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  • Diario Digital | jueves, 12 de diciembre de 2019
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Historias de vida de niños que trabajan en el Cementerio General

Historias de vida de niños que trabajan en el Cementerio General



Limpia y hace brillar lápidas. Lleva agua para los floreros y también reza cuando se lo piden.

Este niño de diez años, así como muchos otros,ha encontrado en los pasillos del Cementerio General un sustento económico para sí mismo y su familia. De lunes a viernes estudia y el fin de semana cambia los libros por sus implementos de trabajo.

Empezó a trabajar después de que su madre murió, en agosto de 2012. Johnny Padilla tiene diez años, asiste al cuarto básico de la escuela Ángel Honorato- de lunes a viernes- y los fines de semana llega hasta el Cementerio General para limpiar y hacer brillar lápidas.

Es de contextura delgada, tiene el cabello corto y está siempre presto a brindar sus servicios a quienes se lo solicitan en los pasillos del cementerio.

"Me lo llevas agüita", le pide una mujer de mediana edad. Johnny se incorpora rápidamente del banco en el que se encuentra sentado y se pierde entre el gentío que circula por los pasillos del camposanto.

El padre de Johnny -relata- viajó intempestivamente a La Paz, el año pasado. El niño vive con su hermana María Rosa, de 13 años, su prima Rosalía Verduguez, de 19 años, y su sobrina.

Entre los cuatro alquilan un par de habitaciones en la zona de Villa Loreto, por las cuales pagan 350 bolivianos cada mes. En el dormitorio se encuentra una cama de dos plazas donde descansa toda la familia. En el otro ambiente, que hace de comedor, sala y cocina, se reúnen para desayunar, cenar, ver televisión, o simplemente conversar sobre sus actividades cotidianas.

La tía de Johnny, Marisol Padilla, llega ocasionalmente a Cochabamba y durante algunos días permanece con ellos. Ella es comerciante y, por este motivo, viaja con frecuencia a otros departamentos.

Además del fútbol, a Johnny le gusta jugar con su sobrina. Apenas llega a su cuarto, los dos niños toman sus juguetes, se acomodan en la cama y empiezan a crear historias.

"Me gusta trabajar en el cementerio. Pero sólo voy los fines de semana, porque el resto de la semana estudio en mi escuela", explica Johnny, mientras recoge un juguete que entrega inmediatamente a su sobrina.

Otro de sus pasatiempos es visitar el parque Mariscal Santa Cruz, a donde va con su hermana, prima y sobrina.

SU JORNADA

Johnny despierta temprano, especialmente los fines de semana, con los primeros rayos del sol. Después de probar un desayuno frugal, alista su mochila, donde lleva sus implementos de trabajo, se despide de su familia y camina una cuadra para abordar el trufi 233.

Ingresa al Cementerio General a las siete de la mañana. "Apenas llego, la gente ya me está pidiendo que se lo lleve agua o que se lo haga brillar alguna lápida", relata este niño.

"Me gusta trabajar, pero también el fútbol. Soy el número uno (arquero), y nadie me hace un gol", asegura con indisimulado orgullo, mientras limpia una lápida.

Si el tiempo se lo permite almuerza en el cementerio, pero generalmente está tan ocupado que se debe conformar con probar un bocado recién a las cuatro o cinco de la tarde, cuando ha concluido su jornada.

Durante las aproximadamente diez horas que permanece en el cementerio, Johnny llena de agua los floreros, hace brillar las lápidas y también reza por las almas de los difuntos.

"A veces gano 30 bolivianos y cuando me va mejor hasta 70", explica.

Johnny llegó al cementerio hace un año. Uno de sus compañeros "el Gustavo", que es de otro curso, le animó a trabajar.

¿Cómo te tratan tus clientes? "Algunos bien, me pagan lo que les pido, hasta diez bolivianos por las lápidas, pero otros nos riñen y sólo nos dan la mitad", responde Johnny.

TRABAJA PARA

SER POLICÍA

"Quiero ser policía cuando sea grande, para ayudar a la gente y porque es divertido".

Ese es el sueño de Benito Colque, de 10 años, quien atraviesa gran parte de la ciudad para llegar hasta el Cementerio General, donde trabaja con varios de sus amigos de barrio y compañeros de escuela.

"Te conozco, tú bajas desde Alto Paraíso", interviene Franz Peralta, un niño de 9 años, dando una palmada a Benito.

"Vivo en Alto Paraíso, más allá de Villa México. Para venir tomo el trufi 122", explica Benito.

Este niño proviene de una familia de ocho hermanos, cuyas edades oscilan entre 1 a 14 años de edad. Dos de sus hermanos trabajan también en el cementerio. Su jornada laboral se extiende desde las 8 de la mañana hasta las cuatro de la tarde.

El dinero que logra reunir le sirve a su familia para los útiles escolares y para los recreos de él y sus hermanos.

"Mi mamá no trabaja y mi papá es albañil", explica Benito.

Este niño trabaja en el cementerio solamente los sábados y domingos, el resto de la semana asiste a clases. Para ir a la escuela, que está en Alto Buena Vista, debe caminar aproximadamente 20 cuadras.