Cochabamba, jueves 18 de abril de 2019

Esa chapuza que llamamos cine boliviano

El estreno del filme Avaroa. El sol de gloria, de Camilo Maldonado y Omar Terrazas, da lugar a una disección de algunas de las taras del cine nacional y de la bolivianidad.
| Santiago Espinoza A. | 24 mar 2019



Ha querido la fortuna que el Día del Cine Boliviano coincida este año con el estreno de Avaroa. El sol de gloria, una película nacional escrita y dirigida por Camilo Maldonado y producida por Omar Terrazas. (La alusión a ambos no es gratuita, pues la campaña promocional y los créditos del largo sugieren que Terrazas, quien reivindica la “idea original”, pugna por ser más visible como autor del filme que Maldonado.) Y ya se sabe que la fortuna suele ser una malparida.

De Avaroa (y no Abaroa) podría decirse que es el peor regalo posible del cine boliviano a la figura de Luis Espinal, en cuya memoria –por la fecha de su asesinato, el 21 de marzo de 1980– se creó el día para celebrar la cinematografía nuestra. Alguien cruel, no yo, podría afirmar que una cinta de su calaña podría enfurecer a Espinal, crítico, periodista y realizador de cine, tanto –o más– como debió hacerlo ese documental caricaturesco de Eduardo Pérez Iribarne, titulado Lucho San Pueblo. Algún otro irrespetuoso, tampoco yo, diría que el filme de marras fue pensado para alterar la paz eterna del héroe del Topáter.

La película del tándem Maldonado-Terrazas –quienes antes que pelear por su paternidad, bien podrían exigir exámenes de ADN para que no les achaquen a tan desafortunada criatura– es un despropósito cinematográfico casi total, que parece más un homenaje involuntario a Boquerón, de Tonchy Antezana, que a la memoria del mártir marítimo boliviano. Es un proyecto oportunista y patriotero que apela a la memoria de nuestra más dolorosa herida colectiva como país, la pérdida del Litoral ante Chile, para confeccionar un largo artesanal y colegial de pretensiones históricas, tan mal contado (¿tan plana y aburrida habrá sido la vida y muerte Avaroa?), ambientado (nunca aparece el mar y todo pasa en la campiña cochabambina), actuado (solo se salva Francisco Bayá en el papel de un coronel roto), musicalizado (con una mezcla de melodías de juegos electrónicos con guitarras sintéticas de porno soft) y postproducido (los efectos de balazos y explosiones son más de Atari que de PlayStation, mientras que las heridas con sangre parecen inspiradas en el Test de Rorschach y las señales de Arrival), que, además de las inevitables carcajadas, produce pena y hasta ternura. Hubo buenas intenciones, quiero creer, pero nada más. La misma historia de siempre para condescender nuestro peor cine.

La película falla en casi todo lo que podía haber fallado y hasta en lo que no podía. Lo único que funciona apenas, y solo por unos segundos porque es conjurado por la torpeza de sus hacedores, es el registro documental inicial del 1 de octubre de 2018, día en que Bolivia volvió a perder el mar ante Chile, esta vez, “por culpa” de La Haya. (Imagino que, como casi todos los bolivianos, sus productores creyeron que la Corte Internacional de Justicia nos daría la razón y, con ella, la excusa perfecta para sacarle plata a una taquilla embebida en los fastos del triunfo que no fue ante Chile.) De ahí en más, se prodiga en una antología de dislates que no me merece mayor comentario (más aún habiendo en estas mismas páginas una crítica exclusivamente abocada a ese propósito). Lo que, en verdad, me interesa de Avaroa es su cualidad caleidoscópica para revelar las señas de nuestro cine –más– chapucero (¿o chapucero cine?).

A su manera, Avaroa revela la chapuza con que suele acometerse una parte sustantiva del cine boliviano: con más entusiasmo que talento, con más improvisación amateur que oficio técnico-narrativo, con más clichés que ideas. Es más, si la defensa de Calama fue tan chapucera como la muestra el filme, tan chapucera como su propia realización, tan chapucera como una parte sustantiva de nuestro cine, no debería sorprendernos que nos hayan despojado del mar con la misma facilidad con que se le quita un chupete a un niño.

Se me ocurre que la chapuza está lejos de ser solo una seña de identidad de nuestro cine. Intuyo que se trata, más bien, de una cualidad idiosincrásica de la bolivianidad. Así que el estreno de Avaroa no podía ser más oportuno para celebrar la chapuza con que solemos hacer cine en Bolivia y con que solemos ser bolivianos. ¡Feliz Día del Cine Boliviano! ¡Feliz Día del Mar! ¡Feliz Día de la Chapuza Nacional!

Periodista – santi.espinoza@gmail.com



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