Cochabamba, martes 20 de agosto de 2019

The Rolling Thunder Revue, un viaje entre el mito, la dopamina y la verdad

Sobre el documental del director estadounidense Martin Scorsese, enfocado en una gira de Bob Dylan y estrenado recientemente en Netflix.
| Joel Vera Reyes Washington, EEUU | 30 jun 2019


Un cóctel psicodélico de fuegos artificiales, música, poesía, imágenes retro y una cara pintada debajo de un sombrero coronado con plumas color turquesa y flores multicolores levanta el telón de aquella histórica expedición que transcurre entre el verano de 1975 y el otoño del año siguiente, en plena celebración del bicentenario de la fundación de Estados Unidos.

Así es como arranca Martin Scorsese la mítica gira teatral-poética-musical que comandó Bob Dylan cuatro décadas antes de ganar el Premio Nobel de Literatura, en su reciente propuesta para Netflix, The Rolling Thunder Revue. A Bob Dylan Story. Una mirada documental en el tiempo, desde las raíces del director en Nueva York, que permiten reconocer sus trazos sobre un material ya documentalizado en buena parte, pero con aportes clave para masticar de a poco esos mágicos versos con legendarios testimonios de la época, otros inéditos y muchos actuales.

En retrospectiva, como una imagen recurrente, reconocible, Dylan aparece con la cara pintada de blanco, un ícono clásico pop del coletazo final del movimiento hippie, con aquel sombrero y ese chal púrpura tan reconocibles, todo mezclado con una vieja imagen de televisión del entonces presidente Richard Nixon hablando optimista sobre los 200 años de su país, casi sin darse cuenta de que su cuello está bajo el filo de una guillotina.

Todo simbólico y todo junto, como una caótica armonía, así plantea Scorsese esta su nueva manera de contar una vieja historia. Como una explosión, quizás no tan maligna como aquella que desató el bombardeo sobre Cambodia durante la Guerra de Vietnam y que el EEUU de Nixon bautizó en secreto con el mismo nombre que luego adoptó la mítica serie de 56 presentaciones de aquel circo de músicos y poetas, bajo cuyos compases aparece tímidamente la voz de quien nos guía casi de la mano por este nuevo recorrido, quien cuatro décadas después de protagonizar aquel fenómeno cultural pop se convertiría en el primer músico (cantautor, compositor) en ganar un Premio Nobel de Literatura.

Y es que cuando Scorsese pone la carne al asador, no deja nada para más tarde: política, música, poesía, anécdotas, presente y pasado se fusionan bajo ese mismo lenguaje de archivos y testimonios actuales en primera persona de un siempre risueño, misterioso Dylan, tan tímido y carismático hombre que casi nunca mira de frente, y que ahora aparece en primer plano mostrando cómo, desde aquel verano del 75, han pasado estos 45 años por su rostro.

El documental se zambulle en ese festival de poesía y rock que unió un país profundamente dividido, homenajeando a quienes ya murieron y mostrando solidaridad con los marginados, tocando en los coliseos, arenas y universidades más prestigiosas, así como en los barrios o espacios más humildes y menos glamorosos como la cárcel o un cementerio. Así recorre el director la mítica gira que unió las modestas y las más populares ciudades; las más modernas y las más conservadoras llevando el mismo mensaje.

Entonces, se entiende cómo esas presentaciones casi aleatoriamente improvisadas funcionaron bajo una misma lógica caótica y anárquica que las hizo únicas, distintas entre sí, pero unidas por un mismo lenguaje gracias a esos destellos nostálgicos de músicos de la talla de Bob Neuwirth, Roger McGuinn, Steven Holes, Mick Ronson (guitarras), Scarlet Rivera (violín), David Mansfield (violín, mandolina), Rob Stoner (bajo), Howie Wyeth (batería), Luther Six (percusión) y Ronee Blakley (coros), entre otros. Pero Scorsese no va por las ramas y muestra cómo ese circo de virtuosos en plena revolución cultural tenía un común denominador cuando cedía en espacio y luz ante el brillo natural de la amalgama de Bob Dylan y Joan Báez. Éxtasis, la cúspide y la belleza natural de aquel diamante en bruto en que se convirtieron unas actuaciones, de todos modos, igualmente únicas.

Al componente nostálgico no le podía faltar la cereza sobre el pastel, el hilo conductor que propone el director no es nada más y nada menos que el mismo poeta, quien cuenta en primera persona y esta vez mirando de frente a la cámara, como casi nunca, pero como siempre inyectando sistemáticas dosis de dopamina en la yugular de sus seguidores, mientras hilvana y desenreda esa maraña surrealista y emotiva de flashbacks de aquel mítico Rolling Thunder Revue.

Periodista - joelverareyes@gmail.com



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