Cochabamba, domingo 16 de junio de 2019

Gonzalo Ribero ante el llamado de los dioses

Análisis de la obra del pintor, desde que pertence a la corriente que él llamo ancestralismo. Expone en el café Cowork (parque Fidel Anze esquina Eudoro Galindo) hasta el 12 de abril.
| Caio Ruvenal | 17 mar 2019



Aprovecho la exposición actual de Gonzalo Ribero en el café Cowork para, además de poder comentar su obra, rememorar a la persona que fue mi introducción a la pintura culta, es decir, aquella rodeada de historia, contextos, principales autores y transformaciones en los modos de ejecución. Lo conocí cuando me encontraba haciendo mi tesis, gracias a la recomendación de un amigo, Esteban, cuando ocupaba el puesto que ahora desempeño.

La casa de Ribero es un museo en sí. Ostenta cuadros de Arturo Borda, Mario Unzueta y Gíldaro Antezana, una carta de Ricardo Pérez Alcalá (1939-2013), otra de José García Meza (1849-1904) desde París dirigida a su abuelo, kerus, un batán y esculturas por doquier, entre otras cosas. A través de conversaciones, me ofreció una historia de la pintura boliviana y cochabambina que no había podido conseguir en otro lado. Gracias a sus encuentros que me relataba con Enrique Arnal, Raúl Lara, Pérez Alcalá o Amadeo Castro, pude ver un atisbo de las personalidades de pintores que marcaron época.

Tome prestado de su biblioteca libros como Historia de la pintura boliviana en el siglo XX de Pedro Querejazu, Bolivia, los caminos de la escultura, editado por la Fundación Simón I. Patiño (y en el plan de publicaciones de la Biblioteca del Bicentenario) y Arte Contemporáneo (1952) de Rigoberto Villaroel Claure.

Gonzalo Ribero es, ante todo, un personaje cargado con 60 años de producción. En los últimos 30, ha cambiado los portones y tejados de su obra por estructuras enormes pétreas que, por su disposición espacial, rememoran a altares de culto anteriores a la llegada de los españoles. Encima, se emerge algún astro, ya sea estrella, sol, luna o, en ocasiones, un batán, pero que no pierde su propiedad de cuerpo etéreo por su color y brillo.

El contenido de estos cuadros, ¿son reproducciones de ofrendas para divinidades, o es, más bien, un gesto de asombro ante la colosidad de los dioses? Tal vez un llamado para rememorar el culto prehispánico, politeísta de la región. A la combinación de estos elementos, Ribero la llamo ancestralismo. Una corriente con larga tradición, pero que Ribero la ha hecho suya, definiéndola para sus propósitos, y que le permite jugar con formas y colores.

En lo técnico, destaca la amplia gama de color empleada, siempre respetando la predominancia de un lado de la paleta cromática, ya sean fríos o cálidos. Existe una escala de iluminación que tiene su principal foco de luz en el cuerpo que siempre se encuentra flotando, mientras que el resto de las formas permanece en penumbras, dotando de misticismo a la escena. Se esfuerza para que sus estructuras adquieran una textura rocosa, se hace valer de arena y gruesos empastes para obtener superficies rugosas.

Una de las preguntas más frecuentes que se les hace a los artistas (de cualquier disciplina) es de dónde sacan las ideas, qué los inspira. En el caso de Ribero, tiene experiencias de sobra para que sirvan de respuesta, que pueden haberse mezclado con un sueño o delirio. Sin embargo, encuentro la principal razón en su sincretismo. A pesar de tener una firme espiritualidad católica, Gonzalo no solo se ve atraído por los objetos físicos que han dejado las culturas precolombinas, sino en sus tradiciones. Guarda restos arqueológicos en su departamento y participó en ritos indígenas.

Yo tanteo su principal influencia en la época preinca, el Tiahuanaco y los pueblos circuncidantes. Cuando un ente cósmico no está presente en el cuadro, el espacio lo ocupan complejos edificios de piedra, que por lo geométrico y las inscripciones en el interior, recuerdan la arquitectura tihuanacota (recordando que Ribero es arquitecto de profesión). Lo colorido de las formas remite a las chullpas orureñas. En el interior se pueden relacionar formas con kerus, estelas, cruces y todo tipo de ornamento ritualísitco.

Puede decirse que la obra que Ribero inscribe en el ancestralismo es una mirada a las ofrendas terrenales y a las apariciones de los dioses, ya sean varios o distintas representaciones de uno solo, la relación humano-dios que es el principio del arte, la primera función que tuvo. Hablo de las inscripciones en la cueva de Altamira (España) que, se cree, buscaban la intervención de un ente superior sobre sus presas, las pinturas murales que rodean las piramides de Giza para que la realeza pueda llegar sin problemas al otro mundo, el estudio de los cambios climatológicos en el templete de Kalasasaya o la Biblia ilustrada en las paredes de la Capilla Sixtina. No existe cultura (mesopotámica, egipcia, americana, europea medieval) que no haya dejado en inscripciones visuales sus aproximaciones a este vínculo. Los llamados a ser artistas se vieron seducidos por los dioses, Gonzalo Ribero no es la excepción.

Periodista



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