Cochabamba, sábado 17 de agosto de 2019

Tratado sobre la vida infeliz

Sobre la presentación de la obra Alipio de Tagaste. Historia y ficción, del padre Hans van den Berg, que se llevará a cabo el 2 de abril a las 19.00, en el colegio San Agustín.
| Ramiro Araoz | 31 mar 2019



Señor lector, se ha preguntado alguna vez, en la noche, luego de la jornada: ¿soy feliz? Probablemente la pregunta le resulte muy brusca y, en definitiva, no es sencilla de responder. ¿Cómo que no es sencilla? Por supuesto, tiene todo el derecho de responderme intentando proponer razonamientos de la siguiente manera: “soy feliz porque el fin de semana vi jugar a mi equipo de fútbol (sea cual sea su equipo o bien el deporte que le guste) y ganó”. O bien podría decirme que el viernes pasado estuvo en una reunión con los amigos y, tras compartir risas un par de horas, realmente se sentía feliz. También, puede ejemplificarme algo más sencillo como lo siguiente: “tengo salud, mi familia está bien y yo me siento satisfecho en mi vida, por lo tanto soy feliz”. Como dije previamente, estas respuestas son completamente presentables. Pero, ¿ejemplifican totalmente el sentido de la felicidad? Aparentemente podría parecer que no, ya que todos los ejemplos previos se deben al azar estrictamente. Es complicado saber si algún equipo ganará o si se tendrá comida excelente o una compañía agradable. Sin embargo, y pese a la dificultad que mencioné previamente, esto sí se puede expresar de un modo completamente racional. Para tal respuesta es necesario recurrir a alguno de los autores que trataron de dar solución a este tema. Por eso mismo, es necesario que presente brevemente la obra Sobre la vida feliz de San Agustín. Aunque, para poder continuar es necesario que brinde una explicación sobre la finalidad misma de recuperar a Agustín, y más propiamente, su perspectiva de felicidad. Precisamente, el único fin no es imponer la vía hacia la vida feliz que propone este filósofo, sino mostrar cómo esta perspectiva es insostenible y dejar la felicidad al azar es incorrecto.

Inicialmente, es necesario poner el contexto en el cual trascurre la obra. Al parecer San Agustín escribía a un amigo, con cierto grado de preocupación, pidiéndole que juzgue su progreso intelectual en el ámbito de la filosofía. En la narración como tal, el filósofo toma a sus seres queridos más cercanos para confrontarlos después de un banquete, y busca una serie de razonamientos en base a preguntas que les hacía. De tal interpelación, sencillamente destaco tres cuestiones esenciales sobre la felicidad: la primera es que, para ser feliz, uno debe alcanzar todo lo que desea. La segunda es que se debe alcanzar a Dios. Finalmente, la más importante es que Dios le es favorable a quien es virtuoso en base a su enseñanza o dogma.

Con la consideración del primer punto, Agustín propone que aquella persona que no alcance sus metas o todo lo que se proponga en realidad no puede sentirse satisfecha totalmente, de manera que es imposible considerar a una persona insatisfecha como feliz. Esto para San Agustín no queda ahí porque se plantea la siguiente pregunta: ¿Se puede ser feliz teniendo algo efímero? Y la respuesta, obviamente, es que de este modo la felicidad sería momentánea y, probablemente, se encontraría una segunda dificultad, la cual sería que al alcanzar el objeto deseado resultaría difícil reemplazarlo por otro objeto deseable. Entonces, aquello que se desea alcanzar debe ser eterno. Para culminar con este primer punto no hay mejor manera de explicar la conexión entre eterno y objeto eterno que de la siguiente manera: “¿Dios os parece eterno y siempre permanente? Tan cierto es eso -observó Licencio- que no merece ni preguntarse. Los otros, con piadosa devoción, estuvieron de acuerdo. Luego es feliz el que posee a Dios”. Al menos, así lo expresa San Agustín. Aclarado este punto, es momento de pasar al segundo.

Precisamente el segundo elemento que se demuestra en parte con la conclusión del primero. Dios es el único ser eterno, de modo que todos debemos alcanzarlo. Sin embargo, salta aquí una observación lapidaria para este argumento: no se puede poseer a Dios. Considerando esto, entonces, nadie podría ser feliz. Pero, esto no es posible, debe haber alguna manera para poseer a Dios. Quizá, si en algún caso se pudiese hacerlo, entonces quien lo posea no lo compartiría y sería solamente suyo. Tales objeciones son presentadas atentamente, buscando inevitablemente a Dios y, por tanto: “Tiene, pues, a Dios propicio el que le busca, y todo el que tiene propicio a Dios es bienaventurado. Luego el buscador de Dios es también feliz”. Esto último en palabras de San Agustín, desbaratando las objeciones previas y cerrando el segundo punto.

De manera que aquí quedaría suelto únicamente el punto tres, el cual se responde inmediatamente realizadas las observaciones de San Agustín indicando que: aquel que actúe como Dios quiere, se verá beneficiado por él. Esto, retomando los ejemplos mencionados en inicio, justificaría que alguien sea feliz compartiendo risas con los compañeros circunstanciales, o que su equipo haya ganado. También es justificativo suficiente para decir que tener bienestar es símbolo de felicidad, ya que finalmente todo esto sería obra de Dios que premia al que lo busca mediante el dogma y la virtud. Pero con esto quedan varias dudas: ¿aquel que no tiene bienestar es menos virtuoso que el que sí tiene? ¿Cómo es posible saber en qué momento me juzga Dios como un ser virtuoso y en qué momento no? De manera que lo siguiente es un intento de objeción a la felicidad planteada por Agustín.

Inicialmente, hay que considerar que la felicidad siendo “el fin al que tiende todo hombre”. Al menos según lo plantea Aristóteles, no puede dejarse al azar porque no se podría definir la felicidad mediante algo completamente humano, ya que todos están sometidos al azar. Además, si el hombre deja todo al azar, entonces no tiene sentido hablar de libertad y mucho menos de felicidad, también quedaría de lado todo tipo de teorización porque simplemente se dejaría todo al azar, impidiendo la condición de conocer realmente en qué momento se da la felicidad. De manera que es evidente no dejar al azar algo tan fundamental como la felicidad.

Como segunda premisa para este argumento vale justificar que Dios es misterioso y azaroso. Inicialmente, porque al ser humanos nos resulta imposible conocer totalmente la naturaleza de Dios, y esto nos deja con la duda de su actuar. Además, más allá de conceptualizar sobre la infinita bondad de este ser infinito, no tenemos certeza de esto, y cabe la posibilidad de que obrar según nuestra virtud puede no ser premiado por Dios. Entonces, es evidente que este ser resulta misterioso y, de ser así, podría llegar a ser, también, azaroso.

Finalmente queda en evidencia que la felicidad no se le puede dejar a Dios. Inicialmente porque la felicidad no se la puede dejar al azar. En segundo lugar porque Dios es un ser misterioso. De manera que es evidente, el planteamiento de San Agustín está fundado en el actuar de Dios y por ende representaría un verdadero salto de fe.

Para enfrentar a la pregunta por la felicidad se debe pensar sin consideraciones estrictamente azarosas ya que estas son misteriosas e impredecibles. Así que no queda más que preguntarnos de nuevo. ¿Soy feliz?

Estudiante de Filosofía y Letras - rami350.ra@gmail.com



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