Cochabamba, lunes 20 de mayo de 2019

El fantasma del tiempo (I)

Primera parte de un ensayo del escritor Guillermo Ruiz Plaza, Premio Nacional de Novela 2018.
| Guillermo Ruiz Plaza | 21 abr 2019


Cuando regreso a Bolivia siento que nunca me fui. No es que sienta como si no me hubiera ido: siento –y de alguna manera sé– que nunca me fui. De golpe todos los años vividos en el Mediodía francés aparecen como una niebla y, en cuestión de segundos, se esfuma la mitad de mi vida. Esto sucede ni bien piso las calles de mi niñez y me deslumbra la visión de los cerros color sangre que cercan La Paz.

Al despertar, nos invade la realidad y la multitud del pasado se materializa en nosotros, asegurando la continuidad del yo y poniéndonos a salvo de la parálisis o la locura. Sin embargo, en los primeros instantes, no podemos evitar cierta extrañeza, como si lo que nos rodea fuese, bajo su apariencia irrefutable, un engaño de los sentidos, un simulacro. Esto es, salvando las distancias, lo que experimento cada vez que vuelvo a mi país, en el instante en que se disipa la enorme extensión del pasado y la evidencia de que nunca me he ido resulta abrumadora.

Escribo estas notas para indagar en esa extraña sensación recurrente, que afianza en mí la sospecha de que el tiempo, entendido en su concepción común –como una extensión, una línea o una flecha dividida entre pasado, presente y futuro–, no existe. La sospecha de que solo el presente es real y de que hay algo fijo en él, un eje inmovible que –por mucho que viajemos por la vertiginosa geografía del mundo o por las inestables regiones del espacio interno– nos devuelve siempre a nuestro origen, a nuestro centro, a nosotros mismos.

El recién nacido incesante

Al examinar la concepción común del tiempo, caemos en la cuenta de que está conformado por dos apéndices fantasmales: el pasado, lo que ya no existe, y el porvenir, lo que no existe todavía. En el medio, lo que ocurre aquí y ahora: el presente, lo único real.

¿Cómo definir el presente? Un instante que se hace y se deshace y se rehace sin tregua. No una longeva continuidad, sino la incesante renovación de un mismo punto. No una escalera, sino un solitario peldaño suspendido en el vacío, un parpadeo metálico en la niebla (la memoria construye los peldaños que ya hemos dejado atrás y la imaginación, los que nos queda por subir). Aun la imagen del peldaño es abusiva, pues admite la idea de extensión. Para acercarme a la verdad, debería evocar un átomo. Y ni siquiera eso, ya que el átomo es divisible y, como nos recuerda San Agustín, lo propio del presente es ser indivisible. Así lo explica en el libro XI de las Confesiones: “solo se puede concebir un período de tiempo no susceptible de división en partes diminutas: este es el presente. Pero vuela con tal rapidez del futuro al pasado, que apenas si tiene duración. Si tuviera alguna duración, se dividiría en pasado y futuro. Pero el presente no tiene extensión alguna” (XI, c. 15, 20).

Así pues, el presente carece de extensión y, por tanto, carece de tiempo. El tiempo no tiene tiempo de ser el tiempo. No es, como en la tradicional alegoría, un viejo de barba nevada con una guadaña en la mano, sino un recién nacido incesante.

Esto no significa que el pasado no tenga realidad en el presente, sino que el pasado, para existir, necesita ser actualizado a través de la memoria; así como el futuro, que orienta nuestras acciones, existe solo en la medida en que lo proyecta nuestra imaginación. Por lo tanto, toda experiencia temporal sucede en el presente; como nos recuerda Schopenhauer: “Nadie ha vivido en el pasado, nadie en el futuro: el presente es la forma de toda vida”.

No existe el tiempo lineal; existe la imaginación, que nos permite proyectarnos hacia el porvenir, y existe la memoria, que nos permite retener lo que ya no es. La concepción intuitiva del tiempo da un paso en falso al tomar esa escalera como una entidad real y no como lo que es: una necesidad de nuestra conciencia.

En efecto, la memoria y la expectación no solo erigen, sino que exigen la noción de línea temporal. Así, resulta inevitable la intuición del tiempo como extensión cuando, en realidad, solo es real el punto fugaz e inasible del presente. San Agustín da el ejemplo de la lectura, que resultaría imposible sin las facultades de nuestra conciencia: la memoria (que retiene lo que acabamos de leer), la atención (que descifra los signos) y la expectación (que permite prever, por hábito de lectura, lo que sigue).

Somos leídos por el tiempo a la vez que lo leemos; somos los tiempos verbales y sus espejismos. Somos el presente y los apéndices fantasmales que lo extienden de forma artificial y engañosa, indispensable para la continuidad del yo, para la acción y la cordura. Somos nuestra memoria y nuestra imaginación, nuestros miedos y expectativas y añoranzas. Y sin embargo, no somos ni estamos más que en el presente, este misterioso parpadeo entre dos abismos.

Para un amnésico, la escalera ha desaparecido; solo queda el peldaño. Para el amnésico, el tiempo carece de tiempo. El amnésico vive casi en la duración virgen del niño pequeño: al ignorar su pasado, es incapaz de proyectarse en el futuro. Al librarse del artificio del tiempo, ha perdido su identidad. Porque el tiempo y el yo son una sola y misma ficción.

El tiempo del cuerpo

Sigamos un poco más a nuestro amnésico e imaginemos que, de pie frente al espejo, descubre en su rostro las huellas del tiempo. Ciertamente, no sabe quién es, pero no le resulta difícil calcular su edad aproximada: unos sesenta años. Ha olvidado una extensión inmensa: seis décadas borradas de un solo trazo. Pero el tiempo del cuerpo es insoslayable. Es visible en el rostro humano mucho más que en ningún otro animal: “La vejez de la carne es la peor máscara / que los dioses nos tejen” (Montejo). Así, el cuerpo es el lienzo en que está inscrito el pasado. Es la escritura de los sucesivos vivos que he sido, pero también de los muertos que han sido antes que yo y a través de los cuales he llegado al mundo.

El tiempo es memoria y atención y expectación, pero también es esta materia que poco a poco se degrada y se acaba, esta íntima cuenta regresiva que tiembla al prever su envejecimiento y su decrepitud. El tiempo es el íntimo tiempo del cuerpo.

Un hombre entra en el bar de sus años universitarios y siente extrañeza. Comenta con el camarero –no puede evitarlo– que de un tiempo a esta parte los parroquianos han cambiado. “Son cada vez más jóvenes”, observa. El camarero sonríe, entre irónico y compasivo, y responde: “Es el mismo público de siempre.” No se atreve a decir más; no es necesario: con un pinchazo de asombro, el otro comprende. Cuando tenemos más de treinta, nos sentimos esencialmente los mismos que a los veinte, pero un observador exterior nos desmentirá con una diversión secreta. Parece haber un desfase inevitable, ¿de cuántos años?, entre cómo nos sentimos y cómo nos ven los demás. Camus (El mito de Sísifo) dice que “en esta carrera que nos precipita todos los días cada vez un poco más hacia la muerte, el cuerpo mantiene una ventaja irreparable”. En la caída temporal, la conciencia tiende a anclarse en el pasado, a demorarse en lo ido con un placer inocente o culpable, como si quisiera posponer la realidad lo más posible; en cambio, el cuerpo nos recuerda con cruel asiduidad que nos estamos acabando.

Las etapas visibles del cuerpo proyectan la sombra del tiempo lineal: “Porque los tiempos se forman con los cambios de las cosas”, observa San Agustín, “con las variaciones y sucesiones de las formas sobre la materia.” El tiempo no transcurre; nosotros transcurrimos. No somos el instante sino un río que fluye sin prisa ni pausa. El tiempo presente, en cambio, es el eje inmóvil que parte las aguas.

Como ha quedado demostrado por la teoría de la relatividad, el tiempo y el espacio conforman un solo tejido que depende del mundo material y que –junto a otros campos, como el magnético– forma parte del mismo. Esto significa que, como entendieron Aristóteles y más tarde San Agustín –sin haber leído al primero–, el tiempo es la medida del movimiento.

El tiempo, para ser tiempo, necesita materia y a la vez conciencia de la materia. Nosotros, para ser nosotros, necesitamos cuerpo y a la vez conciencia del cuerpo. Todo tiempo es tiempo erigido por alguien; todo tiempo es una construcción personal. En este sentido, el cuerpo es una fuente de lucidez insaciable. Aquí vuelven las inolvidables líneas borgeanas: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego”.



Escritor - gruizplaza@gmail.com



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