Cochabamba, sábado 17 de agosto de 2019

El Blues de Beale Street

Comentario sobre el filme dirigido por Barry Jenkins, ganador de un Oscar a Mejor Actriz Secundaria y nominado a otros dos.
| Mauricio Rodríguez Medrano | 07 abr 2019


Hay películas que son como un abrazo. Abrazar a tu madre que ya no está. Abrazar a tu padre que los abandonó. Abrazar al amor que se fue un día de lluvia. Abrazar la nostalgia y lo imposible. Y aguantar la respiración. Y aguantar las ganas de llorar. El Blues de Beale Street es eso y mucho más.

De seguro la mayoría recuerda el blooper de los Oscars 2017. Exacto: al final La La Land no ganó a mejor película y lo hizo Moonlight. La sonrisa del pastelito de Ryan Gosling. Los organizadores que se miraban entre sí, asombrados y vencidos. Barry Jenkins, el director de Moonlight, agarrando la estatuilla, con su staff atrás: felices (se hizo justicia).

Barry Jenkins es el director de El Blues de Beale Street y lo hace de nuevo. ¿Por qué no fue nominada a los Oscars de este año? ¿Por qué ganó una película con menos merecimiento que ésta? Es una incógnita al igual del porqué jamás ganó un Oscar Tarantino. Ni Fellini. Ni Bergman. Ni Lumet. Ni Kubrick.

El Blues de Beale Street está basada en la novela homónima de James Baldwin (que es necesario leer de rodillas). No caeré en spoilers. Lo que les puedo decir: una pareja afroamericana se ama desde niños y deciden formalizar esa relación (de fondo está el racismo. De fondo están los años setenta). Pero todo amor verdadero es imposible. Creo que eso lo escribió Shakespeare o lo vi en algún diálogo de Jerry McGuire.

Una escena de muestra: Tish está sentada en un sofá verde y viejo. Es su casa. Su hermana mayor coloca un disco de vinilo (para los millenials que leen este artículo el vinilo es un antecesor del DVD). Es un blues antiguo. La hermana mayor baila lento, cierra los ojos y mueve los hombros y las caderas. La madre le pregunta qué quiere decir Tish. Ella está tensa. Parece que va a llorar. Tish mira a su madre y le dice que está embarazada. La madre la mira y el momento parece eterno. Luego sonríe y saca una botella de vino. El blues aumenta en volumen. Es el hogar. Es el calor de Nueva York de mediados de los 70.

Barry Jenkins tiene un plano fetiche: primer plano al rostro de los personajes. Eso muestra cercanía. Y maneja muy bien los tiempos de cada escena. Y una historia de amor que sería muy melosa en manos de un director diferente (por ejemplo, el director de Green Book; por ejemplo, el director de Black Phanter), con Jenkins se convierte en blues que es tocado en alguna taberna del sur de los Estados Unidos.

El Blues de Beale Street tiene mucho de Moonlight. Es una película íntima y sin aspavientos. No en vano comparan a Barry Jenkins con Won Kar Wai (menos experimental). Los dos tiene algo en común: narran historia de parejas rotas, parejas que jamás serán pero que podrían haber sido.

Otro apartado importante es la fotografía. Para componer la paleta de colores de El blues de Beale Street, Barry Jenkins ha contado con un diseñador artístico de lujo: Mark Friedberg, colaborador habitual de Todd Haynes y Wes Anderson.

“Mark nos invitó a su casa en Nueva York a mí, al director de fotografía y al diseñador de vestuario de la película”, explica Jenkins, y mientras bebíamos vino y mirábamos fotos antiguas, nos dimos cuenta de que el uso de ciertos colores, como el rojo del paraguas de Tish y Fonny, podía ser la mejor manera de compensar la carga dramática de la película.

Para los que quieran llorar y abrazar. Abrazar el tiempo. Abrazar la vida. Abrazar lo que no será. Vean esta película.



Periodista y escritor - zion186@hotmail.com



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