Cochabamba, martes 16 de julio de 2019

Rithy Panh desconfía

A pocos días de la entrega de los Oscar, el cineclub del Centro Simón I. Patiño organiza un ciclo dedicado a un puñado de cintas que, con poca justicia, no fueron reconocidas con la estatuilla a la mejor película en lengua no inglesa. Grandes Perdedoras del Oscar es el nombre de este ciclo que arrancará este miércoles 20, con La imagen perdida (2013), del camboyano Rithy Pahn; seguirá el jueves 21, con El hombre sin pasado (2002), del finés Aki Kaurismaki, y se cerrará el viernes 22, con The Square (2017), del sueco Ruben Östlund. Estas páginas reúnen críticas de estos notables filmes, que se exhibirán los tres días, a las 19:00, en el espacio cultural de la calle Potosí No 1450. El ingreso a cada función es de 5 bolivianos.
| Alba Balderrama | 17 feb 2019


La desconfianza es algo duro de aprender. La desconfianza supone dosis intensas de dolor para disolver el pegamento que junta los párpados de los que no quieren ver, los ojos dormidos, los ojos cándidos, ingenuos, los ojos que prefieren cavar un hoyo y enterrar al muerto.

Rithy Panh desconfía. El mayor exponente del cine camboyano aprendió a desconfiar con altas notas.

Rithy Panh, el director de cine nominado al Oscar a Mejor Película en hbla no Inglesa en 2014, desconfía de la imagen, de su veracidad, desconfía de la imagen como desconfía de las confesiones falsas, hermosamente mecanografiadas, arrancadas a punta de tortura y miedo a millones de presos camboyanos que los Jemeres Rojos luego mataron sin pestañear durante el gobierno de facto de Pol Pot. Desconfía de la imagen como desconfía de esas películas que muestran el holocausto o el horror sin haberlo vivido, sin buscar, apostando por la máxima: una imagen lo dice todo. Desconfía de la rotundez y facilismo de esa frase.

El director de la multipremiada película 21S La máquina roja de matar (2003) desconfía de la imagen como desconfía de los testimonios distorsionados y banalizados que recogió, 40 años después del genocidio en Camboya, de los torturadores, guardias, verdugos, fotógrafos y enfermeros en un centro interrogatorio del aparato de genocidio organizado de los Jemeres Rojos y que mataron a 1.700.000 personas. Desconfía porque se salvó de ese método pulido de matanza, porque ahora ve. Desconfía de la imagen como desconfía de las risas nerviosas que acompañaron el final de esos testimonios que filmó.

Desconfía de la imagen como desconfía de las imágenes perdidas de ese periodo, fotos de las familias, de su familia, fotos de los lugares, pero también las fotos que se sacaron los Jemeres Rojos ejecutando personas. Rithy Panh desconfía de que esas fotos puedan devolver la verdad y la palabra a la historia. El mismo dice “lo que hiere carece de nombre”. Desconfía de las imágenes que han quedado de esa época de horror, de esas imágenes que están dentro de los que han sobrevivido, como él, el único de su familia de nueve hermanos que sobrevivió. “Así pervive la violencia. El mal que me infligieron se halla dentro de mí. Ahí está, intenso. Me acecha. Se requieren muchos años, muchos encuentros, muchas lágrimas y muchas lecturas para domarlo”, recapitula en su libro titulado, estremecedoramente, La eliminación.

Desconfía de la imagen porque ninguna imagen por sí sola es prueba de un genocidio, porque ninguna imagen ha podido explicarle el porqué de tanto sufrimiento, tanto horror, de la impunidad (muy pocos de los Jemeres Rojos fueron procesados judicialmente. Todos se hallan en libertad) y desaparición. Desconfía de la imagen, sabe que es una construcción. Rithy Pahn desconfía porque la verdad de la imagen no es suficiente. Ya no le importa que lo que uno vea en la imagen diga la verdad o sea prueba de algo, lo que le importa es que esa imagen se reconozca como falsa, como una construcción, como una búsqueda, de la belleza pero también del horror que no se puede pronunciar, ni nombrar. “Lo que hiere carece de nombre”.

Rithy Pahn por muchos años vivió, y vive, con las imágenes del horror, con la tristeza que no se va y el miedo que lo sigue aún en Europa, donde vive. Imágenes que están dentro de él y que intentó sacarlas a través del dibujo, la escritura, la ebanistería. Hasta que llegó al cine y pudo hablar, exorcizar las imágenes. “El dibujo y la ebanistería me conducían al silencio. Elegí el cine, que ofrece el mundo y la belleza, y también la palabras: creo que me permite desahogar mi furia”, dirá en La eliminación.

Una furia de que la violencia de los Jemeres Rojos fuera tan inmensa y tan poderosamente devastadora, al punto de que lo persiguiera aún cuarenta años después, de que la historia de horror pudiera alcanzarlo y lograr su único objetivo: eliminarlo.

Había visto su futuro en lo que le pasó a Primo Levi, diría: “El fin de Primo Levi me apena y me exaspera. Sí, la palabra puede sorprender, pero es sincera. La idea de que ese hombre sobreviviera a la deportación, que escribiera por lo menos un gran libro, ‘Si esto es un hombre’, sin olvidar ‘La tregua’ y ‘El sistema periódico’, y se arrojara por el hueco de la escalera cincuenta años después… Es como si los verdugos hubieran vencido, a pesar del amor y a pesar de los libros. Sus manos lograron atravesar el tiempo para culminar la destrucción, que no cesa. El Primo Levi me espanta”.

Debía sacar esas imágenes para comprenderlas, reflexionarlas, darle un sentido a su historia y a esos cuatro años del régimen de Pol Pot en Camboya, porque la masacre lo arrastraba.

Mientras hacía entrevistas a los Jemeres Rojos, uno de ellos le mencionó una fotografía tomada por ellos entre 1975 y 1979, obsesionado con esa imagen desaparecida que podría dar sentido a todo lo que vivió y desbaratar de algún modo la metodología del régimen en la construcción de un “nuevo pueblo” que consistía básicamente en la destrucción del existente, no solo de las personas pero también de sus estilos de vida, sus recuerdos, de sus lenguajes, de sus formas de expresión. No podían ver imágenes, ni leer ni crear nada, solo trabajar en la construcción de un nuevo imperio. Esa imagen perdida le permitiría hablar de la herida que dejó en él y muchos otros el paso de los Jemeres Rojos en su vida y se lanzó a hacer la película La imagen perdida (2013) En el camino se dio cuenta de que se imagen se perdió, entonces reconstruyó la imagen de lo vivido, eso permite el cine y además permite hacerlo con belleza. La película la hizo utilizando muñequitos tallados en madera artesanalmente y regresa a esos años durísimos para narrar el destino doloroso de su familia; mataron a sus hermanos, su madre se murió de pena en el hospital donde su hija acababa de morir, su padre dejó de comer de decepción, sus sobrinos hambrearon hasta caer muertos y, luego, la vida en el campo de trabajos en condiciones infrahumanas. Esta película es el intento íntimo por recuperar -aunque sepa que ya todo es duda- la confianza perdida en la imagen como dispositivo para revelar una verdad. Es un alegato por mantenerse cuerdo y vivo a cualquier precio. La película es la imagen en sí, la imagen de la que Panh desconfía, la imagen que nos hace pensar, meditar y documentar la historia.



Productora y gestora cultural - albita35mm@gmail.com



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