Cochabamba, martes 16 de julio de 2019

Efectos contraproducentes de “La gran solución”

Sobre un cuento del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos (1917-2005).
| Felipe Cori Tambo | 10 mar 2019



“La gran solución”, del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, es un cuento que tiene la virtud de gustar y atrapar en la primera lectura. El mencionado relato ha sido incluido en el libro Las mejores figuras de las letras del Mercosur, publicado en 2012 por la editorial Kipus.

En líneas generales, el cuento aborda las consecuencias imprevisibles de una solución encontrada para evadir una obligación militar en tiempos de guerra. El contexto histórico es la Guerra del Chaco, conflagración bélica iniciada en 1932 entre Paraguay y Bolivia. Los nombres de los personajes, sobre todo de Liberato, Cesarina y Salvatore, no son al azar, tienen que ver mucho con las acciones que deben cumplir en las escenas del cuento; asimismo, caracterizan la personalidad de cada uno de ellos.

El protagonista principal es Liberato Farías, esposo de Cesarina. Él no acude a la guerra porque con un accidente maquinado se libera de la misma, su nombre obedece a ese acto. Antes del incidente tramado para no ir al campo de batalla, Liberato, cuando escuchaba algunas piezas de la banda de guerra del Ejército y observaba a los soldados paraguayos partir a la guerra, se llenaba de orgullo y heroísmo. Él adaptaba ese tipo de actitudes porque por su edad no podía participar en la guerra, así como se puede apreciar en el siguiente fragmento: “Al principio de la guerra con Bolivia, Liberato Farías se consideró relativamente seguro. Con sus cuarenta años blandos y retacones se sentía en cierto modo inmunizado contra la posibilidad de marchar él también al frente”. En consecuencia, el coraje de guerrero que mostraba, en ciertas ocasiones, era pura apariencia. Su edad le permitía poseer una falsa fachada de valentía que se esfumaba cuando ya le tocaba ir a la guerra.

Liberato, ingenuo, creía que él era la cabeza de su hogar y el gerente de su ferretería, pero en los hechos su esposa Cesarina cumplía con esa función, porque “la que siempre encontraba las soluciones era ella. Tenía una finísima intuición para todo”. Él más bien era un hombre sumiso y sin carácter, al extremo de comportarse como si fuera el hijo de su esposa, quien también aceptaba esa actitud por su frustrada maternidad. Los cónyuges a falta de hijos adaptaban comportamientos y roles que no les correspondían.

La guerra para desgracia de Liberato se prolongaba; las distintas categorías eran convocadas una tras otra al frente de batalla. Ese hecho, que se daba de manera inevitable, encolerizaba a Liberato y agrandaba minuto a minuto su temor. A veces perdía los estribos y empezaba a proferir sandeces en contra de los soldados bolivianos y de su país. De ese refunfuñar no estaban exentos los oficiales paraguayos, a uno de ellos se dirige de la siguiente manera: “Este general Estigarribia está resultando un zoquete -decía por lo bajo, y se quedaba pálido, lívido”. El miedo de ir a la guerra que tanto le perturbaba, no le permitía juzgar a las personas de manera objetiva; sus juicios, al calor de su ira, eran muy emotivos.

Otra de las protagonistas es Cesarina, esposa de Liberato. Su nombre deviene del emperador romano Julio César. Y como él, la mujer era una persona de carácter, decidía por su marido, así como su accidente que, anticipadamente, había planificado y acordado con Salvatore para que no se enrole en la guerra. Al respecto, ella refiere: “En realidad, ya le hable del asunto. Claro que apenas lo necesario. No todo, desde luego. No hice sino sondearlo un poco. Él aceptó de plano y hasta me ayudó con algunas indicaciones”.

La solución ideada por Cesarina al final se volvió contraproducente, porque Salvatore, encargado de efectuar el accidente planificado, se aprovechaba de esa triquiñuela para chantajear y aprovecharse de ella con propuestas indecentes, aunque al principio era rechazada por la víctima en estos términos: “Pero eso no puede ser, Salvatore. Usted no puede exigirme eso. Soy una señora… Una esposa decente”. La supuesta decencia que aducía ella, poco a poco se estaba esfumando ante el chantaje y el acoso de Salvatore, que ya no se conformaba con devorarle sólo con la mirada.

Finalmente se tiene a Salvatore, de descendencia italiana. Su nombre tampoco es de manera casual, se debe al hecho de salvar a Liberato de los embrollos de la guerra. Salvatore al principio aparentaba ser un hombre capaz de hacer cualquiera cosa por sus amistades; sin embargo, era un individuo sin escrúpulos que no hacía nada gratuitamente. Antes de que el trabajo sea efectuado, ya estaba chantajeando a Cesarina diciendo en italiano: “Bene, bene. Ma io meto un precio. Tutte le cose tienen un precio…”. Sin duda, para Salvatore todas las cosas tenían su precio, más aún el accidente premeditado que consistía en provocarle lesiones en el cuerpo de Liberato, a fin de que este no sea apto para incorporarse a la guerra.

Salvatore, a cambio del trabajo que debería realizar y por amenazar con delatar, logró que Cesarina sea complaciente a sus propuestas indecentes y, sobre todo, que fuera su amante sin importarle su condición de mujer casada. Y cuando realizó el trabajo del accidente tramado, por poco le quita la vida a Liberato, más bien después de efectuar la golpiza solo se conformó con dar un escupitajo y decir lo que sigue: “Cuesto para que no se vea crecer los cornos… vechio cornuto…”. Salvatore tenía las intensiones de eliminar al “cornudo” de Liberato, para que este no sea un estorbo constante en su romance ilícito con Cesarina, a la que no amaba. Ella era solo su obsesión y su deseo para satisfacer sus bajos instintos.

Para terminar, Cesarina, por encontrar una gran solución para que su marido no asista a la guerra, dejó de ser una mujer decente y muy dedicada a su marido, como era antes de la conflagración. En cambio, Liberato por no querer ir a la guerra, quedó con lesiones físicas y perdió la fidelidad de su esposa. “La gran solución” tuvo efectos contraproducentes para la pareja que convivía más de diez años sin mayores contratiempos, hasta que la generación de Liberato era convocada a la guerra. Al margen de lo señalado, el conflicto bélico no sólo fue causante de las pérdidas humanas, sino también un detonador para que muchas familias se disgreguen; asimismo, sirvió para probar la “valentía” de los varones que, muchas veces en tiempos de paz, es alardeada.

Educador y egresado de Sociología - feltamf7@gmail.com



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