Cochabamba, domingo 26 de mayo de 2019

Los 10 del 10 de mayo: los mejores periodistas de la historia de Bolivia

| SANTIAGO ESPINOZA A. | 12 may 2019

El origen del Día del Periodista Boliviano no podría ser más decidor del ánimo con que el gremio suele celebrar el ejercicio de este oficio: el victimismo. La fecha fue instituida en 1938 por el presidente Germán Busch para reconocer al periodismo como una profesión, validar el derecho a la jubilación para los reporteros y, cómo no, recordar a Cirilo Barragán, el periodista boliviano que fue ejecutado por orden del entonces presidente Mariano Melgarejo a raíz de un artículo que molestó al pirado mandatario. El periodista asesinado por el tirano, el periodista victimado por los excesos del poder, el periodista víctima de su trabajo: tal es el germen de este aniversario que recordamos cada 10 de mayo.

Con ese precedente no debería sorprender que, cada vez que llega esta fecha, asociaciones, federaciones, sindicatos de trabajadores de la prensa, medios, reporteros y otras entidades y entelequias del gremio, congregados o cada cual por su lado, alcen el grito al cielo para reivindicar la condición de origen del periodista boliviano: el victimismo. Somos víctimas del gobierno de turno, que apela a las más retorcidas argucias para limitar nuestra libertad de prensa. Somos víctimas de grupos de poder, estatales o de la sociedad civil, que ejercen violencia para acallarnos. Somos víctimas de los caprichos gubernamentales para manipular nuestras líneas editoriales vía publicidad. Somos víctimas de nuestros empleadores que nos pagan mal y nos explotan, con nuestra anuencia, en interminables jornadas de trabajo, y en turnos de fin de semana y feriado en los que la idea del suicidio ya no parece tan descabellada. Somos víctimas de la dictadura tecnológica, que nos obliga a reaprender el oficio con nuevas herramientas que no entendemos o solo nos sirven para hacernos selfies. Somos víctimas de los lectores/destinatarios de nuestros contenidos, que ya no los buscan ni los consumen ni, menos aún, quieren pagarlos…

Y bueno, puede que haya alguna o mucha verdad en estas y otras expresiones de nuestro folclore victimista, pero no menos cierto es que, al asumirnos como víctimas, nos desentendemos casi en automático de nuestros actos, de nuestras responsabilidades. No somos actores ni responsables de nada, ni siquiera de lo que hacemos, bien o mal, sino apenas víctimas de las circunstancias, de nuestros enemigos, de nuestros verdugos, del ejecutor que antes mató a Cirilo Barragán y ahora quiere desaparecer del mapa a todos sus descendientes. Así que nadie se atreva a hablar mal de nosotros o de nuestro trabajo. Solo merecemos condescendencia y caricias, nada de críticas. Y entre nosotros, autoindulgencia y solidaridad corporativa. Cuidado con intentar ser autocríticos. Cuidado con estar asumiendo la responsabilidad de nuestros pecados. Cuidado con siquiera sugerir que somos también culpables de esta crisis terminal que enfrenta nuestra profesión. Cuidado con compartir la sospecha de que nos estamos volviendo cada vez menos esenciales para la sociedad. Cuidado con imaginar un mundo sin medios ni periodistas. Hay que lamernos las heridas, nada más, y esperar hasta el siguiente 10 de mayo para alzar el grito al cielo como si fuera la primera vez, la primera vez que nos están ejecutando, la primera vez que somos víctimas.

Pues, no, desde estas páginas hemos querido sortear el victimismo connatural del gremio, que alcanza el paroxismo cada 10 de mayo, para proponer una selección de algunos de los periodistas que, a diferencia de Cirilo Barragán, no fueron acallados por el primer tirano que intentó amedrentarlos y que, a contracorriente de tantos y tantos periodistas bolivianos, no fueron víctimas de nada ni de nadie, sino actores gravitantes en la vida pública de su época.

Es cierto que en nuestra lista, arbitraria e insolente como todas (o todo) las que hacemos, hay figuras como Luis Espinal, que murió en 1980 a manos de la represión militar que pronto gobernaría Bolivia a la cabeza del finado Luis García Meza. Pero, del sacerdote de origen español no nos interesa tanto las circunstancias de su muerte, que nos duelen y condenamos, como su apostolado vital y profesional, en particular el consagrado al ejercicio periodístico, pero también su compromiso con otros quehaceres afines: la militancia por los derechos humanos, la crítica de cine, la formación...

De hecho, si por algo nos hemos jugado en esta nómina, es por periodistas impuros, esto es, personas que no solo cultivaron el oficio de investigar, escribir, contar y pensar la realidad en medios de comunicación, sino por alternarlo y complementarlo con otros oficios y afanes. Ana María Romero, la única mujer del ranking, fue también una figura política (Ministra de Walter Guevara y senadora del MAS), Defensora del Pueblo y promotora de la cultura de paz. El Chueco Céspedes y Jesús Urzagasti fueron más escritores que periodistas, aunque, cada cual a su manera, dignificaron el dizque mejor oficio del mundo, ya sean enviando despachos de la Guerra del Chaco o editando el mejor suplemento literario que ha parido este país. René Zavaleta y Luis Ramiro Beltrán fueron académicos e intelectuales de prestigio internacional, que encontraron en los periódicos un espacio fundamental, y no cualquiera, para volcar sus ideas y sensibilidades. Huáscar Cajías y Andrés Soliz jugaron un papel fundamental en la vida institucional y política de este país, además de estar detrás de algunas de las mejores páginas de nuestro periodismo, dentro y fuera de Bolivia. No pocos, por no decir la mayoría, fueron abogados de profesión. Vicios de la educación universitaria boliviana. Y todos, eso sí, ya no están entre los vivos.

Los dos periodistas más puros de esta selección –aun sin serlo plenamente– son Jorge Canelas, acaso la figura periodística más relevante de medios impresos de la Bolivia contemporánea, el último que hizo escuela, y Juan Carlos Gumucio, el reportero cochabambino que cubrió algunas de las guerras más cruentas del mundo para medios de la talla de AP, El País o The Times y se convirtió en una leyenda de la elite del periodismo global, codeándose, cuando no casándose, con colegas de altísimo renombre como Robert Fisk, Marie Colvin (en cuya película biográfica, A private war, curiosamente no aparece) o Ramón Lobo (cuya más reciente novela está en parte inspirada en las aventuras del corresponsal boliviano). Sin ambages: fue el periodista boliviano que más lejos llegó en esta profesión, en el sentido más amplio de la expresión.

No más queremos contar de cada uno de los diez que integran este listado, cuyas vidas y obras aún merecen (re)descubrirse y fascinar a todos quienes se aproximen a ellas, sean periodistas o no. Tampoco pensamos justificarlos y justificarnos. Que cada quien juzgue. Eso sí, nos interesa forjar memoria en torno a sus figuras y legados, dentro de una profesión y un país que suelen estar tan reñidos con aquella.

No podemos ocultar que, por deformación profesional, este canon ilustra nuestras filias y fobias periodísticas. Hay no pocos periodistas culturales, creadores o escritores vinculados a la literatura o el cine, que hicieron literatura en periódicos y/o periodismo en libros. Este sesgo obedece a un principio innegociable para este suplemento: el mejor periodismo es aquel que no solo vale por su condición utilitaria, sino por una aspiración estética; es el que informa y contextualiza, pero también el que se escribe bien y cuya lectura provoca goce. Entre los diez incluidos hay, también, no pocos intelectuales que materializaron esa máxima tan imprescindible acuñada por Tomás Eloy Martínez: todo periodismo que se precie debe ser hábil para contar la realidad, pero, no menos importante, para pensarla. Finalmente, nuestros elegidos no encajan en ese lugar común del oficio: el de ser asumidos neutrales o, peor, objetivos. Al contrario, son nueve hombres y una mujer que tomaron partido por las ideas y las personas en las que creyeron y a las que fueron fieles, y con ello honraron esa lección inextinguible de Orwell, escritor y periodista, en sentido de que la escritura neutral suele ser mala escritura. 

Como toda lista, esta no es más que una provocación, en el mejor sentido de la palabra. No aspira a ser absoluta ni a generar consensos. Por el contrario, espera detonar debates y atizar controversias. Busca abrir un espacio para identificar y, por qué no, matar a nuestros padres periodistas. Quiere incitar a que los periodistas pensemos, nos pensemos, pensemos nuestro oficio. Y sobre todo, pretende evitar que nos perpetuemos en la victimización. O si se quiere: evitar que sigamos siendo Cirilo Barragán.

Periodista – santi.espinoza@gmail.com



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