Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 24 de enero de 2021
  • Actualizado 08:33

Muerte, resiliencia y elecciones, claves de 2020

No es posible entender este año sin los tres elementos que direccionaron su rumbo. Los decesos por el virus, la capacidad de reinventarse y los comicios fueron las constantes.

El presidente del Estado, Luis Arce y el vicepresidente, David Choquehuanca. APG
El presidente del Estado, Luis Arce y el vicepresidente, David Choquehuanca. APG
Muerte, resiliencia y elecciones, claves de 2020

Si hubiera que escoger una fecha para definir el punto de inflexión en el devenir del país en las últimas cuatro décadas, esta podría ser el 10 de marzo de 2020. Aquel día marcó, probablemente, el inicio de la travesía más dura que le tocó afrontar a Bolivia en un contexto sazonado y resumido en tres condimentos: el acecho constante de la muerte, la capacidad de reinvención y resiliencia ante la crisis; y la concreción de un proceso eleccionario que finalmente terminó con el retorno del Movimiento Al Socialismo (MAS) luego de un año fuera del poder.

No es fortuita la data. El 10 de marzo de 2020, el Ministerio de Salud, entonces encabezado por autoridades transitorias, confirmó la noticia que se sabía inminente: la pandemia burló las fronteras y se hizo presente con los primeros dos casos del nuevo coronavirus proveniente de la ciudad china de Wuhan. Dos mujeres que regresaron de Italia importaron la dolencia y la instalaron en Santa Cruz y Oruro.

Doce días después, el comienzo oficial del confinamiento en todos los departamentos del país y, con ello, la adopción repentina de restricciones direccionadas a una suerte de “nueva normalidad”, concepto acuñado por la socióloga Marta Soler para comprender las condiciones a las que deberá amoldarse la sociedad de aquí en más.

De pronto, y con apenas unas horas de aviso previo, muchos se vieron impedidos de encender el auto para acudir al trabajo. Otros tantos se encontraron con la imposibilidad de abordar el bus que los trasladara también a sus fuentes laborales. Los menos afortunados perdieron sus empleos, producto de la asfixia económica.

Tampoco fue posible transitar por la vía pública, excepto durante la jornada única semanal con luz verde para adquirir alimentos, tarea que se realizó conforme a la finalización del carnet de identidad.

La rutina cambió drásticamente. El Decreto Supremo 4199, promovido por la exmandataria Jeanine Áñez y elaborado para frenar la propagación del virus, se constituyó en la carta legítima que dio paso a las mudanzas.

No resulta una tarea complicada identificar los ejes centrales que se dieron la mano, en aquella que será recordada como la crisis integral contemporánea más fuerte que sacudió los cimientos de la nación y que desnudó sus debilidades con la aparición de la pandemia.

La sombra de la muerte, como cosa diaria, casi monótona en las noticias. Fallecidos anónimos, indigentes, médicos, enfermeras; uniformados policiales y militares; actores y músicos; infantes y ancianos.

El 29 de marzo, cuando marchaba el octavo día de la cuarentena total, se conoció el primer deceso producto de la COVID-19. Una cruceña de 78 años se contagió de un familiar que había arribado desde el exterior y pereció por un distrés respiratorio. A la fecha, el país registra alrededor de 9 mil bajas.

El patógeno no le dio concesiones al “Hijo Ilustre” de Santa Cruz, Óscar Urenda. El hombre que se puso en primerísima fila en la batalla contra la pandemia en calidad de Secretario de Salud de la Gobernación se agotó el 24 de julio, luego de ofrecer una lucha aparte durante un mes en terapia intensiva. Se rindió el galeno, tras sufrir una recaída en pleno ejercicio de sus tareas. Ni el mundo del fútbol ni el del arte quedaron ajenos a la visita de la muerte.

Y en el horizonte, la reinvención casi como mandato obligado. Los artistas, lejos de las bambalinas y la adrenalina de estar en el escenario o el teatro, fijaron la mira en aquella que se presentó como opción única para continuar vigentes en el ambiente y, claro está, como instrumento capaz de generarles algunos pesos: la plataforma digital.

Así, comenzamos a relacionarnos con el concepto nuevo (y ahora familiar) de los recitales y obras virtuales. La actriz dramaturga Claudia Eid y el elenco cómico Zona de Humor fueron algunos de los que se subieron al tren. También el deporte se adaptó. Ante el freno de llevar adelante sus entrenamientos en campos deportivos, los atletas acondicionaron sus domicilios y los volvieron muy propios. Otros tantos, urgidos por la necesidad de subsistir en la pandemia, dejaron de lado sus pasiones y se vistieron de novatos emprendedores.

Pero la capacidad de resiliencia no solo les correspondió a los conocidos, sino también a ciudadanos que salieron a flote en silencio. Mujeres administradoras de empresas se volcaron a la gastronomía, abogados dejaron sus oficinas para incursionar en asesorías virtuales; y adolescentes vieron en las manualidades un canal de creatividad equivalente a obtener dinero, así fuera a cuentagotas. La reinvención, entonces, fue compartida.

Mientras tanto, el país tomó trascendencia internacional. Medios como La Tercera posaron el foco en la situación dramática local. “Bolivia: la receta perfecta para un colapso sanitario”, tituló dicho portal, resaltando la noticia con la imagen del cadáver de un hombre reposando en una carretilla, en una céntrica calle. A esa altura, a principios de julio, el escenario en el país se presentaba insostenible.

Ese mismo mes se sumó el tercer elemento: el descontento social traducido en bloqueos en un contexto de crisis de salud.

Desde Argentina, Francia, España y Estados Unidos no dejaron pasar el detalle. “Masivas protestas contra el gobierno boliviano pese a la pandemia de coronavirus”, tituló la agencia argentina Telam. Las movilizaciones tuvieron como objeto exigir la concreción de las elecciones frente a las postergaciones definidas por Áñez. Vanguardia, de Colombia, encabezó: “Conflicto en Bolivia se agudiza con choques en las calles”.

Fijada la fecha de los comicios para el 18 de octubre de manera inamovible y superados los conflictos, los frentes políticos comenzaron con sus campañas el 18 de septiembre. Una jornada antes, Áñez anunció la declinación de su postulación bajo el imperativo de unificar el voto y no permitir el retorno del Movimiento Al Socialismo (MAS), acción que finalmente no fue suficiente.

De pronto, los binomios iniciaron sus giras de prisa. Luis Fernando Camacho y Marco Pumari, entonces candidatos de Creemos, Luis Arce y David Choquehuanca (Movimiento Al Socialismo, MAS); Carlos Mesa y Gustavo Pedraza (Comunidad Ciudadana, CC) promovieron sus propuestas de departamento en departamento. Incluso, el 19 de septiembre, Camacho y Pumari llegaron a Cochabamba repartieron besos y abrazos entre sus simpatizantes. Claro está que dejaron de lado los barbijos y el mandato del distanciamiento social.

La premisa de “unir el voto” no bastó. No alcanzó la baja de Jorge Tuto Quiroga, de Libre21, como tampoco la advertencia del presidente del Colegio Médico de La Paz, Luis Larrea, sobre el “voto castigo” del rubro hacia el partido azul, amparándose en el justificativo de que esa fuerza política “se paró del lado contrario al de la salud desde 2005”.

El 18 de octubre, Arce obtuvo el 55.10% frente al 28.83% que congregó Mesa y, con ello, hizo posible el regreso del MAS al poder, después de que Evo Morales renunciara el 10 de noviembre de 2019 e interrumpiera casi 14 años seguidos de gobierno azul.

Hubo intentos de movilizaciones por parte de sectores contrarios al MAS, que asumieron la existencia de lo que denominaron como “fraude prolijo”, pero las medidas se desvanecieron tras la posesión de Arce y Choquehuanca, sellada el 8 de noviembre.