Cochabamba, domingo 16 de junio de 2019

Algunas puntualizaciones sobre Warisata

Presentamos un texto que cuestiona la figura de Warisata como hito fundacional de la pedagogía boliviana y aborda algunos aspectos ignorados de su historia.
| Felipe Cori Tambo | 17 mar 2019

Dominio Público

Desde la fundación de la Escuela Profesional de Indígenas de Warisata el 2 de agosto de 1931, a la cabeza de Elizardo Pérez, se han publicado artículos, ensayos y libros; incluso se escriben tesis académicas. En los mencionados trabajos, generalmente, no se hace un análisis serio del contenido; lo que mejor se realiza es exaltar o repetir, con otros términos, lo que menciona el propio Elizardo en su libro Warisata: la escuela-ayllu, publicado en 1962 por la editorial Burillo. Con el presente trabajo se tratará de puntualizar algunos aspectos ignorados, además de desmitificar a Warisata, porque, de ser un hecho histórico descollante en el campo educativo, pasó a ser, con el transcurrir del tiempo, un mito lleno de especulaciones y de verdades a medias.

El objetivo principal de Warisata consistía, como dice Elizardo en su libro, formar a los hijos de los indígenas para que se desarrollen en su propio medio, siendo mejores agricultores, mineros y ganaderos. Asimismo, para que sean buenos carpinteros, cerrajeros, albañiles o alfareros. De ninguna manera se pretendía que, posteriormente, sean políticos, militares, economistas, médicos, abogados, ingenieros o arquitectos. Todo aquello estaba destinado, en esos tiempos, sólo para los hijos de los “ciudadanos” que eran los criollos y mestizos.

Por otra parte, cabe señalar que gracias a lo que se producía en los talleres de la escuela, los elementos o los insumos como ladrillos, tejas, estuco, cemento, catres, veladores, mesas, sillas y otros que son parte de la modernidad, poco a poco estaban siendo requeridos y utilizados en los hogares de los indígenas. En consecuencia, se podría decir que, a partir de la creación de la escuela indigenal, muchas comunidades se estaban modernizando en distintos aspectos.

De esa modernización no estaba exenta la vestimenta de uso diario de los alumnos y de las alumnas de cursos superiores, porque en una ocasión, como relata el autor de Warisata, las muchachas se habrían presentado con zapatillas de taco largo y con las trenzas cortadas; los varones con corbata y el pantalón bien planchado. El indígena, quiérase o no, estaba dejando de ser lo que “era” con la finalidad de emular a los citadinos. De manera irreversible, se iba dando inicio al “blanqueamiento cultural”.

El trabajo productivo que realizaba el alumnado en la escuela, no era una necesidad exclusiva de los padres ni de las autoridades. La escuela para la comunidad constituía un lugar para ir a aprender a leer y escribir; sin embargo, los comuneros -gracias a la persuasión que habría hecho Elizardo en el Parlamento Amautico- cambiaron esa opinión. A partir de ese hecho anecdótico se puede inferir que la escuela era también utilizada para producir y aprender algunos oficios.

En Warisata se optó, al parecer, por una “educación del trabajo” por dos razones: primero por autoabastecerse con todo lo que se producía en las granjas y en los talleres, debido a que no contaba con un presupuesto estatal suficiente para la alimentación de los internados; y, segundo, porque coincidía con la línea ideológica del socialismo que maximiza el “trabajo colectivo”, ya que el mismo Elizardo afirma que Warisata era una “escuela socialista”. Aseveración que a la larga fue una de las causas para que la escuela sea acechada constantemente por los terratenientes y por algunos funcionarios del Estado. Además, él, con lo expresado, estaba pasando del campo netamente pedagógico al campo político, que ya no era del agrado para los que detentaban el poder.

La inclusión de las autoridades y de todos los miembros de la comunidad solo se daba con exclusividad en la planificación y en la construcción de la infraestructura y no así en cuestiones pedagógicas. Aquello estaba a cargo de los profesores. La participación de la comunidad no era gracias a la buena voluntad de Elizardo, las circunstancias de esa época obligaban que sea así, porque él, para construir la escuela indigenal, necesitaba mano de obra sin ningún tipo de salario, debido al escaso presupuesto. Además, requerían personas que coadyuven en el control del internado y en otras actividades muy propias de esa institución educativa.

Por otra parte, Elizardo Pérez precisaba trabajar de manera estrecha con las autoridades de la comunidad, en especial con Avelino Siñani, para que su accionar no tenga ninguna barrera u oposición social, porque Siñani siendo -según el acta de fundación de Warisata- cacique de su comunidad, se encargaba de convencer y unificar a sus coterráneos para que la escuela sea construida sin mayores dificultades.

El afán de arraigar en sus lugares de nacimiento a los hijos de los indígenas con una enseñanza de un oficio en las granjas y en los talleres de Warisata, no tuvo ningún efecto posterior, porque la migración del campo a ciudad era inevitable, sobre todo, después de la guerra del Chaco, puesto que muchos soldados sobrevivientes, después de retornar del frente de batalla, preferían quedarse en los espacios urbanos de los criollos y de los mestizos. A raíz de ese hecho surgen algunas zonas como Munaypata, Villa Victoria, El Tejar y otros.

Los intentos de modificar algunos comportamientos contraproducentes del estudiantado de Warisata eran infructuosos, ya que muchos de ellos retornando a sus hogares volvían a su habitual cotidianidad. Al respecto, un exdirector de Warisata expresa, en el libro Amanecer en Bolivia de Alicia Ortiz publicado en 1953: “luego vuelven a la casa paterna y los absorbe la comunidad. Quedan en peores condiciones que sus padres, porque aquéllos, sin saber nada, viven sin sentir su miseria y su retraso; estos han aprendido nociones teóricas y prácticas, pero no las pueden aplicar”. Esa situación ocurría no porque la educación impartida en Warisata estaba descontextualizada, sino que el entorno social los volvía a reeducar, influía más que la escuela en sus formas de comportamiento.

Para terminar, la grandiosidad de Warisata no radica en los contenidos que se impartían, ni en los planteamientos pedagógicos, menos en la forma de enseñar, sino en la participación de todos los pobladores en la construcción de la infraestructura de la escuela, en la lealtad de Avelino Siñani y, sobre todo, en la perseverancia de Elizardo Pérez ante los distintos obstáculos. Aquellas actitudes son dignas de ser imitadas.



Educador y egresado en Sociología - feltamf7@gmail.com



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