Cochabamba, miércoles 20 de marzo de 2019

Cuando la música enciende, no existe el mundo afuera

Crónica sobre el Verano Rock Fest, realizado en Sucre el pasado 22 de febrero
| Sara Zeballos Gonzales | 03 mar 2019


Sábado 22 de febrero. La ciudad de Sucre arde bajo un sol radiante. Un montón de jóvenes -y varios no tan jóvenes- nos reunimos en la exestación del parque Bolívar a esperar los buses que nos llevarán a uno de los eventos más esperados del año: el Verano Rock Fest. Son las tres en punto de la tarde y se siente la euforia de la gente. Poco a poco va llegando al transporte y empezamos el viaje de media hora hasta el Campo Ferial Sucrense.

Finalmente arribamos al lugar. Nos espera una fila bastante larga y sin un ápice de sombra (¿mencioné que Sucre ARDÍA?). Morimos de sed y lo único cerca es un puesto de mocochinchi de dudosa procedencia. La mayoría se ve tentada, pero toma la decisión de proteger su integridad estomacal y aguantarse la sed. “Nadie querría escuchar su canción favorita desde el baño del lugar”, pienso. Media hora después, por fin se abren las puertas de la Fexpo y la gente parece salir de su letargo. Pasamos las entradas, revisan que no ingresemos nada ilegal (aunque en muchos casos fracasaron en el intento) y finalmente nos encontramos frente a frente con el escenario que recibiría a seis bandas brutales. Entre ellas, directamente desde México, la más esperada por el público: Molotov.

Las latas de cerveza empiezan a circular, los cigarrillos a encenderse y el público a impacientarse. En este punto son las cuatro treinta de la tarde y La Logia sigue en su prueba de sonido. Son las cinco y los silbidos y los gritos de “¡hora!” se ven interrumpidos por los primeros acordes de la primera banda en escena: Bullet in the head. Con un cover de Arctic Monkeys ponen a corear al público y rompen la nube de mal humor que empezaba a formarse. Sin embargo, no dura mucho… Los chicos tocan buenos covers, pero no son la banda que el público vino a ver. Tres o cuatro canciones después, la gente empieza a aburrirse y se dispersa un poco. Terminan su repertorio y preguntan a la gente si quieren “otra”. “Con todo respeto, hermano… ¡no!”, grita un chico. No importa, “Bullet in the head” toca aún un par de rolitas y se despide. El público aplaude y da paso a la segunda banda. Cuerda floja toma posesión del micrófono y despierta al público con el cover de “Esas son puras mentiras” de Los amigos invisibles. La gente corea, grita, salta y baila. Continúa con una canción de Zoe. Todos cantamos a voz en cuello una de las joyas de Larregui, cuando un desperfecto técnico cortó el sonido de todo el lugar. Pero eso no detuvo ni a la banda, ni al público y todos seguimos la canción hasta que terminó. Ese es el poder de la música, las ganas de disfrutar una buena canción son más grandes que cualquier inconveniente. Una vez solucionado el problema, la banda decide tocar una composición propia. El enfrentar a una audiencia a algo nuevo es siempre un desafío y qué difícil es el público boliviano en ese sentido, pero la banda logra hacer que disfrutemos su música. Un par de covers más tarde, se retiran.

Cada vez el público aumenta. Disfrutamos de las bandas, pero hay un creciente ambiente de impaciencia. Todos esperan a Molotov. En este contexto, es el turno de Parada maestro, la tercera banda local. Se enfrentan a un público difícil: aburridos, cansados, impacientes. Pero entran con patada voladora con su tema “Sexy whiskey” sacándonos de onda a todos. Entra un yatiri a hacer una predicción, una cholita hace stripper, un hombre en zancos vestido de cebra y otro de payaso atraviesan el espacio entre la gente y el escenario. Un hombre escupe fuego y una mujer en el escenario también. Nadie está muy seguro de qué está pasando, pero lo estamos disfrutando. Al ritmo de ese intenso funk bailamos a más no poder. ¡Cinco minutos de dadaísmo puro!, pero muere rápido. La siguiente canción pasa desapercibida y la tercera abucheada hasta recibir botellazos. En la última rola, el espectáculo surrealista se repite, pero no llega a contentar a la audiencia. Bajan del escenario y mandan a la boca del lobo a De la ducha. Entran en buena onda, casi en son de paz, luego de ver el destino de Parada Maestro y la figura respecto a las primeras bandas se repite. Covers de canciones populares, una composición en medio y se retiran. Me pongo a pensar en qué triste es estar un evento tan grande, tan esperado y no poder realmente compartir todo el material propio que quizás como músico y compositor quisieras. ¡Qué complicada puede ser la recepción del público! Normalmente, al boliviano le gusta lo que conoce y rechaza lo nuevo. Las reacciones de la gente cuando las bandas tocan temas originales afirman esta cuestión. Tratan de disfrutar, pero su entusiasmo no se compara con la que se siente cuando tocan canciones de otras bandas que ya son populares.

Son las nueve de la noche. Oficialmente no siento más mis pies. Llevo aproximadamente seis horas parada, gritando y saltando. Aún faltan dos bandas: La Logia y (redoble de tambores) ¡Molotov! Todos esperábamos a La Logia primero, pero las cosas se ponen raras… empiezan a desarmar la batería extra, a limpiar el escenario y demás ajustes. “¿Ya vendrá Molotov?” Nos preguntamos, “Nah, ¡Nica!” Decimos. Pero a los pocos minutos en las pantallas empieza a aparecer el logo de la banda mexicana. “¿Será?” Seguímos incrédulos. Esperamos un rato más… y por fin vemos a Molotov pisar el escenario del Verano Rock Fest. Corazones latiendo a mil por hora, gritando hasta más no poder. Levantamos todos los celulares, queremos captar este momento. El mosh empieza, saltamos como locos. Ha llegado el momento, después de tantas horas de espera, Molotov está en el escenario. Ya no tenemos hambre, calor, frío, sed, cansancio ni ganas de ir al baño. Todo acaba de desaparecer. No importa nada más. Solo el aquí y el ahora justo en frente de la bandota que es Molotov. El mundo fuera de las paredes de la Fexpo no existe. Solo existimos nosotros, un montón de locos rockerillos mosheando a son de hitazos como “Frijolero”. Poco a poco, el concierto empieza a teñirse de un tinte social y político, como es típico de esta polémica banda. Tito, miembro de la banda, toca el tema del famoso “Bolivia dijo: ¡’No’!”. Habla de lo increíble que somos como país por oponernos, engancha esto con la canción “Gimme the power”, que tiene una letra con profunda crítica a los gobiernos. El público empieza a corear “Bolivia dijo No” al ritmo de la canción. Más adelante, vuelven a hablar del 21F con la canción “Feed me”, otra durísima crítica… y pasa algo que a muchos nos deja con el corazón patriota en la mano: desaparecen las animaciones de las pantallas y aparece una gran imagen que dice “Bolivia dijo: ¡’No’!”. Se ve ondear una bandera boliviana entre el público. Han llegado justo al corazón de una de nuestras más grandes preocupaciones como bolivianos – sin importar nuestra posición al respecto-. Gran parte de nosotros, nos vemos reflejados y comprendidos por la banda. Molotov, para mí, en ese segundo deja de ser mexicano y pasa a ser boliviano. Acaban de volverse la representación de la empatía entre países latinoamericanos por los diversos problemas políticos que enfrentamos, porque si hay algo que tenemos todos en común es la inconformidad por nuestros gobiernos. Molotov rompe fronteras. Si el público estaba encendido hasta ese momento, luego de la canción se prende mil veces más.

La banda toma un break de unos minutos. En ese punto es como si todos empezáramos a volver a tener consciencia de nuestros cuerpos. Vuelve el agotamiento, el hambre y quisiera decir que dolor, pero la verdad es que ya no siento nada. Esperemos atentos el regreso de Molotov que ingresa con todo y de nuevo, ya no importa nada. Coreamos las últimas canciones y Molotov termina su puesta en escena.

La gente, molida, cansada, un tanto ebria y todavía shockeada por todo el concierto empieza a retirarse. Emprendemos el viaje de salida de nuestra cúpula rockera directo al mundo real. Pero una voz se escucha desde el escenario: “¿A dónde van?” pregunta uno de los conductores. “¡Aún falta La Logia!” Muchos dan media vuelta y se disponen a escuchar a una de las bandas más pedidas de la noche y una de las más queridas por el público sucrense. Pero otra gran parte se rinde ante el agotamiento y se va. La Logia toca apenas un par de temas y concluye el festival.

“La música es el territorio donde nada nos hace daño”, dijo una vez Calamaro. Pero afuera es otra cosa… conseguir un taxi a la una de la mañana, prácticamente en medio de la nada rodeado de cientos de personas más con la misma intención, parece un desafío imposible. Una hora más tarde y muchos intentos después, logramos emboscar a un taxi que finalmente accedió a llevarnos al centro de la ciudad.

Llegamos derrotados al hostal. Nos lanzamos sobre las camas y solo podemos agradecer por el día más increíble del mundo. No tenemos ni uno por ciento de energía, pero tenemos el alma llena. La música transporta, alimenta y une. Hemos vivido la experiencia completa de un concierto verdaderamente único.



Estudiante de la carrera de Comunicación Social de la UCB y miembro del Laboratorio de periodismo - sara.zeballos.gonzales@gmail.com



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