Cochabamba, lunes 15 de julio de 2019

Nuestra Señora de París en llamas

| Luis Darío Salamone Psicoanalista en Buenos Aires* Buenos Aires-Argentina | 21 abr 2019

“El hombre que escribió aquella palabra en la pared desapareció, hace muchos siglos, en medio de las generaciones, y la palabra ha desaparecido también de la pared de la iglesia,

y la misma iglesia desaparecerá también acaso de la superficie de la tierra...”.

Estas palabras que sirven de prefacio a la maravillosa obra de Victor Hugo: “Nuestra Se-ñora de París”, hoy, cuando

vemos impávidos arder la ca-tedral, parecen una profecía.

Por menos religioso que uno sea, resulta difícil permanecer indiferente cuando uno se para frente a Notre Dame de París.

La novela de Víctor Hugo aportó a esa belleza arquitectónica una magia por encima de la que ya tenía.

No solo se había derrumbado su matrimonio con Adèle, sino que por 1930 Víctor Hugo veía cómo se demolían edificios medievales en París; sus habitantes tenían un juicio negativo con respecto al arte gótico.

Primero escribió panfletos en defensa de la arquitectura gótica. Luego, cuando le encargaron que escribiera una novela decidió utilizar esa oportunidad para defender el patrimonio artístico que amaba.

Para eso escribió una aventura con personajes emblemáticos como la hermosa gitana Esmeralda, el jorobado y sordo Quasimodo, el poeta Pierre, Frollo el secuestrador, el capitán Febo, o Paquette con su paternidad ignorada. Inventó una obra romántica con amores imposibles, donde la catedral era el corazón de la historia.

Es posible imaginar que, en lo alto, como esas hermosas gárgolas, como esas inmensas campanas que él hacía retumbar, Quasimodo se resista a abandonar la catedral, porque no era solo su compañera, era su universo, era su naturaleza misma, como escribe Víctor Hugo. Quizás el jorobado fantasee a Esmeralda, abriéndose camino en el fuego para llegar una vez más a calmar su sed,

y morir nuevamente en ese abrazo improbable que sorprendió a quienes encontraron sus huesos, hasta que el fuego los convierta en polvo.

Ver la imponente catedral en llamas conmueve, está allí desde hace siglos, se nos antojaba eterna, y resultaba muy difícil imaginar, como lo hizo Victor Hugo, su posible destrucción.



* Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) y la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL)



NOTA: Para cualquier consulta o comentario, contactarse con Thamer Prieto, responsable de la revisión del texto al correo thamer.prieto@gmail.com

o con la psicóloga Claudia Méndez Del Carpio, encargada de la columna al teléfono/whatsapp 62620609.

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