Cochabamba, martes 20 de agosto de 2019
[La lengua popular]

¿Cuánto tiempo dura el presente?

Sobre las obras de la poeta boliviana Blanca Garnica.
| Laura Arrázola Angulo | 14 jul 2019


Blanca Garnica, poeta boliviana, presentó una trilogía de poemarios: Alfileres y alfiles (2012), Alfileres de plata (2012) y Los alfileres del cuento (2018). Como puede verse, hay un término se repite en los tres poemarios: alfileres. Son pequeñas piezas metálicas que suelen sujetar pequeños retazos de tela, agudos y finos. Algo muy parecido a cómo son los versos de Blanca Garnica. Ella toma pequeños instantes, los sujeta y con ellos sujeta un nuevo panorama antes de coserlo a nuestras memorias.

La poesía suele hablar de lo más íntimo del escritor, en ocasiones de tinte trascendente. En los poemas de Garnica esa intimidad se refiere a lo cotidiano, en ese sentido puede sentirse muy “hogareña”. Un desayuno cualquiera se transforma en el momento de encontrar los recuerdos que puedan resumir nuestras vidas, una tarde de domingo se le da sentido a todas las miradas que nos dedicaron, una noche de enfermedad reconsideramos lo que es estar sano.

Un tema que es recurrente y concatena a los poemarios es el paso del tiempo. El tiempo pasa sobre todos a diario y, aunque no seamos conscientes de ello cada segundo, a ninguno deja indiferente los recuerdos, los instantes y las proyecciones. Es lo que nos caracteriza como humanos.

No todos hemos crecido hasta el punto en que parecemos “alcanzar” la edad de nuestros padres. Aun así podemos ver un poco más allá de nuestro presente. Podemos imaginar una casa en la que estamos tras años de trabajo, tras sueños cumplidos, malos días superados. Después de una vida, sin importar cómo queramos que sea, podemos vernos en ese punto de nuestras vidas. Incluso a esta edad en la que podemos ser jóvenes somos capaces de sentir nostalgia por el recuerdo.

Los recuerdos que nos encontramos con mayor frecuencia en los poemarios de Garnica son los de una mañana cotidiana, una tarde de domingo, una noche en la que la enfermedad hace que el tiempo pase distinto sobre nosotros. Los momentos que no marcaron nuestra vida con un antes y un después siguen siendo parte importante de nuestras vidas. Después de todo de eso estamos hechos de instantes, los que olvidamos con facilidad y los que se vuelven en una historia que contar.

La vejez, la enfermedad, despertar en el hospital. Lo que nos hace humanos es nuestra fragilidad. Pero realmente no somos consciente de ella. Cuando somos jóvenes nos sentimos invencibles, que el tiempo es infinito para nosotros. Podemos pensar mucho en la muerte siendo jóvenes, pero no es lo mismo que verla acercarse con paso lento y de forma inevitable. Mirándonos a los ojos y articulando nuestro nombre en silencio. Los minutos se unen y se vuelven una hora, las horas en una noche, las noches en insomnio, los insomnios en enfermedad. Los instantes se van acumulando sobre nosotros sin darnos cuenta, diez, veinte años pasaron. ¿Seguimos en esa tarde de domingo?

Entonces, ¿cuánto es mucho tiempo? Siempre es mucho e insuficiente tiempo. Podríamos desear vivir 200 años para realmente “acabar” con todos, pero el tiempo nos desgastaría antes de eso. La mente y la sangre se cansan. Nos acabamos, al punto en el que la muerte parece llegar como un alivio, uno que nos impacta y nos duele, pero que finalmente podíamos necesitar. Nadie sabe qué hay después de la muerte, pero todos parecen imaginar lugares mucho mejores que el que ahora habitamos para repetir en los funerales como una mala canción: “ahora está en un lugar mejor”.

Garnica nunca detendrá la muerte, no calmará el dolor o reducirá el sufrimiento de la ausencia. No obstante, ameniza ese pesar, aun el recuerdo más encarnado se apacigua por sus palabras. El recuerdo de la enfermedad, el tiempo o la vejez no debe ser una recaída en el dolor. Debería de aprovecharse la nueva visión que nos brinda de todo ello Blanca, poesía que nos haga sentir morir una y otra vez, para así darnos cuenta de lo que es estar vivo.

Enfrentarnos a aquellas cosas que caracterizan nuestra cotidiana fragilidad puede ser un golpe traumatizante si se hiciera de forma brusca. Blanca Garnica logra que ese golpe sea suave, que encontremos de alguna forma el alivio al fin y el dolor inminente que nos sigue a diario y en instantes. Nos sugiere que veamos aquellos momentos que pasan a diario y que, sin ser una gran ceremonia, nos cambia la vida. Actos que se vuelven rutina y que al hacerse uno consciente de su ciclo, nos lleva a una curiosa nostalgia por los recuerdos.

Solo nos quedará el recuerdo. No solo los recuerdos del pasado, sino también del futuro, de lo que pudo ser y lo que queremos que sea. Y si solo queda el recuerdo, entonces, ¿cuándo vivimos el presente? Nunca dejamos realmente de estar en el presente. Es algo que Garnica no nos permite olvidar. Aun en esas noches de enfermedad, las tardes de infancia o una crisis en la vocación son el presente por ese momento, siempre habitaremos estos instantes de los que está hecha la vida.

Solemos construir y decorar nuestra realidad, es nuestro mecanismo para sobrevivir a la realidad. Podemos creer que a lo que realmente debemos sobrevivir es a los grandes momentos de nuestra vida que suelen marcar hitos históricos en las autobiografías, las expuestas en librerías y las que son compartidas en una noche de alcohol. Sin embargo, nosotros debemos sobrevivir a lo cotidiano, a aquello que ante la repetición y los ciclos termina por hastiarnos.

La poesía de Blanca no solo nos muestra que podemos sobrevivir, sino que podemos adornar esos espacios, no con la negación de lo que realmente somos y tenemos, sino con la aceptación de lo que siempre seremos. Ante el temor de perder el sentido de nuestros días por el sinsentido de la rutina, tenemos a la poesía.

Garnica logró encontrar su espacio para convivir cada muerte y renacimiento que tuvimos. Esto lo hizo de la forma más sincera y personal posible. Dejando al desnudo aquellos momentos que realmente pocos ven. Motivo por el que después de leer su poesía las propias noches de enfermedad, muerte, tiempo y resurrección rondaron por la cabeza todo el día.

Probablemente esta poesía cruda, sincera y fragmentante sea la única forma que tenemos para enfrentarnos a lo que significamos, a todo lo que significa tener el valor de seguir en este mundo un día a la vez. Un mundo que puede estar lleno de violencia, muerte y oscuridad. Para un mundo así, necesitamos la poesía que nos rompa y reconstruya en un espacio “seguro”.

Entonces, ¿cuánto tiempo dura el presente? Siempre es el presente, pero para cuando nos damos cuenta ya es pasado. Aun si quisiéramos adelantarnos al tiempo de forma inocente, entonces hablaríamos del futuro. Segmentados pero conviviendo al mismo tiempo en nosotros, como con el recuerdo, así llega la poesía.





Estudiante - laura.arrazola.a21@gmail.com



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