Cochabamba, sábado 17 de agosto de 2019

Tecas

| Bartolomé Leal | 31 mar 2019

Me invita el Dr. Cuajárez, octogenario, a libar unas chelas en su piso. Un habitáculo minúsculo en un barrio bohemio frente el zoológico de Santiago, instalado sobre un cerro profuso en árboles. Zona de olores potentes, rugidos de fieras enjauladas, chillidos de monos y pájaros diversos. Profusión de borrachos y enanos locos (así califica a los niños). Casi no veo libros. Solo latas de cerveza vacías de todo el mundo y muchas películas, ordenadas de modo azaroso. Antes que le pregunte nada, explica: un día me visitó un coleccionista brasileño de latas, médico de Brasilia a quien yo visitaría luego. Al mirar mi biblioteca de entonces, el colega dijo: empecé juntando libros y después, cuando me aficioné a las latas de cerveja, fora livros. Ahora tengo una latoteca que desborda mi piso, mi mujer me dejó, mis hijos se fueron, el espacio lo ocupan las latas. Reímos.

¿Qué hice con mis libros, preguntarás?, me catea Cuajárez. Pues los vendí casi todos a precio vil. Cuando quiero leer algo accedo a las bibliotecas públicas o al mercado persa. Los he reemplazado por películas en Betamax, VHS, DVD, Blu Ray. Tengo mis artefactos bien aceitados como se decía antes. Son miles las que me quedan por ver. Sí, perora, vivimos una nueva época. Un renacimiento del cine clásico gracias a esta red comunicacional que pronto desaparecerá. La basura también está disponible, en Netflix y la TV. No para mí, gracias. Soy de otra cultura, dictamina. El Dr. Cuajárez tiene delirios apocalípticos, está convencido que el planeta entero se va a ir a la mierda en breve, manejado como está por insanos.

El coleccionismo puede devenir en enfermedad mental, prosiguió el psicoanalista. Un trastorno obsesivo compulsivo, TOC como se le abrevia. Hay grados. En algunos se transforma en adicción a las compras o en un afán ordenador que bloquea la capacidad para manejar lo cotidiano. Para nosotros los psicoanalistas el coleccionismo es una forma de castración, un sustituto de la actividad sexual. En muchos una vuelta a la analidad infantil. Algunos colegas dicen que coleccionar es un acto fálico, de posesión a menudo agresiva. Me parece una exageración, afirma, entre nosotros los loqueros también abundan los desquiciados. En todo orden los hay, continúa embalado, mientras yo le ayudo a abrir otra ronda de chelas, esta vez unas bocks alemanas. Te cuento que un destacado colega, mi profesor, se instaló en Roma y psicoanalizaba obispos y cardenales, de repente algún papa. Cuando le dio Alzheimer y se vestía con un ajado hábito franciscano, contaba infidencias escabrosas sobre las taras de los purpurados. Reímos chocando las jarras de cerveza negra.

Solo ahora, a mi edad provecta, continúa, he podido ver películas que nunca pude ver antes, como la primera versión fílmica de la novela 1984 de Orwell, hecha en Inglaterra en 1956, las comedias de Fernandel, los melodramas con Brigitte Bardot y María Félix, me encantan esas viejas, toda la ciencia-ficción antigua que puedo conseguir, incluidos bodrios colosales como los que perpetró Ed Wood, los dibujos animados de Betty Bop , etc…

¿Por eso esta rica filmoteca suya, doc? Sí, contesta, me apoltrono a esperar la muerte, ojalá sea en medio de una película que me traslade al país de los sueños. La literatura no tiene esa capacidad. Otra de los coleccionistas: son exhibicionistas, les gusta mostrar sus colecciones. Te contaba de mi amigo brasileño, cuando estuve con él en Brasilia, y tras una corrida de cervezas nacionales de marcas pequeñas que no conocía, sacó una caja de cartón un tanto empolvada, decorada con dibujos y firmas. Fue mi primera colección, expresó él, emocionado, la empecé a los seis años. ¿Sabes de qué era?, me dijo Cuajárez: chapitas y calcomanías con escudos de equipos de fútbol brasileños. Entiendo, le dije, también añoro mis viejas colecciones. Coleccionar congela el pasado, fraseó para el bronce el galeno.

Escritor chileno - bartolome_leal@yahoo.com



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