Cochabamba, domingo 24 de marzo de 2019

Año 2019: el riesgo de soñar ante el filo de la navaja

Sobre Blade Runner (Ridley Scott), clásico del cine estrenado en 1982.
| José Antonio Valdivia | 17 feb 2019


Blade Runner (Cazador implacable o Cazarrecompensas), filme que plantea hibridación formal entre ciencia ficción y relato policial, es un clásico del pasado siglo XX, y aun de todos los tiempos: película de culto. Dirigida por Ridley Scott, cineasta británico, estrenada en 1982; basada, aunque sólo en parte, en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), del novelista estadounidense Philip K. Dick. Es una visión distópica (pesimista), no utópica (optimista), de la condición humana y su conflictiva relación con la tecnología. Ambientada en Los Ángeles, Estados Unidos, en noviembre de 2019. La banda sonora, de Vangelis, compositor griego de estilo espacial New Age (Nueva Era), es, en sí misma, una celebración auditiva, indesmontable de la narración. El halo sinfónico, el arrullo futurista del filme.

Blade Runner, película heredera, en espíritu más que en letra, de Metrópolis (1927), obra cumbre del cine expresionista alemán, de Fritz Lang, fue rodada entre marzo de 1981 y marzo de 1982, con un presupuesto aproximado de 28 millones de dólares. Narra la historia de seis replicantes Nexus-6, humanos artificiales fabricados mediante ingeniería genética, por Tyrell Corporation, para trabajos peligrosos (esclavos en las colonias exteriores de la Tierra). Físicamente indiferenciables de un ser humano, aunque de mayor fuerza física y agilidad; padecen, sin embargo, un lastre genético: no tienen buena respuesta emocional ni empatía. Los replicantes han sido declarados ilegales en la Tierra, luego de protagonizar un sangriento motín en una colonia exterior. Los Blade Runners, cuerpo especial de la policía, se encargan de identificar y matar (“retirar”) a los replicantes fugitivos en Los Ángeles. Rick Deckard (Harrison Ford), ex Blade Runner, recibe el encargo de eliminarlos. Todo ocurre en una atmósfera cerrada, de continua lluvia ácida, negra, entre edificaciones monumentales, sociedad interracial y tecnología ultrasofisticada.

La secuencia final de la película muestra a Deckard y Rachael viajando en un Spinner (coche volador), a plena luz del día, en medio de un paisaje boscoso, bucólico. Ambos huyen hacia un futuro incierto, pero juntos: el cazador y la replicante sobreviviente, perfecta, por tener implantados los recuerdos de la sobrina de Tyrell. Y Gaff (Edward James Olmos) que, a lo largo de la película, habla mediante figuras de origami: una gallina de papel, cuando Deckard no quiere aceptar la cacería; un hombre de papel, cuando la acepta; un unicornio de papel, como anuncio de vida futura entre Rachael y Deckard. Hay un montaje del director (The director`s cut), de 1992; más pesimista, suprime esta secuencia final.

Estrenada en 1982 (al país llegaría un año después), la película impactó con innovaciones temáticas y estéticas. Sería catalogada como hito visual posmoderno; una de las más influyentes de todos los tiempos. Espectarla, aquella época, era una forma gozosa de anticipar visualmente el futuro, nada más. Había juventud de sobra, tiempo por delante, 2019 era todavía un reflejo lejano en el horizonte. Ahora, que el hybris (demasía) de la juventud ha pasado, el fatum se cumplió; el ananké o inevitable designio griego. Hoy, que el año 2019 se despliega real como abierta hoja de navaja, cabe una relectura de esta entrañable película, ganadora de premios Oscar: a mejor dirección artística, mejores efectos visuales y mejor director, entre ellos.

La fuga de los replicantes Nexus-6 es considerada, por sus ingenieros creadores y policía Blade Runner, una falla catastrófica. Pero, en los hechos, será el comienzo de una indagación filosófica (mejor, metafísica) acerca de la condición humana y sus límites o limitaciones. Roy Batty (Rutger Hauer) es soldado y líder de los replicantes fugitivos; León (Brion James) es soldado y obrero; Zhora (Joanna Cassidy), entrenada para detección de criminales en el mundo exterior; Pris (Daryl Hannah), “modelo básico de placer”; y Rachael (Sean Young), la replicante secretaria de Tyrell, casi humana, de belleza renacentista, perfecta, por tener base emocional implantada. Antes de ser “retirados”, algunos de ellos serán sometidos al temible test Voight-Kampff, prueba que mide la inteligencia emocional, con preferencia ante animales.

Los replicantes Nexus-6 fueron creados, en la película, el año 2016; tienen cuatro años de vida, que se les acaba en noviembre de 2019. Sufren una pulsión humana básica: intentar vivir más tiempo, aunque, en la tentativa, cometen errores y crímenes; pero sin culpa causal, típica del género ciberpunk. Son presentes efímeros en busca de pasado y futuro: recuerdos para hoy, y un mañana para vivir y seguir recordando. ¿Quién pudiera negar que este es un anhelo humano fundamental? La escena final, en la azotea de Bradbury Building, entre Roy Batty, el rubio replicante, y Rick Deckard, es todo un epítome existencial. La breve vida de Roy Batty acaba; pero, antes, confiesa a su cazador, luego de salvarlo de caer al vacío: “He visto cosas que ustedes, los humanos, no creerían. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.

Es el momento más estremecedor de la película, el momento genial: giro de tuerca definitivo. El replicante que, al final, aceptando su finitud, su historia o ahistoria, se humaniza. Y Deckard, el Blade Runner, el ambiguo, que no acaba de definirse como replicante o como humano.

El pasado año, 2018, se estrenó la secuela Blade Runner 2049, como si, llegado ya el año predicho por la primera versión, 2019, se buscara posponer en 30 años más el apocalipsis tecnológico narrado en el filme. Versión desvaída, por descafeinada, o, también, a la inversa. Para empezar, se echa en falta la irremplazable, maravillosa banda sonora de Vangelis: “La canción de Raquel” (Rachael´s song). Aparece un Rick Deckard envejecido, desmotivado. Y la secuela no se salva completa, pese al talentoso esfuerzo del joven actor Ryan Gosling. La historia: el posible hijo(a) de Rachael y Deckard, como decir, la bella y la bestia. El trasfondo temático es unidimensional, escasamente polisémico.

Blade Runner (1982) queda, justamente, por todo lo contrario, lo antípoda. Plantea redefiniciones gnoseológicas y axiológicas acerca de la condición humana, la realidad, la cuestión del otro, el doble sentido de la tecnología, las relaciones de poder, la ley como guardiana de la diferencia, los retos de la interculturalidad, la omnipresencia de la publicidad y el consumismo, el maltrato animal, el cambio climático. En fin, es un himno dedicado a la humanidad y sus debilidades dialécticas, momentáneas.

Vale la pena mirarla, una y otra vez, a lo largo del tiempo, que consumiéndose nos consume. Hoy, 2019, hito fílmico narrado, hace 37 años, por la película comentada. Hoy, que, si bien no se cumplió en sentido literal aquel vaticinio cinematográfico, se manifiesta en formas sucedáneas igualmente antropófobas. Antropofobia=odio al ser humano=filo de la navaja. Así ocurre con millones y millones de migrantes e indocumentados, nuevos replicantes del siglo XXI, a quienes se niega pasado, presente y futuro, es decir, condición humana. Desorientación conceptual que impide avizorar que el temido cambio climático golpeará, por igual, a neoreplicantes y neobladerunners. Vale la pena, repito, frecuentar esta película, como a una vieja maestra conocida, para recordar que un día fuimos jóvenes y tuvimos hambre de futuro. Verla y soñar otra vez, una vez más, así sea ante el filo intimidante de la navaja.



Crítico e investigador de cine y docente

- joanvaldivia@outlook.com



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