Cochabamba, martes 20 de agosto de 2019

Hacia las raíces

Reseña introductoria del libro Valor y comunidad: reencuentro marxista y boliviano. Una conversación con Álvaro García Linera de Josefa Salmón y editado por el CIS.
| Sergio de la Zerda | 07 jul 2019


Mucho se puede valorar o criticar la gestión de Gobierno del vicepresidente Álvaro García Linera (Cochabamba, 1962). Donde sin embargo caben casi siempre elogios, es en su labor como cientista social, muy especialmente del campo marxista, en el que ha tenido aportes destacados y que le han valido no solo más de una docena de doctorados honoris causa, sino la atención de académicos alrededor del globo. Entre ellos está Josefa Salmón, doctora en Literatura y Cultura Latinoamericana, y docente de la Universidad de Loyola (EEUU), quien, a partir de una extensa entrevista, publicó el libro Valor y comunidad: reencuentro marxista y boliviano. Una conversación con Álvaro García Linera, editado en 2018 por el Centro de Investigaciones Sociales (CIS).

Se trata de una lectura por demás recomendable, tanto para los seguidores del político, como para sus detractores, pues, casi en clave narrativa, su contenido desentraña las raíces y el horizonte discursivo y práctico del exguerrillero y luego Mandatario. Lo hace a partir de la descripción de su historia de vida y herramientas teóricas que le llevaron a escribir Forma valor y forma comunidad: aproximación teórico-abstracta a los fundamentos civilizatorios que preceden al Ayllu universal (1995), que el mismo autor considera su obra capital.

“¿Cuál es la potencia histórica del pueblo boliviano para el cambio revolucionario? Para responder a esa pregunta, Álvaro García Linera (…) emprende una relectura detallada de El capital, de los borradores de El capital -de los llamados Grundrisse y de los manuscritos de 1861 a 1863-, en busca de la ‘forma valor’, así como de una serie de estudios de cronistas de tiempos de la Colonia y de investigaciones etnológicas que permitan comprender las comunidades indígenas para hallar la ‘forma comunidad”, resume Farit Rojas en la presentación del libro.

En esa vía, una de las ideas que nos parece fundamental de inicio es la preocupación de García por un tema central: “He sido un tipo de obsesiones y esa fue mi primera obsesión política. ¿Qué decía el marxismo sobre los campesinos? ¿Qué dice el marxismo sobre el tema nacional, cultural?”. Tales interrogantes surgen a partir de la constatación de una debilidad histórica de la izquierda nacional (de la que hace una breve historiación según su vivencia): “Los marxistas en Bolivia, toditos sin excepción, creíamos -lo sigo creyendo-, no entendieron el tema indígena; entonces, tenían una mirada mutilada de la realidad de Bolivia y de la potencialidad emancipativa de Bolivia”.

Tras regresar a Bolivia desde México, donde comenzó a relacionar el mundo indígena con la lucha armada, García fue tomado preso en 1992 por ser parte del Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK). Aprovechó su encierro para, haciendo una exhaustiva revisión de Marx, otros autores de esa corriente y de textos antropológicos (como los de Hans van den Berg y Alison Spedding), no solo desvirtuar la concepción lineal de la historia, sino hacer un mapeo de las estructuras comunitarias indígenas en el país.

Fruto de ello, y acá una otra importante contribución, señala también, como sostiene Salmón en el prólogo, “que los movimientos locales son el punto de partida para el cambio social y para un cambio general, que llevaría a un proceso de cambio más profundo de la estructura de la sociedad y del Estado”. El Vicepresidente resume así su tesis: “Es en el ámbito local donde emerge -en la vida inmediata, en las satisfacciones e insatisfacciones cotidianas, en la acumulación de lo que uno es, de cómo uno utiliza lo que ha heredado para enfrentar las adversidades y los retos de la vida-, donde se pueden visibilizar, experimentar las nuevas socialidades creadas por las personas o despertadas por su experiencia; diferentes o potencialmente diferentes a la socialidad predominante y a las lógicas de dominación”. Y ejemplos en este sentido parecen sobrar: “¿Por qué pudo darse la Guerra del Agua del 2000 si se había destruido todo el movimiento obrero, las grandes estructuras nacionales, los grandes sindicatos? Porque lo que no destruyó el Decreto Supremo 21060 fueron las redes locales, donde la gente, en torno al tema del agua, en torno al tema de la tierra, al tema del desabastecimiento, en torno a la recreación cultural, ha creado fuerzas asociativas de nuevo tipo. Y eso no lo pudo destruir el neoliberalismo”.

El entrevistado no obstante, sosteniendo que el capitalismo es un “orden civilizatorio”, advierte sobre los riesgos de limitarse a lo propio. “Cuando la sociedad, los movimientos sociales, se encierran en lo local -y eso es lo que está comenzando a suceder con algunos sectores sociales, que es parte del reflujo de la acción colectiva (siempre es flujo y reflujo)- (…) se pierde la mirada común de todos, la mirada de tomar en cuenta al otro”. Es ahí cuando, por ejemplo, “tienes a los compañeros de la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (Cidob) que te dicen: ‘Todas las tierras del Estado que pasen a los compañeros indígenas de tierras bajas’ (…). O la COB que dice: ‘Yo quiero mi incremento salarial, no me importa qué pasa con el resto”.

Así, surge una fuerte contradicción. “Si eres Estado, eres monopolio; si eres movimiento social, eres desconcentración de las decisiones. ¿Cómo se conjuga un Estado, un gobierno de movimientos sociales? Es una contradicción. Y la idea es que no hay solución a la contradicción; tienes que vivir esa contradicción”.

Cómo se ha venido resolviendo ese desencuentro es otro tema, aunque las razones fundamentales en juego bien pueden ser entendidas en Valor y comunidad.



Periodista - mirandoelhumo@yahoo.com



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