Cochabamba, lunes 22 de julio de 2019

[La Lengua Popular] La caída del Inca

Esta crónica fue escrita como un proyecto de la materia “Taller de Escritura” de la carrera de Filosofía y Letras de la Universidad Católica Boliviana.
| Rodrigo Rodríguez | 21 abr 2019


Tengo las orejas teñidas de rojo. Me pican. Los aretes pesan. Las gotas de agua alivian el picor. A lado del espejo, la gaseosa a la mitad. Los murmullos por los pasillos, preguntando si sobran ganchos o pidiendo ayuda para acomodar corbatas. De nuevo me pica.

Quiero escuchar el rechinar de la madera. Amo el olor a teatro. Amo ese sonido que te avisa que no estés tranquilo, que algo se avecina. Odio los gritos por la caída de sombreros, trenzas mal hechas o fustes que no deberían sobresalir pero lo hacen. Solo disfruto esos momentos cuando se convierten en mitos, cuando viajan, cuando se vuelven tema de conversación, de esos que tanto necesitamos para significar la vida.

Sin esos gritos, no habría sentido. ¡Qué lindo el zapateo! Alguien se olvidó su palo, pero hay una rama vieja a lado de la ventana. Igual sirve. Hay papas fritas. Son muchas selfies. Yo respeto el teatro. Las fotos antes de dar nada son fotos vacías. Hay que darlo todo, después viene la foto.

La gaseosa casi se acaba. Los pequeños la toman como si fuera agua. A mí se me hincharía la panza. Dicen que el primer día, todos se ponen nerviosos y se equivocan. Dicen que el segundo día, todos se confían y se vuelven a equivocar. Como del tercer día no se dice nada, asumo que es el mejor. Suele haber discursos emotivos. Te desprendes del lugar que rompió tu monotonía.

Me rasco las orejas. Mojo mi rostro ruborizado. Ya no pica tanto. A veces pienso que es mejor estar en otro lugar leyendo, escribiendo, teorizando, abstrayendo como siempre suelo hacer, como si fuera lo único que puedo hacer. Pero quiero ser cuerpo. No solo quiero pensar, quiero manifestar, actuar en esa realidad y no observarla. Bailar ahí es una especie de catarsis incompleta, porque puede pasar el tiempo, puedes hacerlo bien o mal y agarrar los percheros e irte, pero la ansiedad por volver a ese espacio público se hace cuerpo. Te persigue por detrás porque la memoria es insistente y por delante, porque te empuja hacia el eterno desconocido. Ningún momento es igual. Siempre cambian los rostros. Lo único que permanece eres tú. Igual siempre se aprende. Me pica.

Hoy es el tercer día. Hoy es mi muerte. Tengo mi cetro, mis molestosos aretes, mis muñecas y mis abarcas cubiertas de dorado. Estoy con una toga hasta las rodillas. Me siento señora. Presto mi cinta, busco mi cinta, me roban mi cinta. ¡El mundo necesita más cintas!

No quería el papel. Yo quería saltar, demostrar mi poca agilidad, mi limitada flexibilidad o mi trote de un extremo a otro, haciéndoles saber que algo se hacer, y sin caerme. Estaba angustiado. Por lo menos debían ponerme en la frente “El baila, es bailarín” y no una estatua con un guion de dos movimientos y tres muecas. Pero no, el maestro insistió, yo era el centro de todo, mi papel era el más importante…Eso ya lo escuché antes.

Tengo siete segundos: Correr hacia la mesa antes de las luces. /Echarme y fingir mi muerte. /Esperar a las mujeres doradas, coordinadas, y sus velas. /Lamentaran mí deceso. /Solo son siete segundos. /Siempre antes de las luces.

Dicen que el segundo día es horrible, porque la confianza exagerada es peor que el nerviosismo latente. Pero el segundo día salió perfecto. Fue la mejor muerte. Me metieron junto a la mesa. No tuve que saltar. Para el que no sabe actuar, no hay mejor papel que ese donde tu cuerpo esta inerte. Solo aguantas la respiración. El primer día llegué a la mesa, pero me acomodé mal. Mis pies colgaban. Solo imagino la cara del maestro, jalándose sus cabellos desde la cabina. El anterior personaje saltó con mucho entusiasmo; cayó al otro lado de la mesa, dañando cuerpo y dignidad. A otro le pusieron la tela encima del cuerpo, dañando solo dignidad.

Listo. Ya está. /La mesa está lista. / ¿Cuánto falta? / ¡Ya empezó! / ¿Ya falta poco?/¿Ya falta poco? / ¿O mucho? /No hay tiempo. /Me pica. /Qué lindo mi cetro… / ¡Basta Gustavo! /Dame un gancho. /¡¡Apura!! /Después te lo doy. /Sal de ahí. /Cuidado la mesa. /No se tarden. /Ya está. / ¿Cuánto falta? / Por lo menos tendré mi foto. /Pucha que está lejos el baño. /Ayúdame con la capa. / ¿Listo? / ¡Esa! /Apura. /La tela… / Mi toga. /Señora con falda. / Buen salto. /Caída perfecta. /Cuerpo al centro. /Cetro al costado / Piernas den…. / ¡¡Ouch!! /Patas partidas. /Tela arrugada. /Añeja mesa, piso hueco, igual a estruendo. /Compañeros corriendo, siempre hacían eso. /No duele. /No hay tiempo. /Debo morir. /Quiero morir y con razón… /Aguantar respiración.

Se encienden las luces. Siento el resplandor. El manto de los ojos cubre mi cuerpo. Entran mujeres doradas, que lamentan la muerte más chistosa, porque sus labios tiemblan ante el embate de la carcajada atrapada entre sus dientes.

Se agachan con sus velas alrededor de mi cuerpo. Siento el rubor en mis mejillas, pero no hay tiempo. Ya no me pica. Agarro mi cetro para sentir que por lo menos algo me sostiene, aunque sea en el suelo. Es la segunda vez que el Inca cae.



Estudiante de Comunicación Social - rodrigorodriguezcomunicacion@gmail.com



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