Cochabamba, jueves 18 de abril de 2019

Gestionar cultura en Bolivia

El autor señala la vicisitudes de la disciplina, trata de definir el término ambiguo, emergente y de compleja aplicación, situando la práctica en un contexto latinoamericano y nacional.
| Danny Gonzales | 14 abr 2019


Un nuevo campo disciplinar

Los investigadores establecen sus cimientos cuasi inmediatos tras de lo que se denominó “nacionalismo de las culturas”, producto del establecimiento de las repúblicas y la consolidación de los estados-nación. A partir de entonces, ha sido el Estado quién se encargó de promover una cultura unificadora, y en consecuencia “ilustrada”.

En este contexto de vida republicana, en muchos países de Latinoamérica, el ejercicio empírico se replicó hacia otros sectores no gubernamentales, con el fin de promover las expresiones culturales nacionales. En otros casos, fue instaurado a través de los sistemas educativos, al promover ciertos valores instituidos por el Estado, y fomentar el espíritu patrio y el civismo.

La práctica de la gestión cultural, hasta entonces, carecía de una metodología y de objeto de estudio. Era asimilada desde los propios protagonistas del ejercicio cultural, cuyo ejercicio era – y aún está- relacionado más con la promoción del arte, que con la gestión cultural como disciplina social.

Discrepancias actuales

En los últimos años, disciplinas cuyos objetos de investigación y de intervención social eran propias de la sociología, el derecho, la antropología o las ciencias políticas (y recientemente la administración) han sido retomadas desde otra perspectiva, por la gestión cultural. Algunas áreas de intervención, en el contexto latinoamericano -en los últimos 10años- son la comunicación, el patrimonio, las políticas públicas, la diversidad cultural, el arte y la educación. La que predomina en nuestro contexto está emparentada con el arte.

Ahora bien, es importante reconocer que, tanto en el campo cultural y científico, existen discrepancias con respecto a la práctica de la gestión cultural.

Algunos especialistas ponen en tela de juicio a esta disciplina, porque, según describen, en su proceso de formalización ha tomado elementos empíricos, teóricos y metodológicos de otras áreas de las ciencias y prácticas sociales para hacerlos su objeto de estudio. Sin embargo, otros expertos argumentan que este campo, disciplinar en construcción, asume una perspectiva diferente en el que se priorizan los puntos ciegos y efectos de su intervención que las otras áreas no logran enfocar.

En otras palabras, según explica el Observatorio Latinoamericano de Gestión Cultural, “mientras que las otras disciplinas se quedan sólo en la identificación, análisis, interpretación, descripción, la gestión cultural hace lo mismo, pero con el fin de intervenir en ello; por lo tanto, su mirada debe estar atenta a los escenarios posibles, y a identificar y diagnosticar los elementos que pueden ser susceptibles de modificación para cambiar las condiciones que hacen posible la existencia de una problemática o necesidad cultural”.

El contexto define los límites

En varios países, la gestión de la cultural está dirigida hacia las tareas del campo artístico-cultural con distintos perfiles, cuya acción recae preponderantemente en la producción, la cooperación, la administración, la integración sociocultural, la promoción artística o la animación sociocultural. Pero vale aclarar que estas acciones son algunas de las herramientas para los propósitos de esta disciplina. Lo que nos lleva a distinguir acciones de procesos, es decir, la distinción entre la actividad meramente empírica y la que cuenta con un marco referencial que se va consensuando, según las necesidades o problemáticas sociales que requieren ser intervenidas.

Por otro lado, los límites del campo cultural tienden a definirse según el contexto. De esta manera en países de habla inglesa se habla de “arts management” y no de “cultural management”, emparentando la gestión cultural como la gestión de las artes.

En cambio, en el caso latinoamericano el espectro de acción es mucho más amplio. Así por ejemplo en Bolivia, la Universidad Católica Boliviana desarrolló -con un enfoque eminentemente antropológico- la gestión de la diversidad cultural, bajo el contexto del Estado Plurinacional. Su perspectiva se centra en la interculturalidad, la decolonialidad, la despatriarcalización, y el desarrollo desde las culturas. En otras palabras, un enfoque que ingresa al campo de las representaciones simbólicas y la identidad, superando la visión elitista-clásico de las artes.

Así podemos constatar –como disciplina- que también su intervención se amplifica hacia el reconocimiento de las prácticas culturales, la divulgación y promoción de significados y valores, la gestión de la memoria colectiva y la conservación de bienes tangibles e intangibles, como en el caso de la gestión cultural del patrimonio.

Por tanto, si es ambiguo de establecer conceptualmente el término cultura, lo es aún más al definir los límites de la gestión cultural. Sin embargo tenemos ya un marco referencial que se proyecta desde la academia.

Objetivos de la gestión cultural

En concordancia con Vladimir González Roblero, docente de la Facultad de Artes de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, “la formación del campo disciplinar se ha construido a partir de conocimientos, habilidades y destrezas adquiridos de la experiencia empírica, así como de disciplinas sociales y humanísticas normalizadas”, tal y como se suscita, de modo exiguo, en el caso boliviano.

Otros expertos indican que los objetivos de la gestión cultural, estarán definidos –por sus respectivos contextos- según el marco normativo y legal que asuma el Estado, las empresas o instituciones.

En consecuencia, de modo referencial, esta disciplina está asociada a la administración de determinados recursos con objetivos concretos, en el que sus recursos se asocian con la planificación, análisis, dirección, gerencia, diseño de proyectos -socioculturales-, y/o la investigación. Esta última, imprescindible para su establecimiento como disciplina.

Una confusión latente

Lo señalado nos ayuda a recapacitar sobre este nuevo campo disciplinar. Y por tanto es erróneo de emparentar las acciones de la producción de eventos artísticos, la animación sociocultural, la promotoría, la comunicación o el periodismo cultural con las ejercidas por la gestión de la cultura. Si bien no son lo mismo, las primeras forman parte de su accionar.

Un artista, según lo descrito, no puede ser implícitamente un gestor cultural solo por formar parte de acciones culturales. Tampoco un productor u organizador de eventos -aunque propicien con tales acciones- el fomento de la cultura. El gestor de la cultura transita sobre los efectos a largo y mediano plazo, a partir de rasgos causales, en el estudio e intervención de un fragmento de la realidad social, lo que lo diferencia de otros roles dentro la práctica cultural.

Institucionalización del conocimiento

Según José Luis Mariscal Orozco, en su texto “Formación e investigación de la gestión cultural en México: Balance y perspectivas”, es impostergable argumentar sobre la necesidad de potenciar la investigación y la sistematización de las experiencias de gestores dentro esta disciplina, distinguiendo la investigación que se realiza en la gestión cultural y de la gestión cultural. La primera requiere de la aplicación de metodologías científicas de las ciencias sociales.

Algunas de ellas apuntan a diagnósticos culturales, el estudio del público, estudios de factibilidad, análisis de mercados, experiencias e interpretaciones en el campo del patrimonio y las prácticas culturales, la planificación o la gestión de proyectos de desarrollo, entre otros. En cambio, la investigación de la gestión cultural abarca el estudio de sí misma, esto significa, según Mariscal, el “análisis de las prácticas, conceptos, metodologías y discursos de los agentes que diseñan, operan y evalúan la acción cultural”.

De esta manera, la disciplina de la gestión cultural se encuentra en un momento de establecimiento epistemológico y conceptual que busca el diálogo entre la práctica empírica y el conocimiento académico, y que parten del quehacer de los gestores culturales en Latinoamérica, y en particular, en Bolivia.

A partir de la Conferencia de Estocolmo organizada por la Unesco en noviembre de 2000, se promueve la formación y establecimiento de los gestores culturales en América Latina y el Caribe. A partir del 2003, la institución, en coordinación con la Organización de los Estados Iberoamericanos (OEI), y la red Iberfomat de Centros y Unidades de Formación en Gestión Cultural, realizan cátedras para la formación de gestores culturales en países iberoamericanos, con el propósito de resolver problemas sociales y satisfacer necesidades referidas a la cultura.

Tal visión debe ser adoptada por el Estado y todas las instituciones involucradas, para que la gestión de la cultura se institucionalice, también en Bolivia.

Finalmente, en concordancia con Mariscal Orozco que cita Prácticas y consensos: la profesionalización de los gestores culturales en Guadalajara, coincidimos en que: “Los programas formativos, los gestores vuelven objetivo el mundo de la gestión cultural, y va perdiendo su carácter caprichoso, se torna serio, se reafirma para todos aquellos que han tenido formación en activo, y de esta forma, podrá ser transmitido a las nuevas generaciones, y éstas, a partir del ejercicio de la práctica de la gestión, reafirmarán esa objetivación. Así, podemos decir, que estos programas académicos, que forman nuevos gestores, son el mecanismo a partir del cual se va objetivando y legitimando el mundo de la gestión cultural”.

Gestor cultural- danievolutio.d@gmail.com



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