diagnosticaron Síndrome de West, un tipo de epilepsia (encefalopatía epiléptica) que provoca espasmos, retraso en el desarrollo mental y psicomotor y descargas de ondas de alto voltaje (hipsarritmias en el encefalograma). Estas últimas son las convulsiones que asaltan a Pablo hasta 15 veces al día y obligan a su mamá a estar alerta todo el tiempo. Las peores lo tumban contra el piso, a veces de espaldas, a veces de bruces, y lo lesionan con dureza. Le han dejado fracturas en la nariz, dientes rotos, heridas en el ojo y las cicatrices que surcan su cabeza. Hace años, su familia accedió a un par de frascos de aceite de cannabis que llegaron de Colombia; durante ese tiempo, las convulsiones redujeron y hubo días en los que no presentó ninguna. Pero, se acabaron y no pudieron acceder a más, y volvieron a los cuadros que desde antes sufría Pablo.

Por otro lado, Teresa (nombre cambiado) es una joven que tiene fibromialgia desde hace 10 años. Ella llegó a elaborar el aceite de cannabis para aliviar los síntomas más agresivos del síndrome que padece: dolores musculares en todo el cuerpo, cansancio excesivo, pérdida de memoria, depresión, arritmia cardíaca e intestino irritable. Sin embargo, la presión de su entorno y hasta amenazas hicieron que deje de consumirlo; retornó al tratamiento tradicional que, entre otros aspectos, tiene alto costo económico.

A estas historias se suma la de la mamá de Alberto.

Él recuerda que, a principios de 2000, en Colombia, conoció la marihuana, reconoce que con fines recreativos. Su madre, en Bolivia, reaccionó incómoda ante ese hecho.

“Siempre fue un problema existencial que tuvimos entre los dos desde que ella se enteró de que yo consumía marihuana ya incluso después de haber terminado la universidad (…). Pero, ya entrados en años comenzamos como que a tolerarnos. Mi mamá nunca aceptó, pero, pues, ya lo toleraba”.

El tema, que era un tabú, se reabrió cuando años más tarde la mamá de Alberto fue diagnosticada con un cáncer “muy fuerte” en el mediastino (se forma en la cavidad entre el esternón y la columna vertebral y los dos pulmones).

Esto significó una operación riesgosa, en la que la abrieron el esternón, para tratar de extraer el material cancerígeno.

“La operación salió muy bien, aparentemente. Pero, como suele pasar con el cáncer, o la operación sale totalmente bien o puede que simplemente hayamos empeorado la cosa; lamentablemente eso fue lo que pasó con mi mamá”, recuerda Alberto, y explica que no se habían removido todas las células cancerígenas, y el mal comenzó otra vez a reproducirse y de una forma más agresiva.

Ella ingresó a un tratamiento de quimioterapia (uso de fármacos para destruir las células cancerosas; puede derivar en cansancio, pérdida de apetito y otros malestares) y también de radioterapia (altas dosis de radiación para destruir células cancerosas y reducir tumores).

Estos tratamientos suelen ser costosos. Alberto explica que “afortunadamente” contaban con seguro médico.

El caso derivó en un dolor tan intenso que guiaron a su mamá a pensar diferente en torno al cannabis medicinal.

“Siempre era bastante rehusante mi mamá a llegar al tema del cannabis medicinal, el cual se lo recomendó su propio médico aquí en Bolivia, no por un tema de reemplazar la quimioterapia por el aceite de cannabis, ya estaba muy avanzado su cáncer como para pensar en dejar la quimioterapia; era para paliar los dolores”.

Explica que ella había perdido el apetito, el sueño, había adelgazado mucho.

“Era como una velita que se va consumiendo y que cada vez es más chiquitita”.

A sugerencia de su médico comenzaron a buscar más información sobre cannabis. Un familiar, médico, suyo en España, les dijo que allá el uso del cannabis es legal y le recomendó que lo intente. 

Confiando en Alberto, de quien sabía sobre la posibilidad de adquirir el producto, aceptó.

“Entonces, yo sabía cómo conseguir marihuana, lo que yo no sabía era cómo hacer aceite de cannabis”.

Pero, encontraron los contactos. Se dieron cuenta que entre la gente que conocían, incluso había quienes ya aprendieron hacer el aceite.

“Resulta que cuando uno va preguntando, a pesar de lo conservadora que es la sociedad cochabambina, se van destapando muchos secretos, muchas cosas que uno lo esconde ante la opinión pública, ante la colectividad, porque la sociedad es conservadora y uno no quieres ser tachado de marihuanero, de drogadicto”.

Se reunieron con algunas personas y, como en un laboratorio clandestino, obtuvieron el aceite de una manera muy artesanal.

“Conseguimos la materia prima de una manera oscura, porque obviamente eso no se consigue en un supermercado o en la cancha”.

Lograron unos tres frascos “de buena calidad”, según Alberto.

En el país, al existir restricción para el uso de esta sustancia, no existen médicos que de manera abierta se hagan cargo de la dosificación del producto. Alberto y su mamá fueron probando cantidad de gotas y horarios distintos.

“Este tratamiento en el transcurso de tiempo desde la operación hasta que mi mamá fallece no son dos años completos. Fue muy rápido; pero, esos dos años para la familia fueron eternos. El dolor de llevarla a las sesiones que tenía que estar, a veces, tres días en el hospital, luego volverla a llevar a la casa, el tema del cuidado es algo muy significativo”, sostiene.

Asegura que el aceite de cannabis mejoró su humor, podía descansar y recuperó el apetito.

“El aceite de cannabis le mejoró la calidad de vida de sus últimos días (en 2017)”.

Alberto está convencido de que el debate en torno al uso de la marihuana para la parte médica es urgente y que existe la necesidad de que las autoridades lo impulse,

En Cochabamba, existen autoridades que hicieron conocer a OPINIÓN su postura de respaldo al debate y expresaron estar de acuerdo con la modificación de las normas que están vigentes en Bolivia.