Cochabamba, miércoles 26 de junio de 2019

Reina y súbditas: La favorita, de Yorgos Lanthimos

| Pablo Roldán Revista Arcadia | 10 feb 2019

Difusión

Es evidente que para Yorgos Lanthimos la vida es una competencia, una carrera por el “cariño” del otro. En sus películas anteriores buscaba esas competencias en la familia. En The Favourite (2018), su más reciente producción, se interna en una corte británica del siglo XVIII, presidida por la reina Ana (Olivia Colman) y su amiga Sarah Churchill (Rachel Weisz), para comprobarlo. Entender la vida así ha hecho que sus películas sean retratos de ganadores y perdedores: aquí, de hecho, las protagonistas hablan en esos términos. El ambiente de una corte le permite a Lanthimos hacer todas esas pesquisas crueles de las que él está convencido que es capaz el humano, precisamente porque en la corte se vive bajo esas reglas: todo por el beneplácito de la reina. Y, como era de esperarse, esta reina no reina nada. La película inicia aprovechando el imaginario de esos monarcas que, rodeados de gente inoportuna y con sus propias agendas, se vuelven gobernantes solo de título. Después, la situación da la vuelta para que el espectador asista a la resurrección de una nueva reina, al tiempo que la llegada de Abigail (Emma Stone) hace temblar los planes de esa otra favorita de siempre, el personaje de Weisz.

Lanthimos ha sido siempre un director que no cree en nadie más que en sí mismo. Sus actores han sido siempre solo una herramienta para ilustrar cosas. En este caso, The Favourite se da un lujo grande al desviarse un poco de esa tendencia, lo que le permite al film ser considerado como algo más que un discurso lapidario. Lanthimos por fin cree en sus actores, se distancia de esas ganas de querer copiar el “método Bresson” y les permite ser, estar ahí llenos de vida. Hay momentos donde el director parece estar contento de hacer su trabajo (contrario a lo que nos hacían pensar sus películas anteriores) filmando a sus tres protagonistas. Parece que quiere entrar en la materia de sus oficios, en las formas de hacer físico uno o varios sentires: a veces con una simple sonrisa, a veces con una mirada cariñosa o una de esas “que matan”. La evidencia es, por ejemplo, la forma de encuadrar a su elenco. Esta vez, Lanthimos deja por fin la pretensión de ser Dios y de querer mirar todo de arriba hacia abajo, como quien no tiene nada que descubrir, y se anima a subir la mirada, a ver a sus actrices de abajo hacia arriba. Esa pequeña postura hace a la película interesante (y soportable).

Este es un film de actrices. Lanthimos, sin embargo, no renuncia a aquello que cree que lo identifica como autor: la ruptura del espacio. De tanto en tanto usa unos lentes que parecen doblar la imagen, acercar el rectángulo de la pantalla a la forma del círculo, transformando el espacio en otra cosa, no sé precisamente en qué. Me parece evidente que esas incrustaciones las hace sin juicio alguno: simplemente las pone donde mejor le quedaron hechas, donde se ven “más lindas” o “más raras”.

Esta cadena de asuntos me deja pensando que Lanthimos está convencido de que las mujeres nunca podrán ser solo amigas o tener algún tipo de relación sincera: serán siempre enemigas, parásitos o amantes despiadadas. Nada más. Se ha dicho que la película se aleja de la misantropía tradicional expuesta en las películas anteriores del director porque hay un deseo, y una especie de materialización de ese deseo, de profundizar en sus personajes. Estas mujeres poseen una carga sentimental importante; por lo menos Stone y Colman, que tienen un pasado que las persigue y al que vuelven constantemente con el único propósito de liberarse de él.

Sin embargo, pienso que solo hay cinismo y una especie de “crueldad refinada” en esas ganas de ver, con extraña fascinación, al personaje de Olivia Colman, la reina, destrozada: vive consumida por la tristeza, impedida físicamente (empieza la película coja, luego medio ciega, la mano izquierda se le duerme y su boca, ya para el final, empieza a cerrarse), se arrastra para desplazar su cuerpo, llora la mitad de las veces que está en pantalla, grita como loca de remate porque todo le recuerda a esos hijos que nunca pudo tener del todo. Imagino a Lanthimos deseando que su reina llegara siempre al límite del sufrimiento, que agotara las lágrimas en cada escena y quién sabe qué otra cantidad de ideas retorcidas. Luego imagino a Olivia Colman, tan inmensa, decidiendo hacer, con todo ese dolor, un personaje lleno de matices, de contrastes. Es ahí donde el director no tiene otra opción distinta a rendirse a los pies de una gran actriz y sucumbir a su energía. Eso explicaría un poco las cosas. Claro que una sola actriz no puede salvar un barco que se hunde.

Periodista cultural



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