Cochabamba, domingo 16 de junio de 2019

Avaroa. El sol de gloria, entre patriotismo exacerbado y película educativa

Crítica del filme que tuvo su estreno el pasado 21 de marzo, y se encuentra disponible en salas de los cines Norte, Prime y Center. 
| Caio Ruvenal | 24 mar 2019



Aún recuerdo cuando mi profesor de Historia, en los últimos años del colegio, decía que la historia es de quien la escribe. Que el historiador puede (o podía, cuando las únicas fuentes eran las bibliográficas) permitirse cierta ficción y dramatismo para crear héroes y dotar de un sentido de pertenencia a la creación de la nación. Qué tanto sabemos, qué tanto es cierto, qué tanto escribieron sobre Simón Bolívar, Esteban Arze, o, en el caso que compete, Eduardo Abaroa.

La historiografía nacional se ha encargado de ponerlo en el panteón de “guerreros que murieron por la patria”. Su nombre es el más relacionado con la guerra y pérdida del Pacífico, su himno es de los más sonados en los actos cívicos, es el protomártir de la era republicana por excelencia. José y Carlos Mesa lo definieron en su enciclopédica Historia de Bolivia como el “máximo héroe civil de Bolivia”.

Avaroa. Sol de Gloria podría entenderse como un intento de recordar y perpetuar este imaginario en el público tradicional y en las nuevas generaciones. El filme ocupó las carteleras de las salas locales (está presente en cuatro de los cinco cines de la ciudad) en el Día del Cine Boliviano, ya sea o no de manera intencional. La premier acogió una función repleta, que al terminar la proyección aplaudió de pie lo que había terminado de ver.

Está dirigida y escrita por Camilo Maldonado y producida por Omar Terrazas. El elenco está conformado en su mayoría por actores jóvenes, a la cabeza de Gabriel Palenque, quien encarna a Avaroa. Roberto Gallardo es Ladislao Cabrera y Franscio Bayá hace del coronel chileno Villagrán. La dirección de fotografía corrió a cargo de Horst Brun, quien actuó en Boquerón.

La trama cuenta la tensión que se vive en Calama en 1879, cuando las tropas chilenas ya habían tomado las otras regiones del Litoral. Un grupo de civiles, liderado por Eduardo Avaroa y Ladislao Cabrera, decide resistir ante las fuerzas invasoras, a pesar de la enorme diferencia numérica entre las tropas.

Los historiadores cuentan que Avaroa nació en San Pedro de Atacama en 1838, ciudad en la que fue miembro del Concejo Municipal. Por razones de trabajo, se habría trasladado a Calama, donde trabajaba con la mina de plata Inca y tenía alguna propiedad en la que vivía con sus cinco hijos y su esposa, Irene. Murió con el temor de saber que sus familia iba a sufrir sola las barbaries de la guerra. Así lo demuestra una mítica carta (que los expertos la atribuyen a él) dirigida a su esposa, de la que se lee: “Tu abuela posiblemente no sobreviva al temor y el miedo de saber que estamos siendo invadidos por huestes chilenas enfermas de ambición y odio que solo quieren lo que es nuestro. Dile que no se rinda, que luche, pues debe aguantar y luchar hasta el final”.

Este pánico que aparentemente sentía Avaroa es totalmente obviado en el filme. En cambio, nos presentan a un personaje plano y acartonado, sin dimensiones y complejidades, con una sola preocupación: el patriotismo exacerbado. Evidentemente aquello permitió que se escribiera su nombre en los anales de la historia, pero me resulta poco creíble pensar que las conversaciones con su esposa, hijos, compañeros y mandos militares se resumiera a “amar a Bolivia sobre todas las cosas y jamás rendirse”.

Es triste ver el esfuerzo de Palenque para dotar de solemnidad y seriedad a su personaje, ante unas líneas de diálogo repetitivas y que solo muestran una faceta del héroe histórico. La película no aporta nada sobre su personalidad, cuestionamientos, reflexiones y actitudes frente a la desesperación, más allá de lo que dice su himno o lo popularmente conocido.

En todo momento se tiene la impresión de estar ante una película didáctica y educativa, de las que se muestran en una clase de Cívica. Prueba de ello son los diálogos, que se pueden enmarcar en dos grupos: aquellos que mencionan datos históricos y los que buscan demostrar qué tan valientes somos los bolivianos. Citando algunos ejemplos de lo primero, Avaroa dice: “8 de cada 10 personas que viven en Calama, son chilenos” o en otra escena, “Se está desatando una guerra porque el presidente Hilarión Daza impuso un impuesto a la exportación del salitre”. Del segundo grupo puedo mencionar la frase que Ladislao Cabrera repite tres veces a lo largo de la película: “No pregunten cuántos son los enemigos para que los bolivianos acepten el combate”, cuando Avaroa se despide de su hermano y le dice: “Amo a este país y todo lo que representa”, o “Soy boliviano, esto es Bolivia y se respeta”. Mención aparte merece la escena cuando se le pregunta al veterano comandante Menacho por qué ama a Bolivia y este se pone a recitar un poema de amor a la patria.

Otras escenas directamente inteligibles son el momento en el que se ponen a cantar el Himno Nacional o cuando un soldado chileno decide abandonar a su ejercito para unirse a los bolivianos porque “son sus amigos”. El comienzo del filme es otro regreso a insistir en los intentos malogrados para recuperar el mar, mostrando la decepción y tristeza del pueblo ante el fallo adverso emitido por la Corte Internacional de la Justicia que determinó que Chile no tiene ninguna obligación de negociar con Bolivia un acceso soberano al mar. Es decir, persistir en exponer una cultura de derrota y fracaso de un pueblo que aún no olvida uno de sus peores momentos y que parece perpetuarse de generación en generación.

No se puede quitar la sensación de ver una película fallida en casi todos sus aspectos. Escenas inconexas y poco hilvanadas, en las que se introducen a personajes que después son totalmente ignorados, momentos de risa para alivianar la trama que no logran su propósito y una fotografía sin dirección que no define una paleta de colores, ni se decide si prevalecer los planos cerrados o generales, uso de drones o cámara en mano. Por el presupuesto (son pocas las personas del sector privado que deciden invertir en el rubro), no se le puede exigir a una película de época boliviana que este a la altura en detalles como las de James Ivory, por ejemplo, pero la improvisación es evidente. No sé que tan pertinente es el vestuario para la época y los sets no presentan decoración que nos permita ver el gusto de finales del siglo XIX.

La banda sonora y los efectos sonoros rayan en lo risible. El dramatismo que no se consigue a través de la narrativa y puesta en escena, se impone con música sacada directamente de “La Rosa de Guadalupe”. La muerte de Avaroa ocurre de manera rápida y violenta, una lastima pensando en la proeza cinematográfica que podría dar un hombre herido en la garganta que mantuvo a raya a más de 100 soldados hasta que se quedó sin munición y fue enterrado por los chilenos con la bandera enemiga.

Tal vez no sepa cómo se viven las épocas de guerras, y la gente realmente se la pase hablando del amor a la patria y que la rendición no es una opción. No obstante, creo que la Guerra del Pacífico ofrece muchas más dimensiones y aspectos en los que indagar y evocar en la memoria de la historia. Se trata de un conflicto bélico, que dejó más de 23 mil muertos, marcado por las imprecisiones y mitos. Hace falta una cinta que profundice en el origen de la guerra, si realmente fueron los impuestos de Hilarión Daza o la ambición de la Compañía de Salitre con capitales ingleses y chilenos o la paulatina población de chilenos en las fronteras.

Se me acusará de poco patriota y desleal a la patria. Sin embargo, creo que una película que quiera proyectar la historia de las personas que construyeron la historia, debe mostrar al “héroe” en su contexto común, enseñar sus encrucijadas espirituales y terrenales que lo hace común a cualquier humano, que, más alla de ser víctima del enemigo oscuro chileno, lo es de las ambiciones e intereses políticos de los de arriba.

Periodista - caio.ruvenal.257@gmail.com



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