Cochabamba, domingo 24 de marzo de 2019

Un hombre sin pasado

La cinta del finlandés Aki Kaurismaki, premiada en Cannes y candidata al Oscar a mejor película en lengua no inglesa en 2003, se exhibirá este jueves 21, a las 19:00, en el centro Simón I. Patiño.
| Luis Brun | 17 feb 2019


Él no recuerda su pasado, intenta amoblar su memoria nuevamente, dar luz a la larga y triste noche de la que vuelve en cada ensoñación, sin nada. Empezar otra vez, solo, sin un peso y en la periferia, es una especie de bendición para Aki Kaurismaki, director del film, que, con inusitado optimismo, recorre los sistemas rotos que dejó la sociedad moderna, aunque, a través de sus ojos, se vuelven cálidos atisbos de humanidad.

Ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes 2002, entre otros, y nominada luego a un Oscar en la categoría de mejor película en habla no inglesa, El hombre sin pasado precede a la consolidación de una obra y un autor. En esta película se repiten felizmente las principales características de este cineasta finlandés. La fotografía de Timo Salminen, cuidada, nostálgica y teatral, contrasta con el tono adusto y realista de sus actores, ausentes de simulación, mas no de expresividad e intensidad. Se repite también la música, que juega y dialoga con un diseño de producción que por momentos nos descoloca de una época y, a la vez, nos recuerda un tiempo acumulado, atiborrado de máquinas, óxido, fabril, al borde de la crisis, oficinas y burocracia por doquier, rodeadas de aparatos, no importa de qué época, todos, intentos fallidos de vivir mejor.

Sobre todas esas capas, Kaurismaki es agudo, encuentra camino en medio de nada. De la cotidianidad gris e inválida del excluido extrae poderosas metáforas de vitalidad, así como su personaje convierte restos en un hogar. Y aunque todo lo contado es simple en su resolución, puede luego, luego de la historia, luego del final, provocar profundos cuestionamientos sobre la identidad, la memoria y la sociedad como un mundo reflejo de otro, el personal e íntimo.

Esta especie de acogedor escenario apocalíptico recibe al espectador, lo conmueve y abraza finalmente, mientras todo parece caerse ahí afuera, como él, el hombre sin pasado, que oye música y camina al lado de su amada en medio de las sombras que pinta Salminen. Y sí, siempre hay espacio para el melodrama en medio de tantas emociones reprimidas. Tal vez esa sea una de las claves de la interesante cinematografía del finlandés, alejarse del artificio y énfasis inútil en la narración y sugerir siempre, al borde de lo mínimo y sutil, y, al mismo tiempo, lograr en sus historias, una extraña atmósfera de cine de género: drama social, comedia negra a veces, incluso noir en otras.

Las primeras y últimas escenas se desarrollan cerca de los rieles del tren. Al igual que este monstruo de la revolución industrial, tan evocador como cinematográfico, la vida en el mundo de Kaurismaki es incesante, fluye irremediable y misteriosa, sus personajes, la reciben, como una embestida, toman de ella lo que pueden, aceptan su devenir, aunque siempre pueden elegir. El artificio más grande entonces somos nosotros mismos.

Realizador audiovisual y crítico de cine - santi.espinoza@gmail.com



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