Cochabamba, sábado 24 de agosto de 2019

Atocha: el flamín y la última carta de Sucre

FRANCO ÁVALOS | NINOSKA LAZARTE | 04 agos 2019

En un recóndito lugar de Bolivia, olvidado por el implacable paso del tiempo, está Atocha Vieja, un poblado potosino que iner-me ha resistido al paso de los siglos           y se alza orgullosa, luciendo sus antiguas casas rústicas construidas                    de piedra y adobe, techadas con paja          tejida en cañahueca que —siglos                 después— continúan firmes, como mudas testigos del abandono y la soledad de un pueblo que otrora fuera un rico territorio minero donde los españoles explotaron oro y plata hasta exprimir sus entrañas. 
La comunidad tiene un imponente ingreso que lleva directamente a la plaza, donde existe una especie de obelisco hecho de piedra de ocho metros de  altura y resguarda el tesoro más precia- do de los pobladores que —de a poco— se han ido extinguiendo, quedando tan solo unos pocos guardianes de la imponente iglesia de Atocha Vieja donde se resguarda al Señor de Burgos, una imagen traslada por los españoles hasta este lugar que es venerada por siglos. 
Según la historia contada de genera-ción en generación, el Mariscal José Antonio de Sucre durmió una noche en la casa más acomodada de Atocha Vieja, ahí escribió su última carta en Bolivia. 
Movidos por esa referencia, por demás increíble, se recurrió al archivo histórico de la Vicepresidencia para indagar  e ir tras la búsqueda de los últimos sentimientos de Sucre, antes de dejar el país por el puerto de Cobija. 
Rastreamos sus cartas, leímos una a una las misivas que eran escritas por el Mariscal durante y después de sus batallas por la independencia de Bolivia; fueron paginas interminables de una extraordinaria historia de la lucha por la libertad americana, hasta que al fin hallamos la evidencia esperada,  José Antonio de Sucre estuvo en Ato-cha el 12 de agosto de 1828, y desde ahí le dicta a su edecán Escolástico Andrade, una sentida carta de despedida a su amigo y lugarteniente, Francisco Burdett O´connor, coronel del ejército libertador, confesando su profunda tristeza por dejar la Patria por la que estaba dispuesto a ofrendar su vida. Y le dice: “Mi querido amigo compañero, hoy sigo para Cobija con destino a Guayaquil, y de regreso a mi casa en Quito. Antes de marchar hago mi despedida a usted….”. 
Y sigue más abajo: “Esta es una tempestad que pasará pronto, y es preciso ver sus efectos con sangre fría. Bolivia, es decir, los pueblos no están mal animados, pero una fuerza extraña, los traidores  y la pérfida conducta de Urdidinea, la han conducido casi al sepulcro….”. Así, Jose Antonio de Sucre   sellaba su adiós, dejó Bolivia con cinco mil pesos prestados de su sobrino, Domingo de Alcala, como describe Burdett O´connor en sus memorias.
Y en esa última carta firmada en suelo boliviano, confesaba sus sentimientos de amor sublime a la Patria a la cual le regalo su libertad y le pagaron con un balazo en el brazo derecho. Abatido, pero con la firmeza de un vencedor,      el Mariscal de Ayacucho dejo ahí en Atocha Vieja, algo más que sus últimas palabras a Bolivia. 
Agradecido por el recibimiento, y a la usanza de la época, el Mariscal regaló un flamín militar a la imagen venerada del Señor de Burgos, tesoro histórico que hasta hoy permanecía oculto, colocado delicadamente en la cintura de la imagen colonial y que —por primera vez— puede ser apreciada y atesorada por los bolivianos. 
Revelar la medalla para la cámara y el lente fotográfico no fue fácil. Durante más de un siglo y medio permaneció casi oculto en la intimidad de la centenaria iglesia custodiada por decenas     de reliquias católicas donadas por las familias de los ancianos que se fueron muriendo.
La joya histórica está justo en la cintura del Señor de Burgos, cubierta por su túnica; poco a poco y con la ayuda de una vara se fue develando el secreto mejor guardado de Atocha Vieja.
El investigador experto en la vida de los libertadores, Daniel Oropeza, señala que los grandes generales y militares   de la época obsequiaban artículos personales a las diferentes imágenes, como Belgrano regaló su sable a la Virgen de La Merced, y la nombró generala del ejército Argentino; por lo que es una conducta muy típica de la época. 
191 años después, tal vez el Mariscal José Antonio de Sucre, nos vuelve a reclamar el no destruir la obra de su creación y lo hace justo de Atocha, un lugar olvidado que debería ser visitado por todos, para afianzar nuestro sentimiento de bolivianidad al respirar la historia que se ha encarnado en cada pared hecha de adobe y paja, por donde estuvo un héroe de verdad, un libertador, un hombre justo y apasionado por la libertad.
En Atocha Vieja, a 3.600 metros sobre el nivel del mar, el viento sopla y un gélido aire llega hasta los huesos. Ahí se construyó una verdadera ciudadela       española muy rica en la Colonia y antes inclusive de la llegada de los españoles. Allí los bolivianos pueden admirar el     paso de los siglos y reconocer la acción de cada poblador del lugar que —sin saber leer ni escribir y apenas sobrevivir con la crianza de llamas— cuidó de nuestra historia como verdaderos guardianes y hoy salen al frente a contar el gran legado de sus antepasados y mostrar orgullosos la casona donde durmió             el Mariscal, la cual por falta de cuidado está toda derruida. 
Los pasantes de la fiesta del milagroso Señor de Burgos son los encargados de evitar la desaparición de este lugar, por el paso de los años y la inclemencia del tiempo que entre lluvias y fuertes vientos, intentan cada año llevarse consigo nuestra historia.
Son los lugareños, nietos, bisnietos            y tataranietos que sobreviven a la fuerza de la destrucción y con sus propias manos siguen tejiendo la paja y la cañahueca, para restaurar los techos semi destruidos y mantener intactas    las casitas patrimoniales de Atocha    Vieja, que ahora devela su secreto mejor guardado.
El jefe de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional, Luis Oporto Ordoñez, considera el hallazgo del flamín militar como un aporte importante a nuestra rica historia por la libertad y Atocha tiene la honra  de haber recibido en su seno a un pa- triota bolivariano y eso felizmente la historia ha registrado en la correspondencia oficial. 
En medio de cerros, al borde de un rio y rodeada de un árida vegetación, Atocha Vieja espera oír de nuevo el bullicio de la gente, esta vez no para acumular oro ni plata, sino más bien para visitar un lugar mítico, hermoso, donde el presente se amalgama con        el pasado permitiendo viajar con la mente y recorrer esas callecitas que tan llenas de cuentos y leyendas que nues-tros ancestros dejaron esculpidas   en cada una de las piedras que dieron forma a una hermosa ciudadela, la Vieja Atocha, que pronto sería declarada como patrimonio histórico de nuestro país. l



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