Cochabamba, miércoles 20 de marzo de 2019
[Chenk’o total]

Alfredo Domínguez (II)

| *El Papirri | 24 feb 2019


En la parte uno del anterior escrito pudimos dar una mirada global de la vida y obra de este gran músico boliviano, Alfredo Domínguez (Tupiza, 1938-1980). Hoy quiero detenerme en la guitarra de Alfredo. Es una guitarra de sonido potente, de las cultivadas sin micrófono ni accesorios eléctricos. Se nota en la mano derecha una posición más bien clásica, la diferencia del tirando con el apoyando- fundamental en el sonido guitarrístico acústico- es aplicada. Tiene un tremolo perfecto. Los ritmos propios hacen de esa, una mano única, la de los rasguidos polirítmicos del famoso tema “Zapateo”. Esta mano inventa timbres novedosos, el anular y el índice realizan melodías en armónicos. La mano izquierda se desplaza con seguridad, sobre todo en los glissandos que evocan paisajes andinos, a veces toca sola, ella misma emite los sonidos percutiendo las cuerdas, mientras la otra mano juega con la caja. La coordinación de ambas impresiona hoy al escuchar “Agonía del Ave”, una composición de Alfredo de gran sensibilidad, el aleteo herido del ave se logra con ambas manos, de pronto la derecha va hacia el clavijero tocando las cuerdas inusuales de las clavijas, simultáneamente la izquierda tamborea los últimos suspiros de esta ave cazada por el niño Alfredo, aquel de “Viva Juancito” y su guardapolvo polvoriento aprendiendo a escribir con la honda bajo el brazo. En la pieza “Por la quebrada”, Domínguez despliega toda su artillería técnica novedosa, genera una síntesis sonora del paisaje valluno que se va volviendo andino, allí están los recursos tímbricos y de articulación concebidos por el maestro, como aquel dedo de la mano izquierda “pisando” entre las cuerdas 5 y 6 que produce la caja. Resaltar la gran influencia de Atahualpa Yupanqui en la guitarra de Alfredo, a tal grado que Cavour le solicitaba dejar de tocar tanto al argentino y más bien ocuparse de su propia música. También la guitarra de Alfredo expresa el influjo en varios pasajes de aquellas terceras sentidas de la guitarra quechua ayacuchense, con sus sextas en vibrato.

Como cantautor, Alfredo ha creado clásicos muy particulares, por ejemplo en Vida , pasión y muerte de Juan Cutipa (1969), joya de la música popular boliviana, las canciones nos llevan de la alegría del “Villancico y la Navidad Rural” a la profunda tristeza de Cutipa convertido en minero y muerto por la copajira. Pero nos alegra en súbito con el juglar hualaycho en “El Perro”, bailecito pícaro dedicado a los chapis hippies. Un descubrimiento personal: la relación de Dominguez con el Tinku, esos charangos metaleros de Potosí se escuchan en el fondo de “El niño Indio” y también en “Indio Borracho”, solos de su década paceña.

En cuanto al Alfredo de cámara, me refiero ahora al encontronazo. Ha debido ser por 1965 cuando se encuentran Alfredo Domínguez y Ernesto Cavour por la calle Sagarnaga, los dos virtuosos veinteañeros empiezan a tocar como si se conocieran desde siempre, traían lenguajes milagrosamente similares, Domínguez subía desde el sur de Bolivia, Cavour bajaba con su charanguito desde el barrio de Ch´ijini, de la calle Gallardo, epicentro de la fiesta mayor de los Andes, la Fiesta del Jesús del Gran Poder iniciada en 1905. Ese charango de quirquincho y esa guitarra criolla hacen el amor con toda sinceridad, los ensayos formaban directo el repertorio, dos genios naturales y virtuosos se dieron el encontronazo, son nuestros Lenon y Mcartney , nace el sonido del denominado neo folklore, es solo escuchar “Tusana”, composición de Cavour, track 10 del LP Grito de Bolivia; este disco instrumental podría haber sido dúo nomas sin ningún problema, pero deciden formar taypi con un tercero en la quena, el antropólogo belga Gilbert Favre, quien había estado un año por Chile investigando su cultura popular. En 1966, con la apertura de la Galería y Peña Naira, el trio Domínguez, Cavour, Favre se asienta y genera unos tres LP’S de gran valía. Volviendo al dúo, es increíble el parecido en la manera de cantar, en el timbre de voz y la intencionalidad vocal de Domínguez y Cavour, es increíble como estos dos hombres nacidos y separados por cientos de kilómetros cantan y muchas veces no se sabe quién es cual, como en “El Jilguero”, grabada por el dúo en 1966.

Coda final. Donde están los investigadores musicales bolivianos? Porque no escriben sobre estos genios de una manera sistemática y profunda? Donde andan los musicólogos y “ociologos” del país que nos obligan a escribir con puro riesgo de intuiciones? Incluso parece que ya me equivoque, me llamó un cuate de Tupiza diciendo que “Rosendo Villegas Velarde” no es composición de Alfredo como afirmaba en el anterior escrito. Queda la duda. En fin, se hace lo que se puede en un espacio y conocimiento tan limitados. Menos mal que existe el internet que muestra algo de estos genios musicales que no solamente engendraron identidad sino bolivianidad, su trabajo artístico fue tan potente que dio luz a identificaciones ajenas: en Perú, Chile, Argentina, pueden verse a cientos de imitadores de Dominguez y Cavour (y del consecuente grupo Los Jairas) que ejecutan plagios escudados en el concepto de música andina. Un milagro: Ud. puede escuchar al maestro Cavour los sábados en el Museo de Instrumentos Musicales de la calle Jaén, junto a la guitarra muyu muyu (invento del maestro), interpretada por el notable Franz Valverde y la quena bendita de Rolando Encinas, en una reencarnación superada de aquel trio histórico.

Era un niño rebelde, cuentan los que saben que un día de esos y con 12 añitos se va de la casa con un circo, a cuidar monos y aparece en la Argentina como niño zafrero. Era aquel Juan Cutipa, el migrante golondrina de pobreza material pero de gran vida espiritual. Dicen que su papa lo fue a buscar y lo trajo de la oreja, con policía retornó a la plaza. No pudo salir bachiller por ese espíritu transgresor. Era un artista natural, dibujante, guitarrista y poeta. En la adolescencia un profesor de apellido Barrientos le dio sus primeras lecciones de guitarra y lo integro a su estudiantina. Ahora que lo veo en la web tocando la Quebrada, una sentida composición, se nota una técnica guitarrística clásica, el profe Barrientos hizo un buen trabajo, sospecho que Alfredo sacaba de oído aquel repertorio clásico de Tarrega y Sor. Fue un gran futbolista, arquero del glorioso Huracán de Tupiza. Parece ser que cuando se va a hacer el servicio militar a Tarija lo pilla la vinchuca traidora y le copa el corazón de chagas, enfermedad que lo mata en 1980, en pleno partido de futbol de migrantes en Ginebra.

Alfredo llega a La Paz ya ventiañero, era inicios de la década del ’60, hace unas tocaditas para Radio Condor y Radio Mendez, el problema es que no tenía guitarra, la pobreza lo seguía de cerca. Cuenta su linda esposa Gladys, su noviecita del alma, que en noviembre de 1963, mes de Tupiza, los residentes organizan un homenaje a paisanos sobresalientes, como el gran futbolista Víctor Agustin Ugarte, gloria de la época, solidarios los residentes tupiceños le regalan al veinteañero una guitarra Rivas, Alfredo lloraba de emoción. A estas alturas ya tenía varias composiciones compuestas, tanto en solos como en forma canción. También dicen los que saben que fue don Liber Forti, hombre de teatro, intelectual de los pobres, que le recomendó dejar el futbol y optar por la música. Hasta acá podría ser una primera etapa, milagrosa etapa, de niño zafrero cuidador de monos a artista provinciano.

Podría ser que la segunda se inicie con su actividad musical profesional en la Galeria Naira, un espacio cultural fundamental liderizado por Don Pepe Ballón, hombre noble que acoge a Alfredo, allí el músico ensayaba. Una tarde de esas aparece el vecino de la calle Sagarnaga, joven jaira, el charanguista Ernesto Cavour y con toda naturalidad empiezan a tocar juntos. Cavour cuenta que Alfredo tocaba mucho a Yupanqui, que él le propone que más bien difunda sus obras. Al duo se suma un loco francés, Gilber Favre, antropólogo y quenista, que venía de enamorar a Violeta Parra, parece le rompió el corazón a la poeta, tal es así que una noche de esas apareció Violeta en la Naira, reclamando amores y gratitudes. Que noche magnifica, con ese trio más Violeta, alguna vez Don Pepe me comento de esas veladas, se le iluminaban los ojos verdes de emoción.

Una tercera etapa se extiende con Alfredo migrante, se va en 1970 con la esposa a vivir a Ginebra para perfeccionar su talento como artista plástico. Nacen Los Jairas, el grupo musical que marca un hito en la música popular boliviana, con Cavour, el guitarrista Julio Godoy, el notable compositor y vientista Yayo Jofre. Su etapa europea es fecunda, son 10 años de producción. Alfredo Dominguez es para mí el más sobresaliente músico popular boliviano de la década del 70..

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*El Papirri, personaje de la Pérez, también es el cantautor paceño Manuel Monroy Chazarreta.



Músico - papirri@hotmail.com



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