Cochabamba, martes 21 de mayo de 2019
[El nido del cuervo]

Sobre agape o el amor fraterno

| Ana Cecilia Ballerstaedt | 24 feb 2019

En su despacho, sentado en el sillón detrás de su escritorio, Roland recuerda. Un folio grueso descansa sobre sus manos: toda su trayectoria académica está contenida en él. Es una compilación minuciosa, producto de un trabajo de investigación de años y años de rastreo bibliográfico. Hasta sus publicaciones más nimias y modestas se encuentran en esas páginas, que hoy mira con remozada melancolía. Mentalmente, agradece a sus entusiastas alumnos, a quienes debe la gracia de haberse encargado de aquella tarea, y recuerda el tiempo en el que fue como ellos. Todo ese recorrido intelectual se lo debe, sin duda, al único maestro que despertó en él el amor por la literatura, más precisamente por Shakeaspeare. Por eso, el libro que observa ahora entre sus dedos remite, entera y cabalmente, a aquel maestro. La historia de Roland como literato shakespeariano comienza, en efecto, sólo a partir del momento en que lo conoció, que marcó un hito en su vida, tanto académica como sentimental.

Dedicado como estaba, por aquel entonces, a la vida un tanto pecaminosa y holgazana, Roland se debatía entre la austeridad académica del estudiante y el relajo juvenil de la noche. Un día, gracias a la intervención de su padre, es enviado a otra ciudad, donde descubre, finalmente, en una clase universitaria, al que sería su predilecto profesor. Con enérgica resolución, el maestro impartía su clase, sin importarle que Roland, en ese instante, ingresara retrasadamente en el aula. Sus palabras, ensimismadas, se engarzaban con naturalidad entre sí a la par que se mezclaban armoniosamente con el ambiente académico de su audiencia. Un frenesí cálido y levemente contenido se apoderaba de él mientras hablaba, y su cuerpo a momentos se levantaba del pupitre, como queriendo expresar alguna imposibilidad léxica anterior. Embelesados, los jóvenes lo escuchaban en silencio, sin perder el hilo de la argumentación. Roland, por supuesto, no fue la excepción dentro de ese atento grupo, guiado y obnubilado por la voz del profesor.

Al finalizar la clase, y sin perder un minuto, Roland se acerca al maestro; le explica la fascinación que le ha producido aquella clase. Una sonrisa cansada y una palmada en el hombro como respuesta propician la aparición de una conversación más larga, y pronto el profesor le ofrece a Roland un lugar cercano al suyo donde vivir en lo que durase su residencia universitaria. Fue esta vecindad la que se encargó, con el paso de los días, de estrechar el lazo que los mantenía unidos más allá del recinto educativo que compartían. Roland almorzaba tres veces por semana en la casa del profesor, conocía a su esposa, y era un adepto pupilo suyo, prueba de ello eran las largas horas que pasaban juntos en la oficina, hablando sobre poesía y teatro ingleses. Pero el maestro, a pesar de toda esta intimidad, parecía guardar algo más, algo que Roland presentía sin poder clarificarlo a cabalidad; una suerte de secreto inconfesable, enterrado cuidadosamente en su corazón.

Todavía recuerda Roland esa distancia insalvable, que interfería sutilmente en su amistad erudita y sincera. Una angustia se arremolina ahora en su pecho, incontenible. El escritorio del profesor era fresco, al lado del jardín, pequeño y repleto de libros, acomodados en anaqueles empotrados en las paredes blancas que lo rodeaban mientras le hablaba. A través de la ventana, mira un mediodía triste y luminoso. La voz del profesor aún resuena en sus recuerdos, su imagen, artificial, lo ve también desde allí, como reflejada por el propio Roland, por su presencia. Los ecos de un dictado inacabado persisten; una obra inconclusa y el peso de un acontecimiento nunca aliviado reposan en Roland como retazos de una vida que siente suya. Porque más allá de la erudición del maestro y la admiración propia del discípulo hacia él, Confusión de sentimientos, novela del austríaco Stefan Zweig, retrata una realidad construida a partir de una cópula humana, en cuya base se encuentra un interés intelectual común, vigente a través de los años y los acontecimientos en el interior del protagonista Roland, en quien vemos manifestarse la profundidad e intensidad del vínculo como un sentimiento que, filial e idílico, anuncia una probabilidad única e irrepetible de amor.

Filósofa - acballerstaedt@gmail.com



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