Cochabamba, miércoles 20 de marzo de 2019

Cold war: historia de amor apasionada y dolorosa

Roma dejó a otras grandes películas en el camino al ganar el Óscar a mejor película foránea. Una de ellas fue dirigida por el gran Pawel Pawlikowski.
| Diego Brodersen Página 12 | 03 mar 2019


Difícil imaginar dos películas más disímiles, a pesar de su aparente hermandad estética: si bien Cold War reitera el blanco y negro y el formato de pantalla 1.37 (casi cuadrado) de su anterior Ida, el polaco Pawel Pawlikowski deja de lado en cierta medida los conflictos históricos, sociales y personales de aquel film, merecido ganador del Oscar, para meterse de lleno en el terreno del melodrama. Por supuesto, las condiciones políticas que envuelven a los personajes adquieren una relevancia mayúscula, pero aquí las pasiones de la pareja protagónica –sus deseos, búsquedas y frustraciones– van tomando el centro de la pantalla hasta ocuparla por completo. Hasta quemarla. No parece ser así desde un primer momento: las imágenes de los músicos y cantantes amateurs que el pianista y conductor de orquesta Wiktor (Tomasz Kot) encuentra en el camino y registra con un magnetófono imitan las formas realistas de cierto cine de Europa del Este en los años 60. El particular encuadre de una mujer tocando el acordeón parece remitir directamente al estilo semi documental desarrollado por Milos Forman en su etapa checa. Como en Ida, Pawlikowski reconstruye meticulosamente un estilo para crear algo nuevo con él, nunca como pastiche o simple homenaje.

“Polonia, 1949”, reza una placa luego de esos breves apuntes introductorios; es decir, poco tiempo después de la Segunda Guerra Mundial y la reconversión del territorio en estado satélite de la Unión Soviética. Wiktor y su asistente reúnen información sobre la música y la danza de la periferia rural polaca como base para un futuro espectáculo de teatro. Más temprano que tarde, ese énfasis en las tradiciones locales le traerá algún que otro conflicto con la autoridades, deseosas de incluir un número apoteósico con la figura de Stalin agigantada sobre el fondo del escenario. Pero antes de que eso ocurra, un nombre propio: Zula. La chica rubia, talentosa, algo atrevida y llena de secretos que se presenta en uno de los improvisados castings como una aparición poderosa, inolvidable. Para Wiktor, al menos, aunque no sólo para él. Tomasz Kot compone su personaje imitando a esos típicos antihéroes románticos dispuestos a la auto desintegración progresiva; bajo la dirección de Pawlikowski, Joanna Kulig (una de las monjas de Las inocentes, de Anne Fontaine), se transformará en ángel y demonio, femme fatale y víctima absoluta, objeto y sujeto de deseo.

El arco narrativo de Cold War se verá marcado, hasta su desenlace a mediados de los años 50, por los encuentros y desencuentros de Zula y Wiktor, el músico y la cantante, en una Europa dividida y contradictoria. El deseo, el romance, el amor –cuyo prólogo y primeros capítulos el realizador describe de manera lateral, al tiempo que comienza a echar mano a las elipsis como motor narrativo esencial– se enfrenta a un primer obstáculo durante una visita a Berlín. Huir hacia el otro lado o permanecer en territorio propio, reiniciar la vida como amantes, sin empleo ni seguridades, o resguardarse en la estabilidad del mundo conocido. Esa es la cuestión.

París no espera. Pero sí lo hace Wiktor. El “melo” va adquiriendo mayor relevancia al tiempo que la música muta del folklore polaco al jazz internacional, con un breve paso por el naciente rock. Los tiempos están cambiando. La pareja protagónica también lo hace, aunque la necesidad y el deseo del uno por el otro permanezcan, al menos en esencia, inalterables. Dedicada a los padres del realizador –ganador del premio al Mejor Director en el Festival de Cannes–, Cold War construye con sensatez, sentimientos e inteligencia una historia de amor apasionada y dolorosa, clásica y moderna, y por ello a contracorriente del romance cinematográfico al uso: aquí parecen importar menos las señas concretas en pantalla que todo aquello que se intuye o deduce. Ya sea cantando en francés bajo las fuertes luces del escenario o confesando sus miedos en polaco, entre las penumbras de un cuarto demasiado frío, Joanna Kulig entrega una actuación inolvidable, arrolladora. Hacia el final, la película regresa a una iglesia abandonada para el reencuentro final de los amantes, guiño al Andrzej Wajda de Cenizas y diamantes y nuevo recordatorio de que el amor en tiempos difíciles es aún más extraño e inusitado.

Crítico de cine y periodista



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