Cochabamba, lunes 15 de julio de 2019

Cómo olvidarlos/as (pórtico)

Prólogo de Ya<a href="index.php?op=suplementos_crear&amp;suplemento_id=3" target="_parent">Añadir Ramona</a> no morirán: historias stronguistas de la Guerra del Chaco, libro del periodista Ricardo Bajo que será presentado el próximo viernes 17 de mayo a las 19.00 horas, en el Centro Simón I. Patiño (Av. Potosí No. 1450).
| Raúl Calderón Jemio | 12 may 2019

Conflicto de largos antecedentes y enfrentamiento directo durante tres años (1932-35), la Guerra del Chaco significó que Bolivia selle la desmembración de alrededor de 250.000 km2 en el sudeste y ofrende la vida de más de 50.000 soldados, oficiales y jefes. Además, dejó huella trágica en quienes fueron heridos o padecieron enfermedad: combatientes y personal de apoyo, familias y comunidades, de manera extendida. No será sencillo superar la crisis, ni los traumas que quedaron en mujeres y hombres de distintas generaciones. Paradójico, necesario reconocimiento crítico: había otras vías de salida al asunto, incluso planteadas en su momento.

Sin embargo, en relativamente poco tiempo, el país resurge. Consigue levantarse. Su gente, desde la diversidad y los sueños, demuestra temple. Se ha preservado los territorios petroleros y en algunos años es consolidado el acceso al río Paraguay. Es importante remarcar la capacidad de respuestas y acciones a partir de la exuberante heterogeneidad, memorias y búsquedas. Incontenibles energías traducidas hacia ideas, debates y proceder consecuente.

En todo ello, papel clave de la complementariedad de la población llana y genuinos referentes fueron, por supuesto, las organizaciones e instituciones articuladoras/difusoras, entre las cuales sobresale una paceña-boliviana de carácter deportivo, cultural y social: The Strongest. Durante la conflagración (el 33), el club llegó al cuarto de siglo de prolífica vida y aportes. Tal el tema que acertadamente enfoca el periodista y crítico Ricardo Bajo Herreras, y que se tiene el honor de prologar mediante estas líneas.

Cierto, como ha reflexionado el historiador Antonio Mitre, que hay que saber olvidar para conocer, enfocar y profundizar. Asimismo, a fin de vivir en armonía.

Pero imposible soslayar la manera en que jugadores, directivos/as, socios/as y simpatizantes gualdinegros/as acudieron al llamado, ante la emergencia declarada. Fueron los primeros en ir al frente con plena convicción, y en aras de infundir sentimiento y el ejemplo. Algo sostenido de forma admirable, pese a las adversidades, durante los años que duró la conflagración. Y que, asimismo, sería mantenido hasta donde fuera posible en primera línea. E inclusive en los campos de prisioneros al interior del territorio paraguayo.

 Boquerón, Nanawa, Cañada Strongest y Villamontes son muestras de lo mencionado. Y nombres como los de Luis Emilio Aguirre, Bernardino Bilbao Rioja, José Rosendo Bullaín, Germán Busch, Roberto Carrasco, Emilio Estrada, Hugo Estrada, Nicolás Fernández Naranjo, Ramón González, Cecilio Guzmán de Rojas, Germán Jordán, Juan Lechín Oquendo, Luis Montoya, Adrián Murguía, Constantino Noya, Rafael Pabón, Santiago Alfredo Pascoe, Edmundo Paz Soldán, Gerardo Peláez, Froylán Pinilla, Eduardo Reyes Ortiz, Ángel Rodríguez, Renato Sainz, David Toro, José Toro, Gastón Velasco, Lucio Vila, Francisco Villarejos, Carlos Zalles y Luis Reynaldo Zalles son representativos de aquellos que cayeron en combate, retornaron cubiertos de gloria y anhelos, sobrevivieron al cautiverio preservando dignidad y esperanzas generadoras. Síntesis notable de pléyade de cientos y miles que compartieron la pasión por los colores aurinegros y la bolivianidad.

Importante atención también a la retaguardia y al “frente interno”, que tienen estrecho vínculo con las zonas de hostilidades, más allá de distancias físicas. A vivencias y actitud de mujeres, niños/as, mayores y varones que por edad o responsabilidades familiares no estuvieron enrolados. Es merecedor de toda admiración cómo se trató de seguir vida, pese a las ausencias y al dolor, y la manera en que se dio respaldo a los combatientes y cautivos.

En ello, igualmente, se capta la disposición, sensibilidad y compromiso de directivos/as, socios/as y simpatizantes stronguistas. Las múltiples formas de ayuda humanitaria que llevaron adelante marcaron camino respecto a cómo, en la dificultad y angustia, se podía canalizar fuerzas y recursos que hubiera para asistir y cooperar a soldados, mando, heridos, prisioneros y familiares. Recaudaciones, donaciones y obsequios son una constante, en la que se involucra la Institución. Mujeres como Rosa de Pacheco, presidenta de la Sección Femenina, y Hortensia V. de Zalles sobresalen y orientan¸ al lado de varones notables como el presidente del Club, Víctor Zalles Guerra, o el incansable secretario Benito Sagárnaga.

Lazos y comunicación entre familias y miembros que están en el campo de batalla, es aspecto en el que institucionalidad y cotidianidad gualdinegras también contribuyeron. La correspondencia con el membrete llegó ágil y oportuna a bases, fortines, trincheras, hospitales y al Paraguay, al grado en que los colores y símbolos del club fueron identificados con el esfuerzo y carácter bolivianos, en el país y por la población a la cual se enfrentó. En este rubro, internamente, vale mencionar la visión y reconocimiento de las culturas originarias, en dinámicos encuentros y relacionamiento intercultural. Lingüistas aurinegros prestaron servicio a familias aymaras, que frecuentemente llegaban a la Secretaría del Club, para saber dónde se encontraban sus hijos y hacerles llegar mensajes. Contactos y labor de traducción y escritura de misivas contribuyeron y dejaron memorias que subsisten, por ejemplo en alrededores de la urbe chukiyaweña/paceña, zonas de orillas del Titikaka o el altiplano sur.

Dentro de las limitaciones de tiempo bélico, la Institución aurinegra no se midió en lo deportivo y cultural. Partidos de recaudación, para los cuales varios jugadores eran traídos desde la vanguardia o se aprovechaba sus licencias, recordaron e hicieron pensar en tiempos mejores, como enfocó Marcelo Ramos. La música, poesía y oratoria, ayudadas por la radio, cobraron particular profundidad y fuerza en la necesidad. Renovada atención a ello por parte de Ricardo Bajo Herreras. Cómo dejar de lado el cine, que mundialmente estaba en auge contrastando la crisis múltiple o tratando de brindar esperanzas, habría que agregar. Y en ello, la criteriosa elección de películas y las funciones con objetivo patriótico y solidario tuvieron sitial clave. Es que se pensó y sintió, apuntando a insuflar ánimos, encarando el desafío bélico y sobre todo lo que vendría.

Mucha de esta temática es la que aparece dinámicamente en las páginas que siguen. El autor las ha trabajado combinando investigación hemerográfica y escritura periodística. De ahí, fusión de fuentes y estilo, con originalidad y apasionamiento. Por demás, la recomendación para que se las lea y disfrute. Y es que incluso las historias de días críticos e interpelantes pueden recrear y formar cuando se las asume más que por cumplir o protestar, en todo caso, comprometidamente.

Aludiendo al título retórico, y sin obviar la tristeza y el luto que implicó la guerra, habrá que subrayar que esas generaciones no murieron ni se perdieron. Volvieron y retornan permanentemente. Estuvieron en debates, proyectos y construcción de Bolivia de la post-conflagración. En morrales, bolsos (militares, de pan y mercado, tejidos) y k’epis portaron compromisos, acuerdos, motivaciones y dignidad para compartir y legar a quienes vendrán. Así es que están en plazas, parques, rotondas, avenidas, calles, carreteras, aeropuertos y escuelas. En los estrechos vínculos de comunidades, provincias, capitales de departamento y en el exterior. Están entre componentes de familias, que una y otra vez han retomado sueños, inquietudes y búsquedas. Quienes afrontan la cotidianidad a partir de memorias, expresando integridad, sensibilidad y anticipación viven, cada mediodía, tarde o noche, cuando salen y lucen con coraje los colores atigrados.
Historiador (exdirector de la carrera de Historia de la UMSA)



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