Cochabamba, jueves 18 de abril de 2019

[La Lengua Popular] Bona Mens

| Christian Miranda Bascopé | 07 abr 2019


El autor reflexiona sobre las propuestas del filósofo francés René Descartes, considerándolo como fundador del mundo moderno

Allá por 1637 René Descartes nos entregaba su célebre y cataclísmico Discurso del Método. Dicho brote de originalidad marco el destino de occidente hasta nuestros días. Si es “el héroe del pensamiento” como dice Hegel o si en verdad es aún más que esa alegoría y constatamos que en realidad “toda la metafísica, incluido Nietzsche, se sustenta en la interpretación del ser y verdad introducida por Descartes” como afirma Heidegger, veremos con meridiana claridad el antes y el después de Cartesius.

Sabiéndolo o no, Descartes inauguraba el mundo moderno y su fe omnímoda en la razón. En esta inmersión, la subjetividad humana conquistaba la autoridad de medida sobre lo que es real y sobre lo que no lo es, sobre lo que es verdadero y sobre lo que no lo es. Lo anterior, además de ser una verdad de Perogrullo, suele cegarnos para un hecho que queda evidentemente opaco por el valor de la mencionada conquista.

Nuestro “abc” de conocimientos filosóficos suele vendernos la edad media como aquél periodo oscuro y perdido de occidente, en el que básicamente no había nada de pensamiento, y en el que por arte de magia las cosas se perdieron hasta el renacimiento. Esta lectura además de ser ingenua y “rechonchamente” moderna, peca de “miopía intelectual”, o más bien “berrinche intelectual”. Pecado que como se verá parece estar dentro del “adn” del ser humano.

Berrinche porque tanto como para un Tertuliano o como para un Hegel, el avance consistía en gran medida en la mera negación del pasado, o lo que es peor, su comprensión a partir de la propia concepción. Sin embargo, también existen mentes menos soberbias, y la historia nos da también un San Agustín o el mismo Descartes. Genios que fueron bisagras históricas, pero a la vez dotados de inmensa humildad creadora. Ortega nos dice que la realidad del hombre es su historia, pues bien, creo que de eso se trata justamente. De no negarla o menospreciarla sino de renovarla y recrearla. Siempre hay un después, pero solo porque hubo un antes. Negar algo tan fáctico es simplemente soberbio. No hay, me parece, filosofías de la historia. Existe si, la historia misma.

Lo anterior puede parecer una interpretación más, y efectivamente lo es. Sin embargo, lo que trato de decir es que de cierta forma no debemos moldear lo histórico a partir de nuestro prisma. Sino al revés, nuestro prisma tiene que estar determinado totalmente por nuestro pasado. Y es tan así, que sin reconocer dicho holograma temporal, se vive en una negación perpetua.

Se podrá objetar que dicho abordaje hacia y desde nuestra historia peca de una suerte de error metodológico. Ya que, ¿como sabemos cabalmente que y cómo fue realmente nuestro pasado? Pues bien, ante esa objeción solo cabe señalar que lo historiográfico es esencialmente maleable, pero lo histórico es eso que simplemente somos. Ese “estar” siendo lo que un día fuimos, es la historia. Es un “estar” prereflexivo y preteórico. Y solo a partir de ese “estar” surgen las bisagras que nos recrean y nos constituyen hacia un después.

Ahora bien, una vez planteada la premisa explicitada con anterioridad podemos tratar de plantear una pregunta fundamental respecto de las mencionadas “bisagras del pensamiento” dentro de la historia humana: ¿La humanidad se recrea necesariamente por la negación de su pasado o más bien, lo hace por la afirmación de su historia?

Para intentar respondernos a esto, y no incurrir en el propio “error metodológico” intentaremos dilucidar “lo común” de un giro histórico a partir de un ejemplo puntual: La Modernidad.

La modernidad, de cierta forma, encuentra su saturación conceptual con el idealismo alemán. La “pura razón contemplativa”, la “plenitud de sentido en la inmersión dentro del Absoluto” nos entregan una suerte de plenitud efímera que resuena en nuestros oídos como charlatanería. El idealismo alemán “condena a galeras” a nuestra materialidad, a la “fuerza oscura de la voluntad”, al “peso demoniaco de lo irracional”. Negando de esta manera las aristas existenciales más puras, en un apresuramiento de llegar a unas cumbres alejadas de la realidad, es decir, alejadas de la historia misma. Es como si Fichte o Hegel, hubieran estirado tanto la cuerda hilada por Descartes que el único camino posible de continuidad, era curiosamente, el retorno a lo negado. Como nos diría Antonio Pintor Ramos “la momentánea evasión en una religión del Arte es inconsistente y, pasada la primera oleada del Romanticismo, sus propios protagonistas se vuelven a la tradición y en muchos casos a la fe en la Iglesia Institucional”.

Si bajo esta misma lógica retornamos a la senda abierta por Descartes, vemos cuan lejos en verdad se llegó a partir de dicha senda. Descartes afirma: “Así, no es mi propósito enseñar aquí el método que cada uno debe seguir para conducir bien su razón, sino sólo hacer ver de qué manera he tratado de conducir la mía”. Descartes buscaba certidumbres, independencia y verdades indubitables y curiosamente, sin embargo, se llegó a un punto de saturación que nuevamente negó lo esencial de su pretérito más próximo. Esta vez, en la posmodernidad. Si antes se negaba la fe, pues ahora lo que se niega es la razón. Sencillo sería decir que es un simple encuadramiento dialéctico, pero ahí, caeríamos en el “error metodológico” antes mencionado.

Ahora bien, planteo una hipótesis en cierto grado antojadiza. Descartes en en la primera parte del Discurso del método afirma lo siguiente: “Tan pronto como la edad me permitió salir de la sujeción de mis preceptores abandoné enteramente el estudio de las letras. Y al resolverme a no buscar más otra ciencia que la que se podía encontrar en mí mismo o en el gran libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en viajar, en ver cortes y ejércitos, en frecuentar personas de índole y condición diferentes, en recoger diversas experiencias, en ponerme a prueba a mí mismo en las situaciones que la fortuna me deparaba y en hacer siempre tal reflexión sobre las cosas que se me presentaban que pudiese sacar algún provecho de ellas. Pues me parecía que podría hallar mucha más verdad en los razonamientos que hace cada uno en lo tocante a los asuntos que le importan”. Dos elecciones para el methodos (camino), “uno mismo” o el “Libro del mundo”.

Como bien sabemos, Descartes encontró el cogito en “sí mismo”, y de esta manera se cegó ante el “Libro del Mundo”. ¿Ese “libro del mundo” no es todo lo negado por el idealismo alemán? En ese “libro del mundo”, ¿no estarían nuestra materialidad, la fuerza oscura de la voluntad, la irracionalidad, en suma, lo vital? Me parece que si.

“Uno mismo” o el “Libro del Mundo”. ¿Por qué no, “uno mismo” y el “Libro del Mundo”? Tomar sólo una senda, ¿fue una necesidad o una arbitrariedad? Nunca lo sabremos.

Dicha miopía determino nuestra modernidad, y dicha negación solo resurgió al reconocer la propia miopía. Schopenhauer, el genérico existencialismo y la posmodernidad retomaron dicho olvido. Pero será que en nuestro caso, ¿para nuevamente, negar algo más? Solo la historia lo dirá. Jocosamente o trágicamente.

Antes esto, nos valdría una frase del viejo Kybalion: “Si bien es cierto que todo está en el TODO, no lo es menos que el TODO está en todas las cosas. El que comprende esto debidamente, ha adquirido gran conocimiento”. El que no comprende esto es necio. No seamos necios.

Músico y filósofo - christian_mirandab@yahoo.com



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