Cochabamba, martes 20 de agosto de 2019

Amanecer en rojo

Reseña del libro Amanecer en rojo. Marxismo, socialismo y comunismo en Bolivia (1880-1932), de Pilar Mendieta y Evgenia Bridikhina, y editado por el CIS.
| Mauricio Navia L. | 21 jul 2019


Aunque ha estado pocas veces en situación de poder, es posible que la historia de la izquierda política sea un aspecto fundamental de la identidad nacional, merecedor de más indagaciones que las con que contamos al presente. René Zavaleta Mercado decía que Bolivia es un país esencialmente izquierdista. Ni siquiera los gobiernos militares del corte más reaccionario podían desentenderse por completo de esta realidad. Si contrastamos nuestro país con Chile, Colombia o Paraguay, la cosa no podría resultar más evidente. Además, desde tiempos coloniales, se ha caracterizado por su carácter levantisco y revoltoso. El contraste es claro si pensamos en sociedades como la paraguaya con su tradicional apatía política (y también algunas de Centroamérica y el Caribe). Desde esta perspectiva puede comprenderse entonces la afirmación de Zavaleta Mercado: en el imaginario nacional se concebía la revuelta como “izquierdista”, mientras que la estabilidad era más bien patrimonio de la derecha conservadora. Bolivia ha podido ser un terreno muy fértil para ideas radicales. No obstante, sabemos que el marxismo propiamente dicho tuvo una aparición relativamente tardía en Bolivia, fruto de una incipiente industrialización y de su aislamiento geográfico. Entonces siendo Bolivia especialmente propicia para el izquierdismo, también fue inicialmente y en otros aspectos, también, un país conservador. Esta es una cuestión que le corresponde dirimir a la investigación histórica.
Había hasta hace no mucho un vacío en la historia de la izquierda, quizás con la notable excepción de Guillermo Lora, el incansable militante trotskista, sindicalista y prolífico intelectual proletario. Posicionado bastante más a la izquierda de Zavaleta —así como de un Almaraz o un Quiroga Santa Cruz—, y mucho más rígidamente ortodoxo que aquellos, la historiografía boliviana tendrá siempre una gran deuda con el autor de la monumental Historia del movimiento obrero boliviano, en seis tomos (y uno inédito), escrita entre 1967 y 1980, y cubriendo los períodos desde 1848 hasta 1974. Por supuesto, el exhaustivo trabajo de Lora es el de un militante y no el de un historiador profesional, lo cual, casi no hace falta decirlo, no disminuye su gran repercusión. Pero sigue siendo necesaria una revisión histórica de la izquierda desde una perspectiva actualizada.
Precisamente esta necesidad es cubierta en parte gracias al trabajo de las historiadoras Pilar Mendieta y Evgenia Bridikhina, boliviana y rusa respectivamente. Amanecer en rojo. Marxismo, socialismo y comunismo en Bolivia (1880-1932), editado por el Centro de Investigaciones Sociales (CIS), representa una contribución realizada no desde una perspectiva militante o, ni siquiera, teórica marxista. Brinda un panorama general de la transmisión, circulación, recepción y apropiación de la literatura izquierdista, socialista, anarquista, comunista y marxista, en Bolivia en las cinco décadas que  hay entre la Guerra del Pacífico y la del Chaco.
Las autoras tienen en cuenta la sociología de la lectura del historiador Roger Chartier (uno de los últimos representantes de la Escuela de los Annales) y el análisis que hace Michel de Certeau de las prácticas de la vida cotidiana. Sin embargo, el texto no es teoréticamente denso. Al contrario, es accesible para cualquier lector curioso e interesado por conocer la historia política e intelectual de su país. El libro contiene además del texto de las investigadoras, una sección de anexos que contiene una selección muy amplia de libros, folletos, columnas periodísticas, manifiestos, cuentos y poemas revolucionarios, material interesante para futuras investigaciones. El texto tiene dos capítulos. El primero, a cargo de Pilar Mendieta, introduce el tema y presenta el contexto de recepción de las ideas socialistas y marxistas en el período mencionado e incluso más atrás. Es decir, trata sobre la situación social y política, el clima de ideas imperante, las tensiones entre, en un polo —el hegemónico— el liberalismo, el positivismo y el darwinismo social, y, en el otro polo, la emergente literatura izquierdista. De un lado, Comte, Darwin, Gustave Le Bon, Spencer, etc.; y del otro, Lamennais, Proudhon, Bakunin, Marx, Kautsky, etc. 
Mendieta retrocede más de tres décadas para abordar la época de Manuel Isidoro Belzu, el Tata, presidente de la República entre 1848 y 1855. Coincidentemente, 1848 fue el año de una gran ola revolucionaria en Europa de carácter liberal nacionalista, también denominada La Primavera de los pueblos. En Francia, la revolución triunfante de 1848 inauguró la Segunda República y enterró, esta vez de manera definitiva, el llamado Antiguo Régimen. Asimismo, 1848 es el año de la publicación del Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Aunque es probable que Belzu no conociera el célebre manifiesto, sí parece conocer algunas ideas socialistas. Hay en Belzu elementos de una suerte de protopopulismo, por un lado, y de un socialismo cristiano, por otro. El socialismo cristiano provendría del exsacerdote y teólogo francés Robert Lamennais, quien habría sido el escritor socialista más popular y leído en Bolivia en aquella época. Es notable y curiosa la popularidad de este autor en la Bolivia de mediados del siglo XIX. En estas cuestiones de difusión cultural ocurre una suerte de “efecto embudo”. Lo que cruza el Atlántico, en cualquier dirección, lo hace a través de diversos filtros, sin excluir el azar.
Lejos de nosotros queda la clásica distinción que legó la historiografía oficial marxista. Recordemos que los textos de divulgación solían distinguir entre dos formas de socialismo: el utópico y el científico. Desde ya, hoy en día se emplea el término “científico” de un modo muy diverso al del marxismo. No diríamos hoy que el marxismo representa una teoría científica, en sentido estricto. Al mismo tiempo, es interesante destacar que el marxismo, referido tantas veces como equivalente de “materialismo histórico”, “materialismo dialéctico”, “socialismo científico”, etc., puede concebirse desde la óptica actual, posterior a la caída del Muro de Berlín, como una forma de utopismo, tal vez la más importante de la historia de la humanidad.
Pilar Mendieta toma a Belzu, en la línea del bolivianista e historiador ruso Andrei Schelchkov, como un representante del propio y peculiar “igualitarismo” boliviano, avanzado o reivindicativo en lo social y conservador en lo cultural y religioso: criticar a los poderosos, mientras se reza a la Virgen del Carmen. El igualitarismo buscaba desmontar los remanentes del rígido sistema social heredado de la colonia, casi de castas, a tiempo que también resistía la creciente tendencia al librecambismo por parte de la oligarquía. Era de carácter proteccionista, y constituía una resistencia contra las perturbaciones y amenazas que un mundo más dinámico de libre comercio cernía sobre un pueblo aferrado a sus costumbres y un modo cuasi bucólico de vida. Es por esto que Schelchkov califica la política de Belzu como de “utopía social conservadora”.
El igualitarismo es importante en la historia decimonónica boliviana, tanto como antecedente de ideas socialistas, como por cuanto resurgió en la década del 70 en las rebeliones del popular caudillo cruceño Andrés Ibáñez. De modo que con esta digresión previa, entramos al período de análisis elegido, 1880-1932. Tras la derrota del Pacífico, tenemos, según Evgenia Bridikhina, “la primera camada de intelectuales bolivianos”. Termina la era de los caudillos y la república entra en el período más largo de relativa estabilidad política y sucesiones constitucionales, antes de la era democrática moderna. 
Bridikhina se centra en aquello que bien pudiéramos denominar “historia de las ideas” o historia intelectual. Pero las ideas no solamente aluden a todas aquellas que están contenidas en los libros, sino al cómo estas se diseminan y son recibidas por grupos distintos de lectores. Lamennais o Marx, leídos en un taller de artesanía, no son precisamente lo mismo que los leídos por un grupo de estudiantes. Siguiendo a Roger Chartier, toda cultura es apropiación, es decir, tiene mucho que ver con el cómo un individuo, o una colectividad, hace suyas, transformándolas, las ideas, los símbolos, el arte, etc. Este hecho, por ejemplo, hace interesante la relación entre el belcismo y Lamennais, siendo que en su nativa Francia era un autor relativamente menor. De modo que no son solamente importantes los textos escritos, los portadores primarios de las ideas, sino también la interacción entre texto y público receptor. Empero, no es tarea fácil rastrear todas esas interacciones. Únicamente quedan rastros indirectos, los cuales son también, a su vez, textos escritos. 
Bridikhina y Mendieta realizan su investigación en los archivos del Congreso Nacional, estudiando los catálogos de cinco librerías de La Paz, así como una lista de lectura del marxista y fundador del Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR) José Antonio Arze. También bucea en la prensa escrita de la época para indagar sobre la recepción y circulación de ideas de izquierda revolucionaria o radical. Da cuenta de las diversas organizaciones gremiales de obreros, artesanos y estudiantes, de la producción de folletos, periódicos y revistas. Narra los intentos de censura, momentos de represión, confiscación de ediciones, por acusaciones de “agitación comunista”. 
El marxismo, siendo ya la corriente más sólida y prolífica en cuanto a teorización, no ha logrado aun un total predominio en la izquierda, cosa que ocurrirá a partir de la década del 40. Entre el ocaso del Partido Liberal y el surgimiento del Partido Republicano, liderado por Bautista Saavedra, se fortalecen las organizaciones obreras, y el recordatorio del Primero de Mayo se consolida definitivamente como un ritual de la clase obrera, anarquista, anarcosindicalista o comunista. En ese temprano siglo XX, el marxismo todavía no ha llegado a una cristalización. No existe un Partido Comunista vinculado a la III Internacional. Hay mucho eclecticismo. Es muy popular en nuestro país el psiquiatra argentino José Ingenieros, quien combina positivismo, cientificismo y darwinismo con su incondicional simpatía por la Revolución Soviética. La editorial argentina Claridad lo mismo publica novelistas rusos que teóricos de izquierda radical. Conviven en los catálogos Tolstoi, Dostoievsky con Proudhon, Bujarin y Malatesta. No importan las rencillas entre anarquistas y marxistas, los primeros acusando a los segundos de autoritarismo, y estos atribuyendo a aquéllos el ir tras de ideas irrealizables; todos son bienvenidos para la causa de la Revolución. Esta misma promiscuidad ideológica se repite en los gremios del proletariado manufacturero o minero.
Pese a incidentes de censura y represión, hay algo de entre festivo y romántico en este período. El círculo literario coincide con el político. Hay espacios para la lectura oral o en voz alta. Surge la Universidad Popular e iniciativas afines. Es una época en la que se aplica el destierro como el castigo político más grave, enfocándose en particular en los “agitadores” más peligrosos e incómodos. El año de 1926, bajo el presidente Saavedra (no exento él mismo de simpatías socialistas, propulsor de políticas sociales y del núcleo de la legislación laboral que perdura, en lo esencial, hasta el día de hoy), es uno particularmente duro en cuanto a los intentos de supresión de la difusión de ideas. En aquella época el conspicuo socialista sucrense Gustavo Adolfo Navarro, alias Tristán Marof, y uno de los primeros marxistas bolivianos sale al exilio. Hay vientos de guerra con Paraguay por el tema del Chaco Boreal. Daniel Salamanca, como otros gobernantes en otras latitudes, utilizará los temas del patriotismo y del enemigo extranjero para generar cohesión interna y, de paso, suprimir la disidencia radical.
El libro es fruto de un trabajo minucioso. Como suele ocurrir en las ciencias sociales modernas, la prosa no es siempre la más brillante, pero en este caso tampoco cae en la aridez. El material es lo suficientemente rico como para hacer una lectura interesante, pese a que en ocasiones pueda devenir en un desfile de nombres, publicaciones, tendencias ideológicas, facciones, querellas internas, etc. Como se ha comentado, los anexos proveen una fuente muy valiosa de textos de la época, disfrutables en sí mismos y útiles para el investigador. Posiblemente, en esta historia la praxis de la vida cotidiana, el espacio urbano como locus de contestación simbólica, el contexto más amplio de las luchas políticas son temas que no han sido debidamente explorados. Pero eso está bien; que queden cabos sueltos. La historia es una labor continua e interminable de reescritura y reinterpretación.

Docente universitario - novas9@yahoo.com



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