Cochabamba, miércoles 20 de marzo de 2019

Mandy: Furia y fuego

Ofrecemos una breve reseña a una de las mejores películas del 2018, según varios críticos, pero que no estuvo en la palestra mediática de la industria.
| Jordi Costa El País | 03 mar 2019


La imagen de un Nicolas Cage con el rostro ensangrentado, conduciendo enloquecido su coche en una carretera flanqueada de bosques color carmesí, resume el espíritu de esta pesadilla inflamada de perturbadora belleza. Un trabajo que consolida a Panos Cosmatos, hijo del director de Rambo. Acorralado – Parte II (1985), como uno de los más sofisticados formalistas del moderno cine fantástico. Sus películas no se parecen a nada, aunque cada una de ellas se construya a partir de los ecos remotos, lejanísimos, de un subgénero que podría llevar décadas acumulando polvo en un videoclub abandonado.

Resulta revelador un recuerdo personal del cineasta: dado que sus padres no le dejaban alquilar cintas para adultos, Panos Cosmatos se dedicaba a leer los textos de las carátulas y a imaginar las películas en la soledad de su habitación. Quizá esa es la clave perfecta para acercarse a su particular poética cinematográfica: las suyas no son otra cosa que películas imaginadas, soñadas, desencadenadas en un espacio subjetivo donde rigen otras leyes físicas, otra temporalidad. Hay mucho de mal viaje de ácido o de ralentizada, asfixiante inmersión opiácea en trabajos como su ópera prima Beyond the Black Rainbow (2010) y esta Mandy que confirma la presencia de una autoría muy acusada tras la absorbente nebulosa de denso y pegajoso estilo, hecho de constantes superposiciones de imágenes y fundidos encadenados que conforman un intrincado tapiz de texturas visuales.

Si Beyond the Black Rainbow utilizaba como referencia la ciencia ficción conspirativa de los setenta, Mandy realiza su particular invocación ocultista sobre un yacimiento de películas nonatas del terror de los ochenta, pero que nadie piense aquí en esa tan insistente nostalgia de la inmadurez: Pan Cosmatos no habla de ningún paraíso perdido, sino que propone un modelo cinematográfico que nunca existió. Entre duelos de sierras mecánicas, motorizados ángeles oscuros y espadas forjadas a mano, Nicolas Cage ejerce de chamán del exceso –su momento solista de sobreactuado dolor en un cuarto de baño es una cumbre de la dramaturgia expresionista- en un ritual mágico orientado a fusionar cine de vanguardia –variante ocultista: de Harry Smith a Kenneth Anger- y metralla visual para magnetoscopios engrasados con una generosa dosis de LSD. El viaje, progresivamente mítico, de este leñador dispuesto a vengar el sacrificio de su amada por parte de un culto delirante avanza del sonambulismo onírico a la abstracción evitando articularse como relato convencional. El Theodore Roszak de Parpadeo la vitorearía.

Crítico



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