Cochabamba, lunes 15 de julio de 2019

Michael Jackson, Rey del Pop y pederasta (ya sin el menor asomo de duda)

Otra reseña del documental de HBO tras su estreno en Sudance. 
| Luis Martínez Elmundo.es | 10 mar 2019



¿Se puede seguir admirando el trabajo de un artista después de conocer que fue, por encima de cualquier otra definición más o menos apresurada, solamente un monstruo? Eso o simplemente un hombre enfermo. Pero en cualquier caso, vuelta a la pregunta: ¿Sigue siendo respetable el legado de uno de los mayores iconos de la cultura popular después de saber, ya con toda certeza, que fue culpable de haber destrozado la vida de al menos dos menores? Leaving Neverland obliga a responder a esas preguntas. Lo hace quizá a su pesar. Ni es una buena película ni siquiera lo pretende. Simplemente, recoge, ordena, explota y amplifica el testimonio de dos víctimas de un depredador, que entonces tenían siete y diez años.

Hablamos de Michael Jackson. Hablamos del documental de cuatro horas de duración, firmado por Dan Reed y producido por la HBO, que detuvo el festival de Sundance. Unas impresionantes (o sólo aparatosas) medidas de seguridad daban cobertura a una presentación que se esperaba escandalosa y quedó en sólo ruidosa. Apenas un grupo de manifestantes entregados hacían lo posible para que, a menos siete grados, la fiesta no decayera. Pero decayó. Y de qué manera. Deprimente, sin duda.

Leaving Neverland se limita a recoger el testimonio de Wade Ronson y Jimmy Safechuk. Y lo hace con una precisión quirúrgica que, por momentos, más parece un informe médico. O forense. En la proyección se avisó de que si alguien necesitaba ser atendido, había personal especializado y listo para atender a quien no pudiera soportar tanta revelación poco piadosa. En efecto, hay imágenes que cuesta borrar de la cabeza. Es más, ahí se quedan. Ante la cámara los hoy ya adultos cuentan cómo fueron literalmente seducidos por la estrella de los niños. Y desciende hasta el mismo infierno (el diablo, dicen, está en los detalles) para borrar cualquier elemento de duda. Nada se deja a la imaginación.

Jackson les desnudaba, se masturbaba delante de ellos, les sometía a ridículos juegos en el que fingían una boda y lo hacía con la suficiente premeditación y alevosía para que todo quedara oculto. Un sistema de alarmas ocupaba la casa de nunca jamás con la idea de no ser descubierto cuando el niño de ocho años era obligado a practicar sexo oral con el Rey del Pop. La relectura de la frase daña la vista. Y así.

Durante la primera mitad de la cinta, el espectador es conminado a asistir a lo que a todas luces más parece una sesión de terapia. Se narra desde cómo se conocieron el músico y el niño que le imitaba en un concurso infantil, el ídolo y el niño que anunciaba Pepsi Cola; se cuentan las maniobras entre la complicidad y el deslumbramiento de las familias, y se desciende, ya se ha dicho, a la descripción milimétrica de cada ocurrencia, de cada encuentro, de cada sesión de tortura. Más tarde, la cinta se enreda en los detalles del juicio para, ya al final, dedicar la última media hora a la reconciliación de las víctimas consigo mismo y con su familia.

Pero lo relevante es el ejercicio no queda claro si de confesión sincera o de, por momentos, sólo pornografía. O las dos cosas. Lo que importa es la completa aniquilación de cualquier duda razonable o sólo irracional. Y a eso se dedica una cinta que no consigue exorcizar su carácter de sólo documento. El espectador es forzado a palparse las creencias y hasta el alma misma. Por muy claro que estuviera ya todo, siempre quedaba la incredulidad del que se niega a admitir que el genio al que tanto admiró, y quizá hasta aún idolatra, era también (o quizá solamente) un ser sencillamente abominable. Pues hasta aquí. Ya todo está claro. Demasiado incluso.

Se trata, decíamos, de una película que acaba en autoflagelación. Y como tal funciona principalmente para los protagonistas. Pero también para cada uno de los que miran desde el patio de butacas. ¿Tiene sentido el ritual de endiosamiento y banalidad en el que estamos metidos hasta las cejas? Cuesta responder porque sencillamente la repugnancia es mucha.

Crítico de cine



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